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Amando de Miguel

Los inexorables impuestos

Al final del proceso, quienes realmente pechan con las contribuciones son los que no pueden vender nada: los parados, los jubilados, los dependientes.

Amando de Miguel
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Hemos oído varias veces la misma enfática declaración: "Este Gobierno no va a subir los impuestos". Les ha faltado añadir, como decía un viejo presidente de los Estados Unidos: read my lips (vean mi forma de vocalizarlo). En resumidas cuentas: el Gobierno miente. Las razones son bien sencillas. Ante la contracción de los ingresos para la mayor parte de las personas y el aumento del desempleo, se multiplican las peticiones al Gobierno de ayudas y de subvenciones. Es claro que el Fisco no puede satisfacer tales peticiones de las empresas o los particulares más que subiendo aún más los impuestos. Bueno, podría seguir endeudándose, pero en esto ya se ha llegado a un límite. Además, la ingente deuda del Estado significa elevar las contribuciones de los españoles futuros.

La primitiva democracia surgió en la Europa medieval (primero en Castilla y en Inglaterra) con el fin de que las Cortes o Parlamentos aprobaran las subidas de impuestos. Esa historia es un bonito romance. La realidad nos dice que los que mandan hoy en todos los órdenes logran establecer los impuestos a su arbitrio; nunca los bajan. Lo que ocurre es que, como persiste una especie de mala conciencia, visten tales subidas de mil maneras, incluso con el recurso del disfraz que supone manejar el balduque de la covachuela burocrática. Los nuevos tributos se adornan con un espíritu social, para conseguir una mayor igualdad. Mucha gente acaba convencida de que realmente no paga impuestos, tan astuta es la maniobra recolectora.

Una parva ilustración personal. Acudo a mi historiado recibo del servicio del agua, suministrado en forma de monopolio, sobre el que recaen viejas historias de corrupción. De entrada, el ininteligible texto del recibo me tutea; no sé a santo de qué tanta familiaridad. Pongamos que el pago total del recibo asciende a unos 100 euros. Pero solo unos 20 se van propiamente al servicio de suministro de agua. Preciso, no solo al volumen consumido, sino a la instalación de la toma del servicio, que, por lo visto, hay que seguir abonándola toda la vida. Hay que añadir el grueso de la factura: un 75% para "cuotas suplementarias". Se trata de un impuesto que va al Ayuntamiento para realizar ignotas "infraestructuras hidráulicas" (¿piscinas?). Ya es ominoso que haya un impuesto finalista tan cuantioso. Añádase un resto, un porcentaje fijo llamado IVA, que es otro impuesto sobre un bien esencialísimo como el agua.

El estilo que digo del recibo del agua se puede aplicar a otros muchos servicios. Acaba de aparecer una tasa covid, que es un añadido que se hace al precio de las consumiciones en los bares o de distintos servicios personales. Dice el Fisco que es ilegal, pero entonces se traducirá en un sobreprecio. El pagano siempre es el mismo. Atentos a la extraña manifestación de la actual crisis económica: se contrae la demanda, pero suben los precios.

Lo que goza de mayor popularidad es poner impuestos a los ricos, a las grandes fortunas: Tasa Tobin, Tasa Google, etc. Es igual, el hecho es que todo el que vende algo logra repercutir el impuesto adicional al que adquiere sus servicios. El resultado es que, al final del proceso, quienes realmente pechan con las contribuciones son los que no pueden vender nada: los parados, los jubilados, los dependientes. Es decir, ahí se forma el grueso de la población. Ese es el hecho que hay que considerar cuando se habla de "igualdad" o de "progreso".

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