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Las trampas del PIB: qué significa el desplome del segundo trimestre y qué consecuencias tendrá

Ni España ha vuelto al año 2002 ni el dato de crecimiento histórico que veremos en el tercer trimestre anticipará una recuperación completa.

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Ni España ha vuelto al año 2002 ni el dato de crecimiento histórico que veremos en el tercer trimestre anticipará una recuperación completa.
Imagen de este martes, en un bar del centro de Madrid. | EFE

Imaginen un restaurante.

  • El día 31 de marzo (aunque quizás deberíamos decir el 14 de marzo), durante el servicio de noche, sufre una avería muy importante en el cuadro eléctrico.
  • El seguro se hace cargo de la reparación, pero será larga. Estará cerrado hasta el 30 de junio.
  • Durante ese período, el chef-propietario hará algunas comidas desde su casa para clientes muy señalados: de los 300 menús que servía cada jornada, pasará a 25 al día que servirá a domicilio.

Ahora imaginen que ese restaurante es España. Y los menús no servidos son el equivalente a la caída del PIB del segundo trimestre (aunque, afortunadamente, no hemos pasado de 300 a 25 menús… el desplome en contabilidad nacional fue de sólo el 18%).

El ejemplo es poco técnico, aunque esperamos que ilustrativo. En los últimos días, se han sucedido las noticias y comentarios sobre la caída del PIB en el segundo trimestre. Nunca habíamos visto nada semejante: un -18,5% en tasa intertrimestral, que se traduce en un -22,1% en tasa interanual. Y sí, la situación es muy grave, pero no tanto como para decir que hayamos vuelto al año 2002, como hemos leído, o que hayamos perdido todo lo ganado en los últimos 20 años.

Volvamos a nuestro restaurante. ¿Es grave que haya tenido que estar tres meses cerrado? Mucho. Los ingresos de sus trabajadores serán este año un 25% inferiores a los de otros ejercicios (para el ejemplo, suponemos que no reciben nada durante esos meses, aunque nos imaginamos que en la realidad la empresa podría acogerse a un ERTE). Y lo mismo pasa con sus propietarios, que pasarán tres meses sin un euro de beneficios ni ingresos.

Pero todos podemos ver que lo importante no es eso. Lo que determinará el futuro de este negocio es su capacidad para recuperar a sus clientes tras la reapertura. Imaginemos tres escenarios:

*** El día 1 de julio, el restaurante abre y sus clientes se agolpan en la puerta: llevaban tres meses esperando por sus famosas croquetas. Y los 300 menús que servían de media antes del cierre se mantienen, como si no hubiera pasado nada. Los tres meses de cierre serán, en unas semanas, un mal recuerdo. Sí, han supuesto un enorme esfuerzo: trabajadores y propietarios han tenido que tirar de ahorros para sobrevivir en ese período de tiempo. Y un par de obras menores que se iban a hacer en la cocina para ampliar la capacidad del restaurante se tendrán que retrasar al año que viene (con lo que eso supone para los planes de crecimiento de los propietarios, que se verán un poco alterados). Pero, en el fondo, todos respiran aliviados: no ha pasado nada grave. La vida sigue y el maldito fusible apenas será una anécdota que comentar con los clientes. La viabilidad del negocio no corre ningún peligro.

*** El día 1 de julio, el restaurante abre sus puertas y los clientes vuelven… pero ya no es como antes. Algunos no se han enterado de la reapertura, otros se han acostumbrado a la competencia y los hay que han empezado a cocinar más en casa y mantienen este nuevo hábito. Durante ese mes de julio, se sirven 200 menús diarios. Hay que despedir un par de trabajadores para ajustarse a la nueva situación. Y reducir los precios y hacer ofertas para atraer al cliente perdido. Las obras previstas se retrasan al menos un par de años. El propietario tiene que hacer malabares para mantenerse al día con el crédito que pidió para la anterior reforma, que acometió hace tres años. Si no pudiese pagar, llegaría la quiebra y el restaurante tendría que cerrar sus puertas. Poco a poco, sin embargo, los clientes vuelven a las mesas. En enero del año siguiente, el negocio ha recuperado la cifra de 300 menús diarios. Estos meses han sido muy complicados, pero han salvado los muebles.

