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Vuelos falsos, souvenirs a domicilio o citas a ciegas: las desesperadas ideas del turismo para sobrevivir al cataclismo

Thai Airways sobrevoló 99 templos religiosos con los pasajeros recitando mantras. ANA les llevó a contemplar el nacimiento del sol en el Año Nuevo.

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Thai Airways sobrevoló 99 templos religiosos con los pasajeros recitando mantras. ANA les llevó a contemplar el nacimiento del sol en el Año Nuevo.
Avión de la taiwanesa EVA Air | EVA Air

No es una exageración calificar lo ocurrido el último año en la economía española como un desastre, pero en el caso del sector turístico la palabra se queda corta. Hay que hablar de un cataclismo. La industria más importante de España, nuestra gallina de los huevos de oro, entró en coma a mediados de marzo y todavía no ha despertado.

Tras once años de crecimiento ininterrumpido, el 2019 se cerró con un récord histórico: 83 millones de llegadas internacionales. España era el segundo país más visitado del mundo, sólo superado por Francia (89 millones). Con un valor de 150.000 millones de euros, el turismo aportó el 12% del PIB. Según la Organización Mundial del Turismo, sólo dos países dependen más de esta industria: Macao (48%) y Fiji (13%).

Cuando comenzó el 2020, las previsiones apuntaban a un nuevo récord. Enero y febrero dejaron cifras similares a las de años anteriores, pero en marzo, justo cuando arrancaba la temporada, los gobiernos cerraron las fronteras. Miles de hoteles, restaurantes, touroperadores y guías turísticos se quedaron sin clientes. Todos sus planes para el 2020 se esfumaron, y con ellos sus ingresos. Casi un año después, la mayoría sigue a la espera de unos turistas que nadie sabe cuándo regresarán.

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Las compañías se reinventan

Resistiéndose al cierre, algunas empresas del sector han recurrido al ingenio para sobrevivir. Los primeros fueron las aerolíneas con sus "vuelos a ninguna parte", excursiones aéreas que despegan y aterrizan en el mismo aeropuerto.

Estos vuelos han tenido éxito en Asia, donde se da una oferta sorprendentemente variada. Thai Airways organizó en noviembre una "experiencia mágica" que sobrevoló 99 templos religiosos mientras los pasajeros recitaban mantras. La taiwanesa EVA vendió cuarenta plazas en un vuelo de citas a ciegas, veinte para hombres y veinte para mujeres, y otras trescientas en uno temático sobre Hello Kitty. El 1 de enero la japonesa All Nippon Airways (ANA) llevó a sus pasajeros a contemplar desde el aire el nacimiento del sol en el Año Nuevo.

El Europa la pionera ha sido Smartwings, con varios vuelos desde el aeropuerto de Budapest. La última en sumarse a este fenómeno ha sido Korean Airlines, que acaba de anunciar para el día 27 de este mes un "vuelo a ninguna parte" desde el aeropuerto de Seúl a bordo de un Airbus 380, el modelo de avión de pasajeros más grande del mundo.

El concepto ha alcanzado un nuevo nivel con los "vuelos falsos" del aeropuerto de Taiwan. Se trata de amagos de viaje donde los pasajeros cruzan los controles de seguridad y pasaportes, embarcan y ocupan un asiento durante unos minutos, pero el avión no se mueve de su sitio. Siete mil taiwaneses se presentaron al sorteo de las sesenta plazas disponibles en este "vuelo", cuyo riesgo de accidente es indiscutiblemente reducido.

El caso de España

En España varias empresas turísticas buscan también la fórmula para mantener vivo el negocio de viajar, sin viajar. Es el caso de Different Roads, un touroperador de Valencia reconvertido en comercio online de souvenirs internacionales. Hasta el año pasado Different Roads organizaba decenas de viajes en grupo por todo el mundo, con clientes españoles. El pasado mes de mayo, ante la parálisis del turismo, tuvieron que cerrar la oficina, situada en una de las principales avenidas del centro de Valencia.

Con la temporada pasada perdida por completo, y dada la incertidumbre respecto a la próxima, la empresa ha intentado darle la vuelta a la tortilla: "No podemos llevar a nuestros clientes a ver el mundo, así que vamos a traerles lo mejor del mundo a casa", asegura su director, Manuel Sal. Con esta idea han creado la marca Kazzai, que vende desde su página web productos típicos de destinos turísticos.

"La gente viajaba a Suiza y volvía con la maleta llena de quesos. ¿Por qué no venderlos nosotros directamente? Si un tipo de Chicago viene a Valencia y prueba una horchata tradicional bien hecha seguro que se lleva alguna botella, porque sabe que en su ciudad no puede comprarla. Nosotros buscamos la 'horchata' de cada destino: marcas autóctonas, de calidad y difíciles de encontrar aquí".

Para ello han recurrido a sus colaboradores locales: "Uno de nuestros guías en Toscana nos ha puesto en contacto con un agricultor que fabrica pasta con la harina del trigo que él mismo cultiva, y que vende en los mercados de Florencia", afirma Sal. "De Champagne traemos un espumoso hecho con una uva originaria de la región, del que sólo se hacen unos cientos de botellas cada año. De Estonia una línea de cosméticos, de fangoterapia. Queremos poner al alcance del consumidor español productos con una historia bonita, que no se venden en los supermercados".

