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Covid y Navidad: cinco frases peligrosas y tres ideas que no nos dejarán tranquilos

Queremos llegar a una conclusión y nos haremos todas las trampas posibles para lograrlo. Nuestro cerebro racionalizará lo que sea necesario.

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Queremos llegar a una conclusión y nos haremos todas las trampas posibles para lograrlo. Nuestro cerebro racionalizará lo que sea necesario.
El ministro de Sanidad, Salvador Illa, durante la rueda de prensa que ha ofrecido tras la reunión mantenida con el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, este jueves en Santander. | EFE

Una de las cosas más importantes que nos han enseñado los Kahneman, Tversky, Thaler, Harford, Ariely, Taleb... es que calculamos muy mal las probabilidades de que algo ocurra. Se nos da mal la estadística, aseguran los expertos de la economía del comportamiento.

Y se nos da mal en todos los sentidos. Nos equivocamos a menudo al hacer cálculos que no son tan complejos pero involucran unas cuantas variables que no ponderamos bien; no comprendemos del todo las implicaciones prácticas que hay detrás de un porcentaje y cómo aplicarlo a nuestra vida; tampoco medimos bien los riesgos, por lo que a veces somos muy optimistas y otras muy pesimistas, sin que haya una razón matemática detrás de esta lógica. Por supuesto, si además están involucradas nuestras emociones, el resultado será todavía peor. Queremos llegar a una conclusión y nos haremos todas las trampas posibles para lograrlo. Nuestro cerebro racionalizará lo que sea necesario para conseguirlo.

De hecho, somos tan así que ni siquiera los expertos son capaces de escapar de esta dinámica. Y tampoco son demasiado buenos calculando si no tienen delante lápiz, papel y tiempo para aplicar sus fórmulas. Nos sentimos acompañados (y menos tontos) cuando leemos acerca de esos experimentos o juegos de "decide una opción" en los que estudiantes de matemáticas o estadística cometen más o menos los mismos errores que el común de los mortales.

Este mes de diciembre todos tenemos más o menos la misma preocupación: qué hacer en Navidad. De hecho, es un tema que monopoliza nuestras conversaciones: cenar o no cenar con nuestros seres queridos, arriesgarnos a un encuentro en familia o no hacerlo, cómo limitar riesgos, si 6-8-10 comensales, etc...

En Libre Mercado sentimos que estamos tan a la deriva en este tema como el resto de los españoles. Por una parte, queremos ver a nuestras familias, estar con ellos después de un año tan complicado, recuperar por unos días esa cercanía tan necesaria. Por la otra, nadie quiere que una cena de Navidad se convierta, días después, en una tragedia o en una causa de remordimiento, ese terrible "no debería haberlo hecho". Por eso nos hemos hecho una lista de frases típicas y tópicas, de esas que todos nos decimos cuando vamos a tomar una decisión y que a menudo nos confunden más que otra cosa. Ya hace mucho que descubrimos que leer Pensar rápido, pensar despacio no nos haría más inteligentes ni menos irracionales. Ahora sólo queremos que nos ayude, un poquito, a que los errores sean algo más pequeños.

- "Yo cumplo las normas, así que minimizo el riesgo"

Esto no nos lo decimos así, pero sí es habitual que se instale en ese recodo de nuestro cerebro donde se acomodan las ideas preconcebidas y peligrosas. Cumplir las normas puede tener sentido... o no.

Pondremos un contraejemplo: las normas de tráfico (nos gusta como imagen mental porque estamos más acostumbrados a lidiar con ellas y por eso puede ayudarnos en otros contextos).

  1. Un coche, por una de esas rectas eternas de la Nacional VI (autovía) a su paso por Castilla y León, un miércoles de mayo por la mañana, con sol y muy poco tráfico, a 140 km/h.
  2. Otro coche, en una carretera de doble sentido, un día de invierno a las 18.00 de la tarde, mientras anochece, con la carretera mojada, amenaza de aguanieve y poca visibilidad, a 90 km/h.

¿Cuál de estas dos situaciones es más peligrosa? Probablemente todos coincidiremos en que la segunda. Sin embargo, en términos de legalidad, el que cumple las normas es el segundo coche (o, por lo menos, es lo que siente el conductor: habría que poner muchos matices en esa creencia porque en teoría la velocidad se debe adaptar a las circunstancias atmosféricas).

A lo que vamos es a que es un error asociar cumplimiento de normas y riesgos. A veces sí; y a veces no. También en nuestras cenas.

- "Yo no quiero ningún riesgo, este año no habrá cena de Navidad"

Ésta es quizás la frase más peligrosa de 2020. Más, incluso, que aquel "sólo es una gripe" de febrero-marzo.

El peligro, en este caso, viene de pensar que minimizar el riesgo covid-19 es equivalente a minimizar TODOS los riesgos.