*** El día 1 de julio, el restaurante abre sus puertas y comprueba que otro local ha aprovechado muy bien su ausencia: han lanzado varios menús muy buenos, han captado a la clientela del barrio y han consolidado su reputación. Nuestro restaurante pasa de 300 menús antes del cierre a 100 en julio, tras la reapertura. Sí, poco a poco comienzan a crecer, pero en enero del año siguiente siguen a 200 menús por jornada, un 33% menos que antes del cierre. Nadie sabe si volverá a los 300 alguna vez… si es que lo consigue. Algunos despidos, que se pensaba temporales, se convierten en definitivos. Las obras, aplazadas sine die. Y no sólo las obras, algunos gastos que eran bastante necesarios (renovar algunos electrodomésticos) también se posponen. Hay que renegociar con los acreedores (y no es fácil) el crédito de la reforma: ampliar plazos e incluso plantearse una quita.

El PIB del segundo trimestre… y el del tercero

El ejemplo del restaurante es poco técnico (pedimos perdón a los especialistas en macro y estadística; si alguien quiere una explicación mucho más precisa, aquí tiene dos muy buenos hilos, en Twitter, sobre lo que mide y no mide el PIB: de Manuel Hidalgo y Daniel Fuentes, por cierto dos economistas que han estado también involucrados en política, con PP-Cs y PSOE, en los últimos años). Pero creemos que sirve para entender lo que está pasando con las cuentas nacionales. Porque, al igual que en este restaurante, lo importante no es la caída del PIB del segundo trimestre. Sí, la situación durante estas semanas ha sido angustiosa para miles de españoles que han visto cómo se desplomaban sus ingresos. Todos hemos tenido que tirar de ahorros y recortar gastos. El Estado ha intentado (en España y en todos los países ricos) asegurar las rentas de muchos de los que se han visto afectados (el ejemplo más claro han sido los ERTE) mientras durase el confinamiento. Pero lo que nos debería preocupar realmente no es eso… sino qué parte de la estructura productiva del país saldrá viva y cuánto tardaremos en recuperar la situación de febrero de 2019.

Al final, esto es lo que hay detrás de las declaraciones del Gobierno sobre la famosa recuperación en V, en V asimétrica o en forma de lámpara de Aladino. Y también las afirmaciones del presidente y de las ministras de Hacienda y Economía sobre el inicio de la reactivación económica. Que son ciertas… y al mismo tiempo esconden una pequeña-gran trampa.

1. No es cierto que hayamos destruido el 18% de la riqueza del país en el segundo trimestre (y habría que sumar el 5,2% del primer trimestre). Esas cifras son simplemente el reflejo de algo que todos sabíamos: si confinas a la población en sus casas durante dos meses y, por consiguiente, se fuerza el cierre temporal de miles de empresas, el PIB se va a desplomar.

Cojamos la definición estándar: el PIB es "el valor de mercado de la producción de bienes y servicios de demanda final de un país o región durante un período determinado". Si no produces porque estás en casa encerrado (tú o tus clientes), el PIB del trimestre se desploma.

Podría pensarse que el dato interanual es más preciso. Pero, este año, por todo lo que estamos explicando, ni siquiera podemos fiarnos demasiado de esa cifra. Hacer el acumulado de los últimos cuatro trimestres en realidad tampoco tiene mucho sentido porque este trimestre desvirtúa cualquier análisis; y menos aún hacer el cálculo anualizado del dato intertrimestral (que es algo así como preguntarse cómo sería el año si todos los trimestres fueran como éste).

2. Del mismo modo que el dato del PIB se ha desplomado en este segundo trimestre, lo lógico es que se dispare en el siguiente: porque pones en marcha buena parte de esa estructura productiva que tenías cerrada.

