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José García Domínguez

La derecha antiglobalista

El problema es que los grandes ganadores de la globalización viven a decenas de miles de kilómetros de nosotros, en Asia fundamentalmente.

José García Domínguez
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El problema es que los grandes ganadores de la globalización viven a decenas de miles de kilómetros de nosotros, en Asia fundamentalmente.
EFE

Han transcurrido ya veinte años desde que los airados y violentos militantes antiglobalización del Black Bloc, una facción anarquista marginal, sembraran el pánico en las calles de Seattle durante la cumbre de la Organización Mundial del Comercio de 1999. Y también dieciocho desde que efectivos de la Policía italiana abrieran fuego contra los no menos asilvestrados activistas contrarios al libre comercio que se habían dado cita en Génova coincidiendo con un encuentro en esa ciudad de los dirigentes del G-8. Fue cuando resultó muerto el joven Carlo Giuliani, al pasarle por encima un vehículo de las fuerzas de seguridad. Y es que hace solo veinte años, al contrario de lo que ocurre ahora mismo, los más feroces enemigos de la globalización solían estar manifestándose con pancartas en las calles, no sentados en los asientos reservados para los principales mandatarios del mundo desarrollado durante sus periódicas cumbres económicas multilaterales. Esa es la pequeña diferencia entre ayer y hoy. En el cambio de siglo, el discurso antiglobalización parecía poco más que una miope rémora anacrónica impulsada por viejos y obtusos izquierdistas que se negaban a admitir de una vez que su tiempo histórico había pasado.

Hoy, en cambio, y con distinta retórica pero muy similar trasfondo argumental, la de la antiglobalización es la doctrina oficial que defiende el presidente de la primera potencia capitalista del mundo, los Estados Unidos de América. ¿Cómo entenderlo? ¿Qué sucedió a lo largo de estos cuatro lustros para provocar una mutación tan insólita? Pues ocurrió que ese proceso de integración de todas las antiguas economías nacionales en un único orden común, la llamada globalización, demostró sus efectos benéficos, en especial para el hemisferio oriental. La globalización ha sido un éxito, un éxito indiscutible. Y ha sido un éxito por una cuestión de simple aritmética, a saber: porque el número de personas que han resultado beneficiadas por ella resulta ser muy superior, algo que nadie pone en duda, al número de los perjudicados por ese mismo proceso. Entonces, ¿cuál es el problema? El problema es que los grandes ganadores de la globalización viven a decenas de miles de kilómetros de nosotros, en Asia fundamentalmente.

Los perdedores, en cambio, están aquí, al lado. Son el vecino que se ha quedado sin trabajo porque su empresa se ha deslocalizado, el pequeño o mediano empresario local de toda la vida que tuvo que cerrar porque no podía competir en salarios con una remota factoría de Indonesia o Vietnam, o el sobrino recién graduado que ahora se ve obligado a emigrar al extranjero si pretende ocupar un empleo acorde a su cualificación académica. La globalización ha creado una enorme riqueza, sí, pero la ha ido a crear demasiado lejos. Por eso la verdadera confrontación política actual no es la que antes contraponía a la llamada izquierda con la llamada derecha, a socialistas o socialdemócratas contra liberales o conservadores. Eso ya pasó. Ahora, la verdadera lucha es la que confronta en el tablero global los intereses de las decadentes clases medias europeas y norteamericanas, cada día que pasa más menguantes y estancadas, con las emergentes clases medias de Asia, las que han visto en la liberalización de los movimientos de capitales, personas y mercancías la gran oportunidad para dejar atrás una miseria secular. Y quien no entienda eso nunca entenderá el fenómeno Trump.

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