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José García Domínguez

Pobre Argentina

Argentina nunca fue una gran potencia económica porque nunca a lo largo de su historia toda hizo otra cosa distinta que vender carne de vaca y trigo.

José García Domínguez
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Argentina nunca fue una gran potencia económica porque nunca a lo largo de su historia toda hizo otra cosa distinta que vender carne de vaca y trigo.
Mauricio Macri, en una imagen de archivo. | Cordon Press

El mito tan eterno y tan falaz de la rica Argentina. La Argentina es país pobre y siempre ha sido un país pobre. Siempre. Toda la vida. La Argentina es pobre hoy, lo sabemos, pero era también pobre hace cien años, cuando miles y miles de europeos meridionales corrían a embarcarse en cualquier cosa que flotase con rumbo a la legendaria Buenos Aires. La Argentina, como todos los países pobres, fundamenta su economía en la exportación de unos pocos productos básicos procedentes del sector agrícola y ganadero. En su caso particular, carne de vaca y trigo. Y ningún país se convierte en una potencia económica vendiendo carne de vaca y trigo. Ninguno. Jamás. Con las vacas y el trigo se puede ganar mucho dinero durante una temporada, que es lo que le ocurrió a la Argentina durante la primera mitad del siglo XX. Un dinero fácil que enterrado luego en levantar una ciudad tan grandiosa y europea como Buenos Aires pudo crear la ficción en muchos, tanto dentro como fuera de sus fronteras, de que la nación era una gran potencia. Pero la Argentina nunca fue una gran potencia económica porque nunca a lo largo de su historia toda hizo otra cosa distinta que vender carne de vaca y trigo. Si un país invierte en máquinas durante cien años seguidos, la productividad de su economía crecerá de forma exponencial a lo largo de ese tiempo. En cambio, la productividad de una vaca en 2019 viene a ser la misma que la de la tatarabuela de esa vaca en 1919. Con las vacas no se va a ninguna parte. Y con el trigo tampoco. Por lo demás, un negocio internacional, el de las vacas y el trigo, que se acabó de golpe el día que los fundadores del Mercado Común Europeo decidieron crear la PAC. Súbito, hipersubvencionado y radical proteccionismo agrícola que los norteamericanos no tardarían en imitar dentro de su propio mercado doméstico. En ese justo instante se acabó la Argentina. Y para siempre. Hablamos de 1962. Desde aquel entonces, la economía argentina se derrumba sobre sí misma al aparatoso modo, como un castillo de naipes, con la rutinaria y desconcertante regularidad de unos diez años entre catástrofe y catástrofe. El nombre del presidente de turno es lo de menos. Y es que la Argentina se viene abajo cada dos lustros por razones nada misteriosas que tienen que ver con su muy precaria e incompleta estructura económica. Así, cuando por la razón que sea su economía crece, las importaciones comienzan a exceder en valor a las exportaciones (algo que por desgracia también le ocurre a España), lo que provoca un progresivo deterioro de la balanza comercial. La razón de ello es que, consecuencia del propio crecimiento, tanto las empresas como los consumidores pasan a demandar inputs industriales y bienes de consumo que el país no produce y hay que adquirir fuera. Es la propia prosperidad, pues, lo que acaba provocando el estrangulamiento por falta de unas divisas que su único gran sector exportador, el agrícola y ganadero, resulta incapaz de generar en cantidad suficiente. Todo el enigma de las recurrentes crisis argentinas es ese. Siempre un colapso repentino provocado por la falta de dólares norteamericanos. Siempre. Después, una devaluación brutal, una subida no menos brutal de los tipos de interés, un préstamo leonino del FMI o, si no queda más remedio, un corralito. Y vuelta a empezar. Que manden los peronistas, los radicales o los liberales, ya se ha dicho, es lo de menos. Pobre siempre, sí, pese al mito.

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