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Marcos Sánchez Foncueva

Como un camino en otoño

Se necesita la búsqueda de sinergias y compromisos entre el sector inmobiliario y el sector turístico.

Se necesita la búsqueda de sinergias y compromisos entre el sector inmobiliario y el sector turístico.
Un hombre de paseo con mascarilla | David Alonso Rincón

Está siendo por el que transitamos un camino largo, penoso, en el que las decisiones adoptadas se revelan, muchas de ellas, equivocadas y otras, algunas, no tanto. La incertidumbre generada por la pandemia ha provocado algunos errores notables que se han reproducido a lo largo y ancho del mundo. Así es este mundo global. Pero, y esto es más grave y preocupante, el camino ha estado en casa plagado de indecisiones y volantazos por parte de quien ha asumido todo el poder. No podemos atacar la incertidumbre y buscar seguridad con la indecisión. Se me ocurren pocas cosas peores que un gestor irresoluto, fluctuando permanentemente entre pretendientes opuestos, a los que dar, quitar, conceder o contemplar, según sea la decisión a adoptar o la petición del prometido a cuyos favores se aspira.

Algunos queremos seguir creyendo que el mercado responderá por sí solo, apartándose de las veleidades de quien no se decide. Llevo un tiempo empeñado en que el sector inmobiliario será capaz de resistir y levantarse, otra vez, sin ayuda. Durante el confinamiento he entendido que esta crisis, no siendo estructural ni respondiendo a factores endógenos, sino exógenos y ligada a una crisis sanitaria que nadie habría imaginado, ni en la peor de sus pesadillas, duraría pocos meses más que lo que lo hiciera el rapto de la covid. Los fundamentales del inmobiliario, en la etapa anterior a su irrupción, eran sólidos y sin fisuras. Bien es cierto que comenzaba entonces una desaceleración respecto a los ritmos habidos hasta el primer semestre de 2019. Pero la producción estaba acomodada a la demanda y se había consolidado una forma de hacer en la que destacaba la corresponsabilidad entre mercado inmobiliario y sector financiero.

Ahora bien, todo apunta a que el arranque de nuestra economía tras el brutal frenazo, requerirá de algo más que del purgante del ladrillo que, históricamente, se ha comportado como palanca de recuperación y despegue, como revulsivo general de la economía española. Esta vez el alcance del ictus vivido precisará de la intervención de un cirujano experto. Y ahí es donde aparece la primera carencia. El doctor se encuentra indeciso. Los continuos cambios en la estrategia inmobiliaria que ha de plantear el gobierno para fortalecer el sector, permitiendo que el inmobiliario vuelva a ser el motor de la economía, no hacen sino lastrar la recuperación.

Se precisan ideas claras. Una aplicación transparente y unívoca del régimen hipotecario. Una reglamentación abierta y expansiva de los alquileres, que aplique una política fiscal que promueva el incremento del parque residencial en arrendamiento e incentive la puesta en valor de sus inmuebles por familias y particulares. Un régimen de ayudas centrado en el estímulo al trabajo y no en la mera subvención. La búsqueda de sinergias y compromisos entre el sector inmobiliario y el sector turístico, tan azotado por la pandemia y absurdamente incomprendido por quien mejor debe entenderlo y más tiene que apoyarlo. La inaplazable desburocratización y despolitización del urbanismo español. Todo ello contribuiría a plantear un otoño con esperanzas de recuperación.

Mención aparte merece la proactividad mostrada por algunas administraciones durante el durísimo confinamiento. Más allá de planteamientos ideológicos y de colores políticos, ha habido quien ha visto el momento propicio para olvidar el carácter reactivo del que normalmente hacen aquéllas gala, aprovechando la maldita oportunidad de la covid-19 para avanzar en la transformación digital de sus unidades, trabajando en la agilización de trámites, proponiendo nuevas formas de entender el servicio público. En el caso de Madrid, como en otros pueblos y ciudades de España, el resultado es evidente. Actuaciones estratégicas han sido limpiadas de obstáculos, se han otorgado licencias, se han propuesto soluciones.

Es deseable que cunda aquel ejemplo, no solo entre todas y cada una de las administraciones con competencias y responsabilidades en el inmobiliario, en el urbanismo y la ordenación del territorio, sino sobre todas ellas, en la administración central del Estado. Si se impregna de gestión, aparcando devaneos e inclinaciones más o menos electorales, podremos encarar el otoño con optimismo y fuerza para relanzar nuestra maltrecha economía. En otro caso nos quedaremos, con Kafka en sus visiones y sueños, como un camino en otoño: tan pronto como se barre, vuelve a cubrirse de hojas secas.

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