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José García Domínguez

Lo que comparten Sanders y Maduro

Los sofisticados juegos intelectuales que crea el Occidente rico y ocioso se acaban convirtiendo en dramas humanos en cuanto los tratan de imitar otros no tan ricos y ociosos.

José García Domínguez
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La llamada ‘teoría monetaria moderna’, que viene siendo algo así como el equivalente de izquierdas a la Curva de Laffer, tan cara siempre a la derecha, constituye un muy singular cuerpo de doctrina económica desarrollado en algunas universidades norteamericanas, según la cual los Gobiernos pueden gastar dinero a placer, hasta el infinito, sin ningún límite cuantitativo. Ninguno. Y lo que resulta aún mucho más fantástico: que pueden hacerlo sin tampoco necesidad alguna de endeudarse en los mercados de bonos ni de subir los impuestos a los contribuyentes. O sea, la genuina versión socialdemócrata del País de Jauja. Para acabar de redondear esa inopinada maravilla cósmica, la teoría monetaria moderna igualmente sostiene entre sus postulados axiomáticos que el incremento exponencial de la cantidad de dinero fiduciario impreso y distribuido por el banco central (el papel moneda) no provoca en absoluto inflación, al contrario de lo que ha argumentado el pensamiento académico ortodoxo desde siempre. En apoyo de su tesis, los autores de esa escuela suelen apelar a lo ocurrido en Estados Unidos, Europa y Japón tras la expansión masiva de sus respectivas bases monetarias a raíz de la Gran Recesión de 2008.

Así, tanto Estados Unidos como Europa y Japón no pararon de imprimir billetes a destajo durante varios años seguidos, sin que sucediera absolutamente nada. La tan temida inflación no apareció por ningún lado y todavía hoy, unos cuantos años después, sigue sin aparecer. Lo que callan, sin embargo, los autores de la TMM es que todo aquel caudal de dinero nuevo no fue a parar nunca a la economía real, que nadie lo utilizó para financiar sus compras de bienes y que, por el contrario, jamás salió de los circuitos internos del sistema financiero. La tesis central de la teoría monetaria moderna, que resulta ser un poco menos disparatada de lo que semeja a primera vista cuando se estudia su desarrollo en letra pequeña, no había sido tomada demasiado en serio por casi nadie hasta que dos dirigentes destacados de la izquierda mundial empezaron a hablar insistentemente de ella. Uno de esos dirigentes se llama Bernie Sanders y va a ser el próximo candidato del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. El otro responde por Nicolás Maduro y todavía sigue siendo a estas horas el único presidente real y efectivo de la República de Venezuela.

Como tantas otras veces ha ocurrido ya en la Historia, los sofisticados juegos intelectuales que crea el Occidente rico y ocioso se acaban convirtiendo en dramas humanos en cuanto los tratan de imitar otros no tan ricos y ociosos al sur del Río Grande. Ocurrió con el manido Mayo del 68, inocua tontería parisina de niños malcriados que devino en un baño de sangre cuando el PRI recordó a sus universitarios locales que México no era Francia. Y ha vuelto a suceder ahora en Venezuela a cuenta de la teoría de marras. Porque alguien le explicó a Maduro la versión abreviada y en viñetas coloreadas de ese cuento, el de los billetes mágicos. Y Maduro se la creyó. O hizo ver que se la creía, que tanto da. De ahí que, aunque parezca increíble, la doctrina oficial del Banco Central de Venezuela consista ahora mismo en que no importa cuánto dinero se ponga en circulación, pues su influencia en los niveles de precios será cero. Esa es la teoría. La práctica, por su parte, consiste en un incremento solo hasta 2018 del número de bolívares nuevos en circulación del 42.000%. Sí, del 42.000%. ¿Le parece mucho el 42.000% al lector? Pues sepa que eso no es nada. En los dos últimos años, desde 2018 hasta enero de 2020, la misma base monetaria venezolana ha trepado hasta un inconcebible 2.400.000%. Dicho de otro modo: en los sótanos del Banco Central han fabricado 24.000 billetes de un bolívar nuevos por cada billete antiguo que había en circulación hace apenas 24 meses. 24.000, sí, 24.000. Pero la culpa de todo es, ya se sabe, del imperialismo.

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