Y es lo que va a ocurrir. Lo normal es que el crecimiento intertrimestral del PIB del tercer trimestre sea muy relevante, porque muchos de los negocios que permanecieron cerrados o a medio gas durante abril y mayo van reabriendo sus puertas poco a poco.

De hecho, el tercer trimestre debería ver el mayor crecimiento intertrimestral del PIB de la serie histórica. ¿Cuánto? ¿Un 8-10-12-14% intertrimestral? Por ahí andará. Sabemos que son cifras excepcionales. Por comparar: desde 2010, el mayor incremento intertrimestral ha sido del 1,1%, en el primer trimestre de 2015.

Y si no es así, si la cifra no es tan exagerada… entonces sí que tenemos un problemón, uno mucho mayor, incluso, del que ya intuimos.

3. Pero la clave no es que el PIB del tercer trimestre se dispare respecto al nivel del segundo trimestre. Eso se da por hecho. Y lo mismo pasará con el dato de crecimiento del PIB del próximo año.

El Gobierno se agarrará a ese crecimiento histórico del tercer trimestre y a la cifra (que será muy llamativa) para hablar del "inicio de la recuperación". En ese momento, habrá muchos ciudadanos que piensen que de dónde sale ese crecimiento si ellos siguen en paro. La clave es que el punto de comparación no debería ser el segundo trimestre… sino la situación previa al parón.

Volvamos a nuestro ejemplo para verlo mejor. Incluso en el peor escenario, el PIB del restaurante se dispara en el tercer trimestre. Recordemos que, durante el cierre, su producción se había limitado a los 25 menús que el cocinero servía a domicilio. Si de 25 pasamos a los 100 menús del tercer supuesto, multiplicamos por cuatro. Pero es evidente el enorme problema al que se enfrenta el negocio: su capacidad productiva es de 300 menús… y la nueva normalidad implica un retorno a la actividad a un ritmo muy inferior.

Las previsiones

En este punto, hay dos cifras que debemos tener en cuenta. Y no llegarán a corto plazo. Los datos de los próximos meses serán todos muy llamativos, para bien y para mal. Darán titulares y comentarios en las tertulias. Pero no explicarán demasiado sobre las heridas que esta crisis dejará en el tejido productivo de cada país.

Ni siquiera el dato de caída del PIB de 2020 será un buen indicador. Casi todos los países sufrirán un fuerte desplome. Es lo lógico si, durante tres meses (como mínimo), tu economía ha estado semi-paralizada. Volvemos a nuestro restaurante: imaginemos que nos encontramos en el primer escenario, el más optimista. Es decir, recupera los 300 menús diarios desde el mismo día de su reapertura y los mantiene hasta fin de año. Pues bien, incluso así, su facturación será un 20-25% inferior a la del año precedente: porque hay un trimestre en el que estuvo casi a 0.

Por eso, el indicador del PIB de 2020 no nos dirá demasiado. Algo sí, pero más por la comparación con otros países (cuánto ha caído cada país respecto a sus vecinos) que por el valor en sí mismo. Los datos más relevantes serán otros dos:

  • PIB de 2021 respecto a 2019: y no hablamos de crecimiento, sino de cifras totales. El PIB de España el año pasado ascendió a 1.244.757 millones de euros. Eso es lo que produjimos entre todos. La pregunta es ¿cuánto produciremos en 2021, en esa nueva normalidad de la que hablamos? (el único matiz es que al valor absoluto de 2021 habrá que quitarle la inflación de estos dos años para que la comparación sea real)
  • ¿Cuándo recuperaremos los niveles previos al coronavirus? Que es otra forma de ver la anterior pregunta: cuándo produciremos al menos lo mismo que en 2019.

Nuestro principal problema es que ahora mismo, las previsiones son muy malas para España y para Europa en ambas preguntas.

En su informe "Covid-19 and the great reset", McKinsey plantea nueve escenarios diferentes en función de si la enfermedad se contiene totalmente – a medias – sin control; y en función de si las medidas económicas tomadas por los gobiernos son muy efectivas – nivel medio de efectividad – sin ningún impacto.

