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Drama en los bares de carretera: del "no sé si aguantaré dos meses" al "tardaré cuatro años en recuperar la plantilla"

Cercados por la crisis, las restricciones, los cierres de CCAA y normas a veces absurdas, los bares de carretera viven una situación dramática.

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Sufriendo las mismas restricciones de toda la hostelería, pero también los cierres perimetrales por comunidades autónomas que hacen casi imposible los desplazamientos y, además, la práctica desaparición del turismo y la caída del transporte de viajeros, los bares de carretera tenían todas las papeletas para ser uno de los sectores más dañados por esta crisis del coronavirus, incluso dentro de uno como la hostelería que en conjunto está recibiendo un golpe extraordinariamente duro.

Carreteras bajo mínimos

Según los datos de la DGT, durante 2020 se han producido 321 millones de desplazamientos de largo recorrido, lo que supone una reducción de un 25% respecto del año anterior.

Hay que tener en cuenta, además, que estos datos en realidad no reflejan la situación real vivida durante buena parte del año: los dos primeros meses fueron normales y desde mediados de junio a mediados de septiembre hubo también cierta normalidad. Es decir, sin tener en cuenta esos pocos paréntesis el descenso ha sido mucho mayor de ese 25%.

Pero en cualquier caso, son nada más y nada menos que 106 millones movimientos por carretera menos, calculen ustedes mismos los millones de paradas en bares de carretera que han dejado de hacerse, las consumiciones que no se han pedido.

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Una gasolinera sin clientes.

Adiós a los autobuses

Además, cuando se va al detalle con más profundidad la cosa es peor todavía. Es el caso de lo que respecta a los autobuses: según los datos provisionales del 2020 facilitados a Libertad Digital por la patronal del sector -Confebus- el número de viajeros en media distancia -entre 50 y 300 kilómetros- ha caído en un 58%; en la larga distancia -a partir de los 300 kilómetros de recorrido- el desplome ha sido del 73,6%; por último, el llamado transporte discrecional -los que no son líneas fijas sino contratados por la razón que sea, que generalmente es turística- fueron nada más y nada menos que un 85,4% menos que en 2019.

Obviamente, los viajeros de autobús son una parte fundamental de la clientela de los bares de carretera: grandes grupos, con paradas obligatorias y tiempo para consumir, incluso hay establecimientos que están pensados prácticamente en exclusiva para este tipo de clientes.

"No sé lo que aguantaremos"

Es el caso, por ejemplo de Área 175, un área de servicio en la A3, justo en ese kilómetro a mitad de camino entre Madrid y Valencia. En conversación telefónica con Libertad Digital su gerente, José Antonio Moreno, nos cuenta que "el autobús ha desaparecido" y que en este momento la gran cafetería del complejo está cerrada y todo su personal acogido a un ERTE, ya que por las restricciones impuestas en Castilla-La Mancha -que en parte se levantaron este viernes- sólo pueden atender a transportistas profesionales.

Según Moreno y basándose en la atención que siguen prestando en la gasolinera, el tráfico de vehículos particulares ha caído cerca de un 60%, el de autobús discrecional entre el 95% y el 100% y los autobuses de línea "algo menos".

Las perspectivas no están nada claras: "No sé lo que aguantaremos, si a principios de verano cambia la situación trataremos de recuperar a los empleados en ERTE, pero lo que no se va a hacer es contratar refuerzos, como otros años".

Mientras tanto, Moreno no asegura que la intención de la compañía es "mantener todos los puestos de trabajo", que eran unos 35 antes de la crisis.

"No podemos aguantar mucho más así"

Lo cierto es que en el Área 175 probablemente hay algo más de capacidad de aguante porque son parte de una gran empresa: el complejo es propiedad de Avanza Grupo, una de las principales compañías españolas de autobuses y líneas regulares.

Otros, en cambio, tienen que capear solos el temporal como un área de servicio en la provincia de Segovia con la que también hablamos por teléfono y que nos pide que no publiquemos su nombre. Según su responsable, están haciendo "sólo un 20%" del volumen de negocio que hacían y, en mitad de las restricciones impuestas por Castilla y León, "seguimos abiertos perdiendo dinero para prestar un servicio a nuestros clientes de toda la vida".

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Un parking vacío de un bar de carretera.

En esas condiciones están trabajando la mitad de los veinte empleados que tenían y, con una angustia palpable a través del teléfono María -nombre ficticio- asegura que "no podemos aguantar mucho más, como mucho un par de meses más así".

María lamenta que las instituciones públicas "no nos están ayudando nada, pero nada" y eso pese a que con las muchas restricciones y prohibiciones "nos están machacando mucho", y encima en una situación en la que "hasta los clientes tienen miedo a entrar en los sitios".

Y, para terminar de dibujar el tremendo panorama, todo eso ocurre cuando los negocios tienen que afrontar inversiones para, por ejemplo, atender a la gente en el exterior y muy especialmente, cumplir con las medidas de seguridad e higiene que la epidemia demanda.

"Tardaré años en recuperar la plantilla"

Por ejemplo, Diego Calero, propietario de El sueño de Jemik, un restaurante y hotel de La Roda, que está junto a la A31, en la provincia de Albacete, cifra esa inversión en "unos 6.000 euros" entre geles, pantallas, mascarillas para sus trabajadores, máquinas de ozono y demás elementos, muchos de los cuales "son de reposición diaria".

La empresa de Diego ha pasado de los 40 empleados que llegó a tener en 2019 a 14, a pesar de que se mantiene abierto las 24 horas del día –"somos la única área de servicio que lo hace en muchos kilómetros"- como un servicio a sus clientes y, sobre todo, a los profesionales del transporte.

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Mesas amontonadas y sin usar en un área de servicio..