La página de Kazzai muestra un centenar de ofertas en cuatro categorías: comida, bebida, cosmética y regalos. El objetivo, según Sal, es ofrecer más de trescientos productos y conseguir clientes que los compren de forma recurrente, y al mismo tiempo revivir la línea principal del negocio: "Somos optimistas respecto a la recuperación. Ya tenemos reservas para este verano en viajes a destinos europeos".

Cocina online

Otro ejemplo de reinvención es Devour Tours, empresa de turismo gastronómico que ahora vende clases de cocina online. Desde su creación, en el 2013, Devour organizaba visitas por el centro de Madrid con paradas en varios restaurantes. La combinación de tapas y explicaciones históricas narradas con humor funcionó y a los pocos años la empresa amplió el negocio a Barcelona, San Sebastián y Sevilla. El 2019 fue el año de su expansión europea: París, Roma, Londres y Lisboa. En seis años habían multiplicado por ocho el número de destinos. De tres fundadores originales pasaron a veintidós empleados fijos y sesenta guías freelance. Durante la temporada alta tenían una media de treinta grupos cada día.

"El año pasado esperábamos vender más tours que nunca y aumentar de nuevo la plantilla", explica James Blick, uno de los fundadores. "Tanto nosotros como los restaurantes con los que trabajábamos éramos muy optimistas". La desaparición del turismo desbarató las previsiones. No sólo no contrataron a nadie más sino que tuvieron que despedir a casi todo el equipo.

Al entrar en la página de Devour ahora lo primero que aparece es "experiencias online". Una vez a la semana emiten una clase de cocina en vivo: cómo hacer una paella, un postre o un vermouth, una presentación sobre el aceite de oliva o una introducción a cualquier otro aspecto de la gastronomía española. Las sesiones, de entre una y dos horas de duración, cuestan unos veinte euros.

"Decidimos poner en marcha estas clases porque nos gusta trabajar", asegura Blick, "y para que no se olviden de nosotros. Los clientes internacionales disfrutan la conexión cultural, con una persona real desde Madrid o Barcelona. Es una fuente de ingresos, pero sobre todo una forma de mantener el contacto. Implica mucho trabajo y nos reporta menos del 10% del negocio que teníamos antes, pero esperamos que esto nos ayude cuando la situación vuelva a la normalidad".

Visitas virtuales

Si para las empresas es difícil sobrevivir en estas circunstancias, peor todavía lo tienen los guías locales, cuya actividad prácticamente ha desaparecido. En Madrid la caída ha sido del 97%, según la portavoz de la asociación de guías oficiales (APIT), María Madrid: "La mayoría de los doscientos asociados no está trabajando. Hay compañeros que ahora se ganan la vida como profesores, traductores y comerciales". Otros ofrecen recorridos virtuales desde sus casas o venden visitas auto-guiadas que el cliente puede descargarse en el móvil y hacer por su cuenta, sin la presencia de un profesional. "Hay mucha gente con miedo que no quiere exponerse al contagio", añade.

Una de las iniciativas más novedosas en este gremio ha sido Walk With Me, un servicio de visitas privadas por videoconferencia. Esta plataforma permite asistir a un recorrido en vivo, a cargo de un guía local, en más de ochenta destinos de todo el mundo. Puesto que no se comparte la experiencia con desconocidos, el servicio es personalizado. Por ejemplo, es posible pedir al guía que modifique el itinerario y se meta por una u otra calle, o que tome una foto desde un punto determinado. Por un extra, incluso se puede solicitar que entre en una tienda, compre la postal o el souvenir deseado, y lo envíe a casa del cliente.

Según Eduardo Carnicero, uno de los dos fundadores de esta plataforma, el objetivo es proporcionar una experiencia cercana y personal: "No es simplemente un PowerPoint con fotos, ni alguien que te lee un guión. Es como si un amigo te estuviera enseñando su ciudad con su móvil".

¿Hasta qué punto se parece esto a una experiencia en persona? "Da una impresión muy real", afirma Carnicero. "No he estado nunca en San Petersburgo pero después de ver varias veces la visita de nuestra guía creo que podría llevar allí un grupo". Una visita de aproximadamente una hora de duración cuesta entre 30 y 50 euros.

Walk With Me congrega a decenas de profesionales del turismo que se han unido tras haber perdido su fuente de ingresos. Sin embargo la idea precede al confinamiento: "Era un proyecto que habíamos pensado hace años. Con la generalización del uso de la videconferencia llegó la ocasión de ponerlo en marcha". Por ese motivo esperan mantener estas visitas virtuales más allá de la pandemia: "Ahora es ideal, pero no se trata sólo de una solución para este momento. El mundo es muy grande y ésta es una manera diferente de conocerlo. No siempre es posible desplazarse al destino. También puede servir para preparar un viaje, por ejemplo. En el futuro me veo haciendo ambos tipos de visitas, en persona y online", asegura Eduardo Carnicero.

Este tipo de iniciativas virtuales podría tener todavía bastante recorrido si se cumplen las previsiones oficiales. Según la Organización Mundial del Turismo el año pasado fue "el peor de la historia" para este sector. Los datos son catastróficos: mil millones menos de desplazamientos internacionales, una caída en los ingresos de 1.3 billones de dólares, equivalente al 2% de la economía mundial, y la posible desaparición de entre 100 y 120 millones de puestos de trabajo.

La OMT estima que el turismo ha retrocedido treinta años, y no espera que los niveles de actividad previos a la crisis se recuperen antes del 2023 o 2024.

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