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Jesús Gómez Ruiz

¿Inflación, deflación o exceso de endeudamiento?

La primeras economías del mundo muestran señales de debilitamiento. Los principales comercios minoristas de EE. UU. rebajan sus previsiones de ventas y las suspensiones de pagos empiezan a multiplicarse. La agencia de calificación de riesgos Standard & Poor's anunciaba en noviembre que 104 compañías habían suspendido pagos por un monto aproximado de 37.700 millones de dólares (casi 6,7 billones de pesetas) en 2000, igualando el record de 1999. Dicha fuente estima que las quiebras continuarán en niveles altos en 2001 y gran parte de 2002. Por tal motivo, y también a causa de las fuertes caídas en los mercados de valores norteamericanos -sobre todo del índice NASDAQ- los principales bancos norteamericanos empiezan a sufrir sensibles recortes en sus beneficios. A todo esto hay que añadir el elevadísimo déficit comercial y las tasas de ahorro negativas, financiadas con importaciones de capital.

La situación es aún más grave en Japón. La economía japonesa no ha vuelto a recuperar su dinamismo desde el colapso de principios de los noventa. Los programas de gasto de inspiración keynesiana, que han llevado el déficit público japonés a la alarmante tasa del 160% del PIB (670 billones de pesetas, más de ocho veces el PIB español), no han servido para revitalizarla, como era de esperar.

El reciente anuncio de los gigantes financieros Sakura y Sumitomo -que se fusionarán en abril, probablemente en un intento de aunar fuerzas para capear el temporal financiero que se les avecina-, al que se han sumado otros grandes bancos, de que devolverán en 2005 al menos la mitad de los fondos que el gobierno les concedió en 1998 para evitar la quiebra total y tapar los agujeros que dejó la explosión de la burbuja especulativa de los ochenta, parece más una declaración destinada a tranquilizar al resto del mundo que un compromiso serio de saneamiento financiero. El consumo familiar ha descendido y las expectativas empresariales siguen siendo pesimistas. Para colmo de males, la economía norteamericana, el principal cliente de los japoneses, se está desacelerando, con lo que las posibilidades de recuperación de la economía japonesa se esfuman

No hay que ser muy despierto para darse cuenta de lo hay detrás de estos fenómenos: el ligero endurecimiento de la política monetaria norteamericana. Existían serios riesgos de inflación y Alan Greenspan decidió iniciar un "aterrizaje suave" de la economía norteamericana. Pero la situación ha dado un giro de 180 grados en pocos meses, y ahora el riesgo es afrontar una situación similar a la de 1998. ¿Por qué estos cambios tan bruscos? ¿No es posible encontrar un término medio, esto es, un crecimiento moderado y sostenido regulando adecuadamente la oferta monetaria?


Lamentablemente, la respuesta es no, mientras no exista un patrón sólido de valor, que no dependa de las expectativas sobre la robustez de la economía que lo patrocina, sea la norteamericana, la europea o cualquier otra, y que tampoco dependa de las manipulaciones más o menos ingeniosas de los banqueros centrales, aunque sean tan competentes como Greenspan.
Y es que no hay que olvidar que el régimen de papel moneda que padecemos en la actualidad tiene su origen en situaciones como las de 1929, 1987, 1990, 1998 y quizá la actual.

Los patrones fiduciarios surgen precisamente para evitar la bancarrota del Estado, los bancos y las grandes empresas, incapaces de atender sus pagos en oro a corto plazo por no respetar los principios de la liquidez o, lo que es lo mismo, por endeudarse en exceso sin haber calculado correctamente la amortización de sus proyectos. El patrón fiduciario les permite colocar su propia deuda como dinero o, en otras palabras, les permite no pagar sus deudas jamás (el caso de Japón es paradigmático). Si se elimina la posibilidad de monetizar deuda en momentos de apuro, el patrón fiduciario no tiene razón de ser. Los productores inecifientes, agrupados en sindicatos, organizaciones empresariales y grupos de presión, no tolerarían verse expulsados del mercado por la soberanía de los consumidores y los ahorradores; lo que sucedería si se intentara establecer un patrón fijo de valor.

En consecuencia, a la Reserva Federal, custodio del patrón fiduciario internacional, se le plantean dos alternativas. La primera es afrontar una fuerte recesión donde se liquiden todas las malas inversiones, pasando por un periodo (no muy largo) de doloroso ajuste (paro y cierres de empresas), para después volver a crecer sobre bases sanas (especialmente en el caso japonés). Fue la política que siguió el último gobierno del PSOE con Solbes, por exigencia de la convergencia con Europa, y posibilitó el prolongado ciclo de crecimiento que hoy disfrutamos en España. La segunda es rebajar los tipos de interés y seguir con la burbuja.

La primera alternativa, como antes hemos apuntado, tiene unos costes políticos evidentes, y sólo puede llevarse a término con gobiernos ampliamente respaldados por las urnas (como en el caso de Reagan). La debilidad de la presidencia de Bush, con toda probabilidad, no la hace aconsejable, a lo que hay que añadir que tal medida provocaría la bancarrota de las economías más débiles (Argentina, Brasil y Rusia, por ejemplo). Pero la segunda reviste peligros mucho mayores a medio plazo. Los sistemas financieros mundiales se volverán cada vez menos líquidos y necesitarán de nuevas inyecciones de dinero con mayor frecuencia, tal y como les sucede a los toxicómanos.

En Japón ya se ha ensayado la política de interés cero, y ni siquiera eso ha conseguido hacer reaccionar la economía. Si no fuera por la excepcional confianza de los japoneses en sus autoridades, unida a la tasa de ahorro más alta del mundo desarrollado, hace tiempo que el yen se habría hundido. Pero no cabe esperar lo mismo de la economía norteamericana, con tasas de ahorro negativas que la hacen depender de la importación de capitales. Una política monetaria poco restrictiva podría implicar el hundimiento del dólar en los mercados de divisas, con la consiguiente inflación. Rubin y Summers, anteriores responsables del Tesoro norteamericano, sabían esto muy bien, por eso creían firmemente en una política de dólar fuerte.

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