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Matt Ridley: "Hay formas mucho menos costosas y más efectivas de lidiar con la pandemia"

El célebre autor de El optimista racional vuelve a la carga con nuevo libro y analiza la actualidad internacional para Libre Mercado.

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El célebre autor de El optimista racional vuelve a la carga con nuevo libro y analiza la actualidad internacional para Libre Mercado.
Matt Ridley

Matt Ridley es uno de los más destacados periodistas de la esfera anglosajona. Ha pasado por The Economist, The Telegraph o The Wall Street Journal, donde sus escritos se han destacado por defender principios liberal-conservadores a la hora de hablar de economía o ciencia. Su libro "El optimista racional", publicado hace diez años, fue un best seller e inauguró una nueva tradición ensayística sobre el progreso que ha alcanzado la Humanidad gracias al aumento de las libertades. Ahora, Ridley presenta Cómo funciona la innovación (How innovation works) y se sienta a hablar con Libre Mercado sobre dicha obra y la actualidad internacional.

¿Qué nos vamos a encontrar en su último libro?

Muchas historias sobre cómo han surgido algunas de las más importantes innovaciones de la historia. Creo que es importante conocer cómo se dieron muchos de desarrollos que damos por sentados. Adentrándonos en esas historias comprendemos mejor cómo surge la innovación. No ocurre de arriba hacia abajo, sino al revés. Es un fenómeno evolutivo, que nace de la colaboración, de la experimentación, de la libertad de especular en torno a distintas soluciones para un mismo problema. Bebe de la posibilidad de fracasar y de la recompensa a quienes logran tener éxito. Se traduce en avances progresivos que, cuando se consolidan, devienen en cambios rupturistas capaces de hacer mejor nuestro día a día. Y esto último es importante, porque una cosa es inventar y otra es innovar. La innovación tiene que tener una capacidad de desarrollo y de aplicación.

Si la innovación es un proceso de descubrimiento de abajo hacia arriba, ¿qué rol juega la política?

Los gobiernos se equivocan al creer que la innovación es predecible, la gran mayoría de las innovaciones que hoy disfrutamos no fueron diseñadas de arriba hacia abajo, de hecho hay una larga historia de proyectos de innovación impulsados por el poder político que no llegan a ningún lado. Es un error subsidiar cierta innovación y descartar otra, porque determinar qué avances son necesarios es una tarea que le corresponde a las empresas y las familias, en la medida en que la evolución de sus necesidades y deseos va marcando el camino.

Los gobiernos manejan alrededor del 40% del PIB, si no más, de modo que es lógico que una parte de ese presupuesto se consigne a la I+D, pero yo vincularía ese gasto a los resultados, por ejemplo con un programa de compras a innovaciones que demuestren su validez y utilidad en el mundo real. Pero, en cualquier caso, lo más importante que puede hacer un gobierno es eliminar trabas y barreras, tumbar los límites a la competencia, simplificar las regulaciones y resistirse a la presión de "lobbies" que quieren distorsionar el mercado.

El gobierno español habla de "digitalizar" la economía como una de sus prioridades.

Me preocupa que pensamos siempre que el futuro consiste en "digitalizarlo" todo. Tenemos ese sesgo porque los últimos veinte años fueron básicamente los de la revolución de las tecnologías de computación. Sin embargo, los veinte anteriores giraron en torno al transporte. ¿Qué está por venir? Eso lo iremos viendo dependiendo de las necesidades del sector privado, pero no puede planificarse.

Los gobiernos sí nos harían un gran favor digitalizando sus propios procesos, como ha hecho Estonia, para que tratar con la Administración sea sencillo y asequible. Pero, insisto, la digitalización no es la respuesta mágica a cualquier problema y, de hecho, ha avanzado tanto que no me queda claro que ese sea el vector clave que explique el crecimiento futuro. Pensemos, en este sentido, que el salto tecnológico acarreado a comprarse un teléfono móvil de última generación es cada vez más pequeño o que nuevos nuevos desarrollos como gafas o relojes inteligentes han tenido una acogida mucho más limitada de lo que se esperaba.

En clave medioambiental, ¿qué importancia tiene la innovación?

Hemos reducido progresivamente nuestra dependencia del carbono, pasando del carbón al petróleo y luego al gas. Ese progreso ha sido lento en comparación con lo que preferirían muchos activistas y políticos, pero sí se ha reflejado en las cifras de emisiones de GEI. Entonces hay que empezar por esa base: hoy hacemos más con menos.

Dicho esto, se habla del cambio climático sin tener en cuenta los costes asociados a las políticas oficialistas. Está claro que la energía es un ámbito en el que conseguir nuevas mejoras puede tener grandes efectos en materia de reducción de emisiones, pero no podemos pensar, por ejemplo, que las renovables son el futuro, porque en su forma actual son muy costosas y no ofrecen un suministro continuado y fiable.