Evidentemente, estamos ante una enfermedad muy peligrosa. Y es lógico que hayamos tomado medidas para protegernos. Pero esas medidas han tenido sus costes y estos han sido muy elevados. Hablamos de la economía, por supuesto, pero no sólo de la economía: también de enfermedades no tratadas, diagnósticos retrasados, un posible incremento de problemas psicológicos (depresiones, suicidios, ansiedad, soledad... habrá que investigar mucho al respecto en los próximos años), aislamiento, daños económico-sociales que se sentirán durante mucho tiempo, etc.

Las frases "la economía o la salud" o "hay que detener el coronavirus a cualquier precio" son un error. ¿Cualquier precio? ¿Y si causamos más muertes con esas medidas que las derivadas de la covid-19?

Nada de esto es nuevo. Este debate lo hemos tenido a menudo a lo largo del año. Pero en el día a día nos sigue costando aplicarlo a nuestras vidas. Ahora se reproduce con las cenas de Navidad. El impulso dominante parece el prohibicionista: no corramos riesgos. Pero los peligros no son sólo los que trae el virus. Lo explica a la perfección Daoiz Velarde en Voz Populi, en "La última Navidad":

La misión de las autoridades no es ni debe ser intentar salvar todas y cada una de las vidas. No lo hace prohibiendo el transporte o el trabajo para evitar accidentes, ni lo hace confinándonos durante los meses de gripe los años normales para evitar los contagios. Y es lógico y positivo que así sea, pues intentar evitar todos y cada uno de esos fallecimientos acabaría provocando efectos colaterales indeseados que probablemente causarían muchos más decesos. La covid es una enfermedad muy particular, como ya he comentado en este medio en ocasiones anteriores, por la gran sobrecarga hospitalaria que genera. Y así como no debe ser en mi opinión misión de las autoridades ‘salvar’ a todas las víctimas del coronavirus, sí lo es evitar el potencial colapso sanitario y hospitalario que causaría dejar campar el virus a sus anchas durante tres semanas. Por ello, deben pensar fórmulas imaginativas que permitan el disfrute por los ciudadanos de una Navidad lo más familiar posible, sin tomar riesgos que pudieran desencadenar una tercera ola.

Vivir es un ejercicio peligroso. Cada día, cada uno de nosotros, asume ciertos riesgos: trabajando, conduciendo, haciendo deporte. Si hoy está permitido que cenen en un restaurante cerrado seis personas no convivientes, en el mismo local en que hay 30 desconocidos, no parece muy razonable que no puedan encontrarse en casa para dos ó tres comidas muchas familias que llevan separadas muchos meses. Creo que algo de capacidad de decisión deberían tener los propios ciudadanos, aunque fuera tres días, aunque fuera dentro de unos límites definidos.

Reunirse en Navidad tiene riesgos: podemos contagiar a nuestros familiares.

No reunirse también tiene riesgos: desde la tristeza sin límites de una abuela que no ve a sus nietos hasta la posibilidad, tan real y que tan bien explica Daoiz, de que nos perdamos la última Navidad con aquellos a los que queremos.

Nos encanta encadenarnos a una imagen y decir "voy a reducir el riesgo a cero". Pero nunca hay riesgo cero y todas las decisiones llevan aparejado un coste.

- "La ciencia dice que seis es el número máximo de comensales adecuado"

Si nos gusta atarnos a las normas... no digamos a la "ciencia" y a los números. Y más aún si eres presidente del Gobierno, tienes un historial no muy bueno de manejo de la pandemia y quieres esconderte tras los expertos.

Volvamos a una comparación como la que hacíamos del tráfico:

  • Seis personas, en una habitación cerrada y sin ventilación, con dos mayores de 80 años y los otros cuatro habiendo tenido múltiples interacciones sociales en las últimas semanas.
  • Quince personas, en una casa de techos altos y con ventanas abiertas. Todos ellos menores de 50 años. Además, han podido hacer una mini-cuarentena de una semana antes de la reunión familiar. Incluso, se han hecho test 2-3 días antes (todos negativo, claro) y no han salido de casa desde entonces.

¿Qué es más peligroso?

Sí, lo sabemos, no dejan de ser ejemplos irreales. No habrá muchas familias que repliquen exactamente estos supuestos. Lo que queremos decir es que cada situación es diferente y los detalles importan mucho. Eso sí, nos obliga a pensar más en nuestras circunstancias particulares y menos en el eslogan facilón.

- "Ya les he explicado las normas y todos lo saben"

Un error que muchos cometerán (cometeremos) si no lo anticipan.

El coronavirus es muy puñetero, entre otras cosas porque no se ve y no hay sensación de peligro inmediato, como ocurre con otras enfermedades infecciosas en las que el transmisor sí tiene síntomas aparentes.

Por eso, las reglas más eficientes son las que limitan los contactos o las que dificultan la transmisión (mascarillas, ventilación, espacios abiertos...), no tanto las que imponen obligaciones una vez que la situación de riesgo se ha iniciado.

Porque, además, hay un apunte clave: a las 20.00 de la noche, todos nos ajustamos a lo que haga falta: mascarilla, distancias, no abrazos ni besos...

A las 23.30, con dos vinos y una copita de ginebra... se nos hace más complicado. Lo vemos cada día en oficinas o restaurantes. Según avanza el tiempo y esa sensación de peligro se evapora, vamos siendo más laxos en el cumplimiento de las normas.

