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Cristina Losada

Por qué no hay mascarillas

Nadie pensó que el mundo entero iba a necesitar una cantidad gigantesca de mascarillas y que no podría conseguirlas porque su producción estaba muy concentrada en un solo país.

Cristina Losada
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Nadie pensó que el mundo entero iba a necesitar una cantidad gigantesca de mascarillas y que no podría conseguirlas porque su producción estaba muy concentrada en un solo país.
Distribución de mascarillas en el transporte público. | EFE

El mundo necesita mascarillas. Y no las hay. Aún no. El motivo por el que no las hay en cantidad suficiente parece obvio. La demanda ha crecido exponencialmente. Pero hay más, mucho más. Las noticias sobre cómo se están fabricando, vendiendo, comprando y transportando mascarillas dan idea de la rebatiña global en que andamos metidos. Días atrás, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, describió las dificultades de comprarlas y comparó la situación con un "mercado persa". Aún se quedó corta. Cualquier mercadillo informal es más predecible, reglado y fiable que el peculiar mercado de mascarillas al que nos ha abocado la pandemia.

Antes del coronavirus, en China se fabricaban la mitad de las mascarillas del mundo. En medio de la emergencia, no sólo se quedó con todas las mascarillas que producía; también vació, por así decir, el almacén mundial. En la primera semana del confinamiento en Wuhan, importó 56 millones de mascarillas y ventiladores. Sólo en 24 horas, el 30 de enero, importaría 20 millones de ambos productos. En total, y son cifras basadas en datos oficiales, publicadas por el New York Times, importó 2.000 millones de mascarillas y 400 millones de equipos de protección para su personal sanitario.

Al tiempo, cuando estaba allí el epicentro de la epidemia, China recibió donaciones importantes de mascarillas y ventiladores de grandes empresas extranjeras. Una vez que el coronavirus empezó a afectar intensamente a otros países, y quisieron adquirir más mascarillas y otros equipos de protección, lo que se encontraron fue con el desabastecimiento. Los Estados Unidos fueron particularmente críticos, y el principal asesor en materia de Comercio de Trump, Peter Navarro, llegó a acusar a Pekín de haber "nacionalizado de facto 3M, nuestra compañía", la cual fabrica, cómo no, en China. La guerra comercial entre ambas potencias continúa. Ahora, por las mascarillas.

China ha estado haciendo diplomacia de mascarillas, con envíos a diversos países como gesto de ayuda y colaboración, aunque también para blanquear una imagen que ha quedado asociada al origen de esta letal pandemia. Ha aumentado la producción propia, de tal manera que pasó, por ejemplo, de producir 10 millones de mascarillas diarias a principios de febrero a 115 millones diarias al final de ese mes. Ese mayor ritmo de producción continúa para paliar, en alguna medida, el desabastecimiento que provocó. E, igual en China que en otros países, se han reconvertido fábricas de todo tipo para intentar satisfacer la demanda.

Los problemas no son sólo de producción. Hay que transportar las mascarillas y faltan aviones por el parón de las líneas aéreas comerciales, cuyos vuelos de pasaje suelen llevar la mitad de la carga que se mueve a nivel mundial. Han aparecido, así, soluciones ad hoc. Del mismo modo que han entrado en el mercado nuevos e inexpertos intermediarios. Hoy puede estar tratando de conseguir mascarillas en China un asesor de inversiones o alguien que hace unas semanas estaba haciendo pizzas en Manhattan. Entre ellos hay altruistas, que quieren ayudar gratis et amore a los hospitales, pero también hay estafadores. Para complicar las cosas, están las regulaciones aduaneras de cada país. Cuando varios países europeos encontraron fallos de calidad en los productos llegados de China, las autoridades aduaneras de allí impusieron nuevas normas que, al no estar claras, paralizaron la exportación.

Todos los países que tenían alguna producción propia de mascarillas han hecho poco más o menos lo mismo: prohibir su exportación. En otras palabras, cada país ha defendido lo suyo, cerrando puertas. Claro que, por ahora, poco han podido compensar el desabastecimiento. La gran fábrica de mascarillas del mundo era China, y su aumento de producción todavía es insuficiente. Las mascarillas, además, se están vendiendo al mejor postor. Y siempre que pague por adelantado. Este frenético e irregular panorama se irá equilibrando en las próximas semanas. Pero para muchos, especialmente personal sanitario, ya será tarde. Habrán tenido que trabajar sin la adecuada protección.

El mundo no volverá a ser el mismo, se dice con grandilocuencia. Como pronóstico general es abstracto e impreciso. Filosofía de salón. Pero lo que sí cambiará es la percepción del riesgo de epidemias globales y los planes para proteger a la población. Tendrán que cambiar. Nadie pensó que el mundo entero iba a necesitar una cantidad gigantesca de mascarillas y que no podría conseguirlas porque su producción estaba muy concentrada en un solo país, que a su vez priorizaría, como es lógico, destinarlas a su propia población. Como decía un célebre y denostado secretario de Defensa de Bush, hay cosas que sabemos que no sabemos y hay cosas "que no sabemos que no sabemos". Ésas son las que nos arrollan.

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