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Carlos Rodríguez Braun

El buen sablazo

El avance tecnológico no se limita a destruir empleos existentes sino que crea nuevos: si no fuera así, el empleo ya habría desaparecido.

Carlos Rodríguez Braun
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El avance tecnológico no se limita a destruir empleos existentes sino que crea nuevos: si no fuera así, el empleo ya habría desaparecido.
Una fábrica de coches | Europa Press

Hace tiempo leí una entrevista con Joaquín Pérez, secretario general de la Unión Sindical Obrera, con esta interesante declaración:

Sobre precariedad, tenemos una propuesta fiscal ambiciosa. Con todos estos nuevos empleos que están precarizando el empleo como nunca: ¿cómo vamos a tratar igual a una empresa que genera empleo y a una que no lo genera (…) Hay que pegarle un sablazo a la que no genera empleo. Las empresas deben devolver lo que están recibiendo de la sociedad, que es dejarles operar, una legislación, un mercado, una protección. O lo devuelven en forma de empleo o por vía impositiva.

Sin duda es una propuesta ambiciosa, si lo que el señor Pérez ambiciona es destruir riqueza y empleo. Lo hace a través de la propensión totalitaria que consiste en que el poder discrimine entre las personas físicas y jurídicas, y respaldado en la más que dudosa noción de que en la sociedad el poder político puede legítimamente forzar a la gente a que "devuelva" lo que ese mismo poder determine.

El razonamiento de don Joaquín es contrario a la teoría y la experiencia, porque asegura que las empresas tecnológicamente avanzadas

lo que hacen es destruir empleo estable, que ya existía –los repartidores ya existían, podían existir repartidores por cuenta ajena, que es como debían estar– y están generando empleo basura. Es injusto que una empresa de reparto con los trabajadores contratados tenga que pagar lo mismo que estas compañías.

El avance tecnológico no se limita a destruir empleos existentes sino que crea nuevos: si no fuera así, el empleo ya habría desaparecido de la faz de la Tierra. Pero ante cada avance, las fuerzas reaccionarias siempre recurren a la falacia de que el empleo que hay que proteger es el que ya está, y no el nuevo que se crea, a menudo en formas e incluso en actividades y sectores que antes no existían.

La flexibilidad es otro aspecto que don Joaquín ignora, al tratar a las empresas como si estuvieran petrificadas en dos categorías: las que generan empleo y las que no lo generan. Pero las empresas no son estatuas. Si los sindicatos promueven crujir con impuestos a este segundo grupo, entonces muchas empresas no podrán adaptarse y crear nuevo empleo, y tendrán que cerrar.

El mismo resultado dañino para los trabajadores se producirá si tiene éxito otra propuesta reaccionaria del señor Pérez, que es el boicot comercial. Dijo: "Tenemos que ser creativos. Seguramente la movilización que podemos hacer es que todos quitemos unas cuantas app de los móviles o que no las usemos una semana. Se trata de volver a la solidaridad obrera". Eso no es solidaridad, sino un freno al progreso de los trabajadores.

Concluye don Joaquín: "Los sindicatos nos hemos quedado atrás". No soy quién para dudarlo.

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