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José García Domínguez

¿Se puede evitar la catástrofe económica?

El gran tabú hasta hace apenas una semana: emitir dinero y financiar con él las compras e inversiones públicas vinculadas a los planes de urgencia.

José García Domínguez
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Cuando las cosas se ponen serias, serias de verdad, todos somos keynesianos. Ahora mismo, mientras escribo, estamos entrando en un territorio definitivamente ignoto, tan desconocido como aterrador. Que la incertidumbre súbita y el colapso instantáneo terminen o no en una hecatombe general de la economía planetaria depende hoy de algo tan contingente como el plazo de tiempo menor o mayor que los científicos tarden en encontrar una vacuna efectiva contra el virus. Porque todo depende de eso. Solo de eso. Algo, por lo demás, imprevisible por definición. De ahí que todo el mundo esté llamando a las puertas del Estado. Y angustiosa, desesperadamente. Pero al Estado, aunque no lo pueda reconocer ante el público de modo abierto, ya no le cabe recurrir de modo mínimamente efectivo ni a la política monetaria ni a la fiscal, los dos principales instrumentos a su alcance para paliar los efectos de las crisis económicas agudas. Y las razones tienen que ver, ya se ha dicho en otras partes, con el agotamiento de ambas después de su uso intensivo tras el descalabro sistémico de 2008. Por tanto, todos somos hoy keynesianos, pero el keynesianismo es muy poco más que una pistola de agua a estas horas. No sirve. Los Estados aún no se atreven a confesarlo, pero es la verdad. Entonces, ¿qué? Pues nadie lo sabe muy bien.

Lo único que se sabe, y sin ningún género de duda, es que cuando el Estado necesita asumir un incremento súbito y radical de su propio gasto solo tiene dos posibilidades que en este instante dramático le están en gran medida vedadas: subir los impuestos, la primera, o acudir a los mercados de deuda con la esperanza de colocar en ellos su bonos soberanos, la segunda. Si bien, y en teoría, también cabría una tercera, el gran tabú hasta hace apenas una semana: emitir dinero y financiar con él las compras e inversiones públicas vinculadas a los planes de urgencia. Es lo que se está planteando muy en serio Trump en las últimas horas. ¿Sería posible hacerlo? Sí, claro que sí, sería perfectamente posible hacerlo. ¿Monetizar la inmensa deuda derivada de un incremento tan brutal e inmediato del gasto público provocaría, tal como sostiene la teoría cuantitativa del dinero, un incremento paralelo y descontrolado de la inflación, una distorsión de los precios de mercado que terminase haciendo mucho peor el remedio que la enfermedad? La respuesta intelectualmente honesta es que no se puede afirmar a priori que eso fuese a ocurrir necesariamente. Pero tampoco se puede sostener lo contrario. Dependería de cada caso particular.

De hecho, Estados Unidos, Japón y la Unión Europea han estado imprimiendo sin parar toneladas y más toleradas de billetes de banco durante las Gran Recesión sin que ocurriera nada; es decir, sin que ninguna de esas tres áreas económicas sufriera el más mínimo brote de inflación; ni el más mínimo. Pero también es cierto que todo ese dinero nuevo no fue a parar a las manos de los ciudadanos-consumidores, sino que permaneció, y aún permanece, dentro de los engranajes internos del sistema financiero. ¿Qué ocurriría, sin embargo, si ahora entregásemos todo el dinero a la gente? Pues dependería de con qué moneda se hiciera. Porque no es lo mismo darle a la manivela con, por ejemplo, bolívares venezolanos o con pesos argentinos que con dólares norteamericanos. Y es que el dólar norteamericano posee dos cualidades únicas que lo diferencian del resto de las monedas existentes, a saber: es el refugio al que todo el mundo acude cada vez que se produce una situación global de pánico, primer rasgo distintivo, y es también el principal y casi exclusivo medio de pago internacional, el segundo. Atributos excepcionales que le permitirían a Trump monetizar mañana mismo todo el gasto federal que requiera la lucha contra el coronavirus sin que Estados Unidos pagase ese pecado de lesa herejía ni con inflación interna ni con la depreciación externa de su divisa. ¿Lo puede hacer, pues, Estados Unidos? La respuesta es sí. ¿Lo podría hacer la Unión Europea? La respuesta es que muy probablemente no. ¿Lo podría hacer, en fin, cualquier otro actor internacional? La respuesta es que con toda seguridad no. ¿Y lo terminará haciendo Trump? Yo creo que sí. Es más, estoy seguro de que lo hará.

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