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EDITORIAL

Las tres lecciones de Argentina que los españoles no deberían olvidar

El inmovilismo no funciona. Y la prueba más reciente es Macri.

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Argentina se encuentra, una vez más, al borde del precipicio y, por desgracia, no será la última. La victoria que cosechó el peronismo en las elecciones primarias del pasado domingo frente al oficialismo que encarna el actual presidente, Mauricio Macri, se tradujo de inmediato en un estado de pánico entre los inversores, con el mayor desplome bursátil registrado hasta la fecha, un fuerte aumento del riesgo país y el hundimiento del peso. La reacción de los mercados avanza, ni más ni menos, que la posible quiebra del Estado argentino, el regreso del cepo cambiario, con un férreo control de capitales, y el empobrecimiento generalizado de empresas y familias, ya que se da por hecho que el peronismo se impondrá en las presidenciales del próximo mes de octubre.

Negro futuro, pues, el que le depara a los argentinos si nada ni nadie lo remedia. El problema de fondo, sin embargo, no viene de ahora, sino de lejos. Argentina es, desde hace tiempo, un país fallido, de forma similar a lo que sucede en Europa con Grecia. No en vano, ha suspendido pagos en ocho ocasiones a lo largo de los dos últimos siglos. En este sentido, Argentina ofrece, al menos, tres grandes lecciones que deberían quedar grabadas a fuego en la memoria colectiva de otras sociedades, y en especial la española, para que no cometan los mismos errores que le han llevado a esta dramática situación.

La primera lección, pese a ser muy sencilla, no siempre resulta evidente para muchos: la riqueza no está dada. La riqueza se crea, pero para ello es necesario contar con una serie de condiciones básicas a fin de que fructifique, tales como la defensa de la propiedad privada, el cumplimiento de los contratos (seguridad jurídica) y libertad económica en un sentido amplio. Cuanto más fuertes y asentados estén dichos principios, más próspera será la sociedad en cuestión. El caso argentino es paradigmático, ya que, hace apenas un siglo, era una de las economías más ricas del planeta. Hasta la Primera Guerra Mundial, su renta per cápita era similar a la de EEUU, acumulaba el 50% del PIB de toda América Latina y el sueldo medio en Buenos Aires era hasta un 80% superior al de París. Y ello, gracias al mantenimiento de una economía abierta y poco intervenida.

Por el contrario, desde los años 30 hasta después de la Segunda Guerra Mundial, sus líderes políticos empezaron a abrazar la autarquía y el proteccionismo comercial hasta posibilitar, posteriormente, el ascenso del peronismo al poder, cuyo legado aún pervive. Desde entonces, Argentina ha navegado entre un modelo mercantilista y otro profundamente socialista, en el que la libertad económica y la estabilidad monetaria brillan por su ausencia. El resultado ha sido la implantación de un sistema clientelar, corrupto y empobrecedor. Hace tiempo que Argentina abandonó el grupo de las economías más ricas.

La segunda lección a extraer de su negativa deriva es que el inmovilismo no funciona. Y la prueba más reciente es Macri. Llegó a la Presidencia bajo la promesa de liberalizar los mercados, reducir de forma sustancial el peso del Estado y dejar atrás el peronismo, pero hizo entre poco y nada. Sus cambios, meramente cosméticos, fueron muy insuficientes. Tanto es así que el déficit público y la inflación siguieron creciendo bajo su mandato, teniendo que recurrir, finalmente, a un rescate del Fondo Monetario Internacional para evitar el default. Su gradualismo, consistente en no tocar el grueso del sistema peronista, fracasó estrepitosamente, llevando al país a una profunda crisis, que, como es lógico, se ha traducido en un amplio descontento electoral.

Y la tercera, la más importante de todas, es que la batalla de las ideas es fundamental. Si el peronismo ha gobernado Argentina en sus distintas formas y vertientes durante tanto tiempo, se debe, ni más ni menos, a que es el pensamiento predominante e irrefutable en la gran mayoría de la población, haciendo así que tropiece, una y otra vez, en la misma piedra. El votante medio piensa, erróneamente, que el problema es de sus gobernantes, que también, pero obvian que el auténtico origen de su constante y recurrente fracaso estriba en el intenso intervencionismo público y un anquilosado clientelismo político en el que buena parte de la sociedad permanece subsidiada a costa de una porción productiva cada vez más escasa y depauperada. Si nadie cuestiona ese modelo, y son muy pocos los que lo hacen, la sociedad argentina seguirá condenada. Han pasado casi cien años desde el inicio de su declive y bien podrían pasar otros.

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