¿Entonces, es la nuclear la respuesta? Puede ser, pero hacen falta nuevas generaciones que la abaraten y la mejoren más aún. En cualquier caso, ha quedado claro que ya no es tan fácil innovar en la energía y en el transporte y no parece sencillo lograr los objetivos que a menudo nos marcamos.

Creo que a menudo vemos que los políticos exageran los peligros asociados al cambio climático. Se nos plantean escenarios a cien años, pero no hay manera de incluir en esos modelos productivos la aparición de nuevas tecnologías. Por tanto, hay que apostar por soluciones innovadoras que nos ayuden a adaptarnos a cualquier reto medioambiental futuro, no plantear grandes restricciones que nos empobrecen hoy y que no tienen por qué arrojar resultados.

Ahora mismo hay mucha gente de todo el mundo trabajando para solucionar el mismo problema: encontrar una vacuna contra el covid-19. ¿Qué lección sobre la innovación nos aporta esta experiencia?

La pandemia de la covid-19 nos enseña que no hemos avanzado lo suficiente en la investigación con vacunas. Llevamos trescientos años experimentando con ellas pero su desarrollo, a pesar de que es cada vez más rápido, podría ser incluso más veloz si hubiésemos hecho de este campo de trabajo una gran prioridad. Dicho esto, esa problemática hace precisamente más evidente que lo importante es que haya mucha gente trabajando para solucionar problemas y compitiendo entre sí por hacerlo lo mejor posible, porque eso crea una especie de "mente global" que cultiva nuevas formas de conocimiento.

¿Qué estamos haciendo mal a la hora de lidiar con la covid-19 y qué enfoque sería el más apropiado?

Hay formas mucho menos costosas y más eficientes de lidiar con una pandemia. La evidencia muestra que los confinamientos no son una gran solución. Si los confinamientos fuesen una medicina en pruebas, quedarían descartados porque sus efectos colaterales son tremendos. Entonces, ¿qué hacemos? Hay que proteger a los grupos de riesgo, que son pocos y sufren una gran letalidad, pero no confinar a toda la población, entre la cual hay una gran mayoría que tiene un riesgo muy bajo. También hay que asegurar un aumento de la capacidad hospitalaria, que no debe ser estática sino dinámica, desplegando más capacidad para evitar "cuellos de botella".

Se habla mucho de hacer "test masivos", ¿realmente puede hacerse a estas alturas de la pandemia y con un virus que se propaga tan rápido y de forma tan generalizada?

El enfoque de los "test masivos" puede ser muy útil si lo haces al principio, cuando tienes pocos casos y bajo el supuesto de que actúas en ese mismo momento para tomar algunas restricciones en paralelo. Sin embargo, ahora ya estamos en otro punto y, por ejemplo, es más importante hacer test de forma más ajustada.

¿Qué lecciones podemos extraer de esta segunda ola?

Si repasamos las cifras vemos que la mortalidad ha bajado mucho en regiones que salieron muy golpeadas. La gente rechazó la inmunidad de rebaño pensando que eso implicaba un contagio del 80% de la población, pero esa no es la manera de enfocar el debate, por dos razones: porque existe la inmunidad preexistente y porque la propagación (social o biológica) no es simétrica. De manera que en Londres o en Madrid vemos que muere menos gente, porque hay un mayor grado de inmunidad y porque se protege mejor a los grupos de riesgo.

¿Mantiene su famoso optimismo racional ahora que todo el mundo duda del progreso del mundo?

Escribí el libro de El optimismo racional en 2010 y siempre me han dicho que ya no puedo ser optimista por uno u otro motivo: las nuevas guerras que van surgiendo, el auge del terrorismo islamista, la crisis financiera, la pandemia de la covid-19… No funciona así. Siempre pasan cosas malas en el mundo y eso no significa que todas las cosas vayan a peor. Pensemos en África. La última década ha reducido enormemente la pobreza, la mortalidad infantil, la letalidad del VIH o la malaria… En mi libro advertí de que, obviamente, siempre habrá noticias negativas y avancé incluso que veríamos más pandemias, pero eso no significa que no seamos capaces de mejorar. El PIB mundial ni siquiera llegó a caer en la Gran Recesión, solo en algunas economías, y ahora veremos un progreso continuado, una vez salgamos de este bache.

Cuatro años después, ¿qué lecciones nos deja la irrupción de Donald Trump en política?

Es difícil separar su personalidad de su periplo como gestor. Mucha gente rechaza sus formas y eso complica el análisis, porque ya de entrada encuentras una gran oposición que impide hablar de su administración. ¿Mi opinión? En materia comercial creo que ve las cosas como un juego de suma cero, lo cual es un error. Sin embargo, encuentro que su estrategia populista es capaz de llevar los principios de la derecha a más personas, desde luego a muchas más de las que alcanzaba el conservadurismo tradicional. Eso puede hacer que surjan cosas buenas, con una corriente social que se oponga a los excesos del régimen chino, a la sobrerregulación y el intervencionismo económico, a las políticas identitarias, etc.

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