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Así es el desaguisado fiscal de Montero: más gastos y menos ingresos

El crecimiento de la recaudación está siendo tres veces menor, pero los desembolsos públicos se disparan.

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El crecimiento de la recaudación está siendo tres veces menor, pero los desembolsos públicos se disparan.
María Jesús Montero, durante una comparecencia. | EFE

Alberto Alesina, el mayor experto del mundo en el análisis de programas de consolidación fiscal, explica en su nuevo libro Austeridad (Deusto, 2020) que las iniciativas de reducción del déficit y de la deuda solo funcionan con éxito si las medidas de estabilización se vuelcan por el lado del gasto (recortes) y no por el lado de los ingresos (subidas impositivas).

El anterior ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, nunca llegó a asumir plenamente esta tesis y optó por asumir un programa de estabilización híbrido en el que se incluyeron ambas formas de austeridad: la que se vuelca sobre el presupuesto público y la que carga el ajuste sobre los contribuyentes. El déficit pasó del 11% al 3% del PIB durante su gestion, de modo que el político andaluz sí logró una mejora notable en el saldo presupuestario, si bien los estudios de Alesina sugieren que estos avances hubiesen sido menos dolorosos para el crecimiento si hubiesen sido más intensos por el lado del gasto y no hubiesen contemplado tantas medidas recaudatorias.

¿Cuál fue el alcance de los ajustes de Montoro? Los datos del FMI, disponibles aquí, muestran que, por el lado del gasto, los desembolsos llegaron a caer de 500.177 a 465.424 millones de euros entre 2012 y 2014, para después regresar paulatinamente al umbral de los 500.000 millones, recuperado en 2018. Por el lado de los ingresos, el aumento fue sostenido, pasando de 391.330 a 467.500 millones durante los años analizados.

Por lo tanto, el truco de Montoro para mejorar el déficit fue claro: por el lado del gasto, hubo una apuesta por la contención, con ciertas rebajas iniciales que se revirtieron posteriormente, pero que dejaron los desembolsos totales observados en 2018 en niveles similares a los registrados en 2012; por el lado de los ingresos, la apuesta inicial por subidas fiscales favoreció un aumento de las rentas tributarias que, con los años, siguió produciéndose en medio de ciertas rebajas tributarias, gracias al efecto del crecimiento y la creación de empleo.

Un buen ejemplo de los resultados que arroja este tipo de estrategia fiscal lo tenemos en la reducción del peso del Estado sobre el PIB, que cayó del 48% al 41% bajo mandato de Mariano Rajoy.

Una agenda fiscal sin sentido

Sin embargo, el ejercicio 2019 vino marcado por un cambio de paradigma. Desde que Sánchez tomó el mando del gobierno, la tónica de contención del gasto ha quedado atrás, puesto que los desembolsos suben ahora a un ritmo trimestral medio de 23.400 millones de euros, frente a la caída de 1.500 millones de la Era Rajoy. Al mismo tiempo, por el lado de los ingresos, el ritmo de aumento de la recaudación observado en los anteriores años (6,2% en 2017, 5,8% en 2018) vivió un notable freno en 2019 (los ingresos subieron 10.000 millones menos que el año anterior). En consecuencia , el déficit anual experimentó su primera subida desde 2012 y terminó siendo aún mayor de lo anunciado por el gobierno, tal y como desemascaró Eurostat.

Se ha roto, pues, la estrategia de contener el gasto y dejar que el crecimiento haga el resto. La nueva apuesta consiste en aumentar significativamente el peso de los presupuestos públicos, pero el parón en el crecimiento y el empleo tiene el impacto derivado de bajar los impuestos. Estamos, pues, ante una combinación que de ninguna manera puede contribuir a mejorar el saldo fiscal, puesto que avanza precisamente en la dirección contraria, con más gasto y menos ingresos. Esto explica que 2019 fuese un año perdido en materia de consolidación presupuestaria y también deja meridianamente claro por qué nuestro país iba a enfrentar nuevas dificultades fiscales en 2020.

Pero en esas llegó el coronavirus. La infección masiva provocada por el patógeno originario de China supone un shock económico y también un shock fiscal, puesto que el déficit está llamado a situarse en el entorno del 10% del PIB como consecuencia del aumento del gasto y la caída de los ingresos. Un sombrío escenario que nos remonta al primer párrafo y nos recuerda que, como explica Alberto Alesina, tales situaciones deberían abordarse conteniendo gasto y evitando subidas fiscales, justo lo contrario de lo que tiene previsto el gobierno.

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