Esto también hay que tenerlo en cuenta. Y diseñar las medidas con realismo: una ventana abierta renueva el aire y probablemente sea fácil que se mantenga abierta toda la noche (con copas y sin copas). Otras normas pueden parecer muy eficaces, pero no lo serán si sólo aguantan la primera media hora del encuentro.

- "Más no puedo hacer"

Una mentira que nos encanta, porque nos hace creer que hemos hecho todo lo que hemos podido. Y, sobre todo, que nos sirve como excusa para no tomar decisiones dolorosas.

Casi nunca es cierta. Podemos tomar millones de medidas, incómodas algunas y otras más sencillas, para incrementar la seguridad. Todas con coste, por supuesto. Tampoco aquí hay nada gratis. Pondremos algunos ejemplos:

  • Cuarentena voluntaria: si vamos a cenar con nuestros padres el día 24 y podemos teletrabajar... pues no veamos a NADIE desde el 16-17. Sí, es costoso renunciar a las cenas de amigos del fin de semana del 19-20. Es que la vida consiste en renunciar y en asumir que no se puede tener todo.
  • Test: sí, incluso aunque nos cueste dinero. Y con varios días de antelación y sin contactos tras hacerse la prueba.
  • Cambio de fechas: si tengo vacaciones del 23 al 31... pues a lo mejor la solución es hacer la cuarentena en esas fechas y renunciar a la cena de Navidad a cambio de hacerla el 30 ó 31. Y si el día de Navidad es muy importante: pues me pido vacaciones la semana de antes (y, sí, de nuevo cuarentena).
  • Ventanas abiertas; mascarillas pre y post-cena; reuniones en la casa más grande y con techos más altos (si alguien de la familia tiene una vivienda unifamiliar, por ejemplo); cambiar la cena del 24 por la comida del 25 si dan bueno, y hacerla en una terraza si se puede.

Lo sabemos, ni todas las familias pueden seguir este listado ni es tan sencillo decirlo como hacerlo. Pero si le dedicamos un rato, todos podemos encontrar fórmulas imaginativas y adaptadas a nuestras circunstancias particulares.

Riesgos y consecuencias

Al principio de este artículo citábamos a algunos de los economistas y psicólogos que mejor nos han explicado cómo funciona nuestra mente. Y hemos querido resumir algunos de sus enseñanzas en cinco frases con las que a menudo nos engañamos.

Podríamos resumirlo también en tres grandes apartados, que en realidad son sentido común. No hace falta diseñar un experimento de laboratorio para llegar a las mismas conclusiones. Aunque los Taleb o Kahneman nos han enseñado a comprenderlas mejor:

- No hay decisiones perfectas. Ni un equilibrio científico. En las próximas semanas tenemos que jugar con muchos elementos: queremos ver a nuestras familias y al tiempo minimizar los riesgos. Sabemos que la vacuna está a la vuelta de la esquina. ¿Cómo ponderar cada factor? Imposible. Ni los políticos ni los expertos pueden darnos una solución definitiva. ¿Pueden ayudarnos? Sí, pero al final estamos solos ante una cuestión muy complicada.

- Incluso si lo hacemos bien, puede salir mal. Imaginemos que tomamos la decisión de celebrar una cena. Y hay un contagio. Y alguno de nuestros familiares enferma de gravedad. Nunca nos lo perdonaremos.

Imaginemos que tomamos la decisión de no vernos. Y uno de los abuelos fallece en marzo. De nuevo, el remordimiento y la pena.

Volvemos al principio y a la estadística. Minimicemos riesgos, sea cual sea la decisión. Pero no pensemos que podemos controlar todos los resultados. Incluso con cuarentena, con test, con ventilación, podría haber contagios. Y sin cena de Nochebuena, los otros peligros también están ahí.

- Riesgos asimétricos. Esto es muy talebsiano. Debemos evitar las situaciones de bajo riesgo pero de consecuencias potencialmente devastadoras. Si nos ceñimos al tema de este artículo, podría parecer que nos empuja a la "no-reunión". Y en cierta medida, así es. Para muchas familias, puede ser el planteamiento más sensato: dejar para dentro de un par de meses, para cuando ya haya vacunas, esa cena que ahora no es seguro tener. De nuevo, una decisión complicadísima y llena de incertidumbre.

También es verdad que si lo llevamos al extremo, esta idea de "no tomar riesgos" nos llevaría no movernos nunca de casa... porque nos podría caer una piedra en la cabeza. Justo lo contrario a lo que propugna Taleb y esas ideas tan interesantes que giran alrededor de conceptos como el de antifragilidad, el de fortalecernos a base de asumir pequeños riesgos, o el de soluciones descentralizadas en las que los pequeños grupos adaptan las reglas generales a sus circunstancias personales.

Sí, lo sabemos. Hemos vuelto al principio. Y seguimos sin una respuesta. ¿Cena de Navidad o No Cena de Navidad? No lo sabemos.

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