Pues bien, en todos los casos, la Eurozona es la región del mundo que sale peor parada. En el escenario central (nivel medio de eficacia tanto desde el punto de vista sanitario como económico-político) la Eurozona no recuperaría el PIB pre-pandemia hasta el tercer trimestre de 2023. Y eso es la media del conjunto de la región: en España lo normal es que ese plazo se alargue. Esto es lo preocupante. Si tomamos nuestro ejemplo: sería como si ese restaurante tardase tres años en volver a los 300 menús que tenía antes de la avería. Sería un desastre sin paliativos.

En este otro estudio de Fitch –"Coronavirus GDP Impact to Persist in Medium Term"-, sus expertos intentan medir cuál puede ser el impacto de la pandemia en el crecimiento de cada economía a medio plazo. Es decir, no sólo cuándo recuperaremos el nivel previo, sino cómo afectará el parón a la economía.

Para España, sus estimaciones apuntan a una caída que rondará el 10% en 2020 (y no son las más pesimistas), seguida de un crecimiento del 4,4% en 2021. Como vemos, el crecimiento del PIB el próximo año será muy elevado (porque es comparación 2020-2021). Es algo parecido a lo que explicábamos antes del crecimiento intertrimestral histórico que veremos cuando conozcamos el dato de septiembre. Pero incluso ese 4,4%, que en una situación normal sería una cifra excepcional… ahora no lo es, porque se queda muy lejos del 10% que perderemos este año. Además, el crecimiento potencial se verá muy dañado: antes del Covid-19, la previsión para el período 2020-2025 era de un 1,5% de crecimiento anual para España; tras la pandemia, la cifra ha pasado al 1% anual. Es una caída muy importante y que se va acumulando. Si se cumple, quiere decir, que llegaremos a 2030 siendo mucho menos ricos de lo que se preveía antes de esta crisis.

Estas cifras no dejan de ser previsiones (y las previsiones de los expertos se han revelado tirando a poco fiables en las últimas dos décadas). Si queremos ser optimistas, podemos pensar que puede que vuelvan a fallar. En este caso, son un poco más preocupantes por la unanimidad. Todos los organismos, investigadores, analistas… apuntan en la misma dirección: (1) el desplome del PIB en España será muy superior al de sus vecinos; (2) la recuperación que veremos a partir del tercer trimestre de 2020 y en 2021 será menos potente que la de otras economías; (3) tardaremos mucho más tiempo en recuperar los niveles pre-crisis.

En lo que hace referencia al mercado de trabajo, que siempre es la principal preocupación en estos casos, la pregunta que todos nos hacemos es cuántos de los empleos perdidos en el último trimestre se recuperarán. Y aquí hay dos cifras que nos inquietan: primero, el millón de empleos destruidos (caída en la ocupación) en esos tres meses; y, en segundo lugar, los 4,7 millones de trabajadores que el INE define como "ocupados que no han trabajado en la semana de referencia". Esta categoría tenía algo más un millón de personas en el segundo trimestre de 2019, por lo que hay 3,7 millones extra en la última EPA: son, sobre todo, los afectados por el ERTE.

Hace unos días, el ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, apuntaba en Twitter que más del 60% de los trabajadores en ERTE ya había recuperado su empleo: desde un pico de 3,4 millones en mayo, quedaban en esa situación poco más de 1 millón a comienzos de agosto. Es una buena y una mala noticia. Buena para esos dos millones y medio de ocupados que ahora ya sí pueden decir que mantienen su empleo; pero mala para el resto (han pasado ya dos meses de vuelta a la normalidad y siguen sin trabajo, por lo que las dudas sobre la viabilidad a futuro de su empleador van creciendo) y mala para el millón de ocupados que perdieron su empleo de forma definitiva en el segundo trimestre (y que tienen pocas esperanzas de recuperarlo en el corto-medio plazo).

Aquí el miedo es doble: por un lado, que muchos de esos ERTE acaben convirtiéndose en despidos, porque la empresa no vuelva a la actividad; y, por otro, que algunas de las reincorporaciones sean temporales (la empresa abre las puertas e intenta reactivar su negocio, pero no lo consigue y finalmente tiene que despedir a algunos de sus empleados). Y eso por no hablar de los que ni siquiera están en ERTE, sino que ya han perdido su empleo.