Diego se muestra convencido de que aguantará a pesar todo, pero también de que el negocio no será como antes: "El turismo es lo más afectado de todo, le va a costar mucho tiempo recuperarse, yo mismo tardaré tres o cuatro años mínimo para volver a tener la plantilla que tenía".

Además, lamenta la cantidad de palos en las ruedas que les ponen las administraciones públicas: "En Castilla-La Mancha cambió la ley tres veces en 24 horas, yo ya había mandado gente al ERTE y tuve que llamarles". El hostelero se refiere a las restricciones que había puesto en marcha la región y que se mantenían en vigor cuando realizamos la entrevista, pero que se han levantado en parte este viernes.

Una norma que incluía elementos un tanto surrealistas: "Sólo puedo atender en el local a los transportistas, pero yo no puedo pedir una identificación para saber quién es transportista y quién no", nos cuenta.

Además, otra norma a la que no ve mucho sentido es la prohibición absoluta de servir bebidas alcohólicas: "No puedo ponerle un vino con casera a alguien que después de cenar se va a dormir", algo que "me ha llegado a causar situaciones problemáticas con los clientes". En resumen, lamenta que "hemos tardado un año en tener un apartado específico en las normas para los bares de carretera y cuando lo sacan está mal".

De ayudante de camarero a propietario… ¿y ahora?

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Adrian Mayer, propietario de La Atalaya.

Nos reunimos con Adrian Maier en su restaurante y hotel: La Atalaya, en Fuentidueña de Tajo, a poco más de media hora de Madrid y aún dentro de territorio de la región. Adrián es todo un personaje: estudió teología en su Rumanía natal pero acabó viniendo a España y entrando a trabajar como ayudante de camarero en el restaurante del que ahora es propietario.

Adrián habla muy claro sobre su situación: "Nuestros ingresos han caído en más de un 70%, es verdad que tenemos menos restricciones que en Castilla-La Mancha, pero nosotros vivimos de la carretera, si la carretera no se mueve nuestros ingresos caen".

Además, nos explica que como La Atalaya tiene muchos espacios –"el restaurante, tres salones, el hotel con 24 habitaciones…"- el resultado es que el mantenimiento es muy caro: "Se come los ingresos y todos los meses son pérdidas, pérdidas y más pérdidas".

Suerte antes de la desgracia

Sin embargo, Adrián está logrando sobrevivir por un golpe de fortuna o quizá de inteligencia empresaria: "Tuvimos la gran suerte de diversificar el negocio e invertimos para abrir una agencia de paquetería con GLS", nos cuenta con una sonrisa que se adivina bajo la mascarilla, "gracias a eso estamos manteniéndonos, pero lo que ganamos por un lado lo perdemos por otro".

Fue algo que casi nadie entendió en su entorno, pero que ahora le ha salvado:: "La gente me decía que si estaba loco y yo decía que si algún día pasaba algo pues tenía otra alternativa y ahora el negocio de paquetería se ha triplicado".

Sin embargo, la situación en La Atalaya es complicada: "Antes de la crisis teníamos 16-17 empleados, ahora quedan tres". Adrián nos explica que él no pudo recurrir a los ERTE porque "al principio decían que cuando acabase todo tenías que contratar a todo el mundo, y para nosotros eso era muy difícil, tras meses de cierre no puedo saber lo que voy a necesitar".

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El bar La Atalaya

¿Qué clientes hay ahora?

El negocio no sólo se ha desplomado sino que ha cambiado bastante: "En las últimas semanas a la hora de comer tenemos algunos clientes de paso, ya que al cerrar otras comunidades la gente para antes a comer cuando baja desde Madrid", pero en general "de carretera poca cosa". Además, una de las habituales fuentes de clientes prácticamete se ha secado -"de autobuses hay poquísimo"- y finalmente "hay también algunos clientes del pueblo".

En estas circunstancias es difícil saber cuál puede ser el futuro de La Atalaya y qué pasará si todo sigue igual: "Dependerá de cada empresa, pero yo creo que podremos aguantar dos o tres meses, como máximo seis, pero endeudándonos, y eso porque tengo otro ingreso, si no tendría que haber cerrado ya".

"Parece que hay algo contra la hostelería"

Adrián no está, precisamente, muy satisfecho con la actuación de los poderes públicos: "Hay cosas que te sorprenden, tenemos unas elecciones en Cataluña ¿y se pueden celebrar?", se pregunta. No es la única contradicción que ve: "Un Lidl o un Mercadona pueden abrir aunque allí nadie respeta la distancia, pero un bar no, y yo aquí tengo mesas intermedias para que estén lejos de unos de otros. ¿Por qué las grandes cadenas tienen libertad y los hosteleros no? Parece que hay algo contra la hostelería".

¿Qué pediría él a los políticos? Pues lo primero que menciona es algo que, precisamente, apunto Isabel Díaz Ayuso hace unos días: "Debería incluirse a los camareros en el plan de vacunación, porque estamos muy expuestos".

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Una estación de servicio vacía.

Además, cree que la hostelería tendría que recibir ayudas directas "o, al menos, quitar impuestos, no es normal que cuando tú no ingresas tengas que seguir pagando", lamenta. Adrián nos explica que otras fórmulas que se han arbitrado no son eficaces: "Dicen que están los fondos ICO, pero si te vas al banco y dices que eres hostelero directamente se ríen de ti".

Lo último que le preguntamos es cómo ve él la situación más allá de bar, que siempre es una buena atalaya -y nunca mejor dicho- para observar la situación general: "Como saben que también estamos en la paquetería todos lo días me llaman dos o tres personas para ver si tengo trabajo para ellos". Pues probablemente esa es la mejor radiografía de la situación.

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