El futuro

En lo que respecta a nuestra estructura productiva, la principal preocupación debería ser cómo afectará la pandemia en el futuro a medio plazo al tejido empresarial. Con tres preguntas que no tienen una respuesta nada sencilla (aquí, por ejemplo, lo explica con detalle y con su claridad habitual Juan Ramón Rallo):

  • Qué parte de nuestra estructura productiva va a quedar desfasada: los consumidores ya no quieren tantos hoteles, aerolíneas, bares, servicios presenciales… Incluso aunque mañana se encuentre una vacuna, esos negocios ya no volverán, porque ha habido un cambio de preferencias. En nuestro ejemplo: el restaurante es incapaz de recuperar en los doce meses siguientes a la reapertura los 300 menús, porque muchos de sus clientes que comenzaron a cocinar en casa le han cogido el gusto a hacerse la comida ellos mismos.
  • Cuántos cierres provocará la asfixia financiera. Los vencimientos en los pagos de las deudas provocan que algunos negocios solventes tengan que cerrar: en todas las crisis, éste es el efecto más dañino, porque implica la destrucción de tejido empresarial que generaba valor, pero que no puede soportar el período de inactividad. En nuestro ejemplo: imaginemos que el cierre se alarga y el dueño no puede pagar ni refinanciar los plazos pendientes del préstamo que pidió hace tres años.
  • Cuánto capital no se repondrá de forma adecuada: tanto los bienes como las personas empleadas en el proceso productivo necesitan de una actualización constante (que requiere inversión). Por un lado, porque se desgastan y, por otro, porque quedan obsoletos y superados por nueva tecnología. Pero esa actualización cuesta dinero: formación, nuevas inversiones, reparaciones, mejoras… En nuestro ejemplo, son esas obras en la cocina que el dueño del restaurante decide retrasar un año. Todos pensamos: "Si es sólo un año, no pasa nada". Y es cierto: no pasaría demasiado. Pero qué ocurre si es más de un año o si directamente no se acometen las inversiones: una economía que no invierte en nuevos bienes de capital, que no repone los que se van depreciando o que no forma a sus trabajadores está condenada al fracaso.

El problema de la economía española es que sus perspectivas no son demasiado buenas en ninguno de los tres apartados. En cuanto a las preferencias de los consumidores, hay sobre todo dos riesgos relacionados con el sector servicios: que la reducción de viajes-turismo dure más de un año; que los destinos alternativos a los que han recurrido nuestros visitantes este verano hagan que se olviden de nosotros. También en otros ámbitos en los que España es potente (automoción, inmobiliario…) la pandemia parece que no juega a nuestro favor. Porque, además, no somos especialmente buenos en los sectores que saldrán más reforzados de la misma: tecnología, investigación, servicios a distancia,…

En cuanto al colapso financiero que se traduce en colapso productivo, estamos mucho mejor que en 2008. Las empresas son más solventes y los bancos también (tienen más margen para refinanciar a sus clientes en dificultades y darles aire para que se recuperen). Pero ese margen no es ilimitado. Aquí la gran pregunta también tiene que ver con el sector turístico: cuántos establecimientos que podrían ser viables en condiciones normales, no tendrán aguante suficiente para llegar a marzo-abril de 2021, cuando comience la nueva temporada. ¿Cuántas de esas persianas de bares y restaurantes que ahora están cerradas… seguirán así el próximo año?

Y, por último, pero quizás lo más preocupante: qué daño hará a medio plazo la crisis de 2020 en una economía que ya tenía problemas de inversión-renovación de su capital productivo, tanto en bienes de equipo o I+D como en formación del capital humano. En el caso de la formación, desde la escuela a los parados de larga duración que pierden sus habilidades, pasando por los trabajadores en los que no se invierte porque hay que recortar gastos, el impacto del Covid puede ser dramático y con consecuencias que se alargarán durante décadas.

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