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José García Domínguez

Cuba o el pesimismo de la razón

El pueblo unido, desengañémonos, siempre acaba vencido.

José García Domínguez
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El peor error posible al hacer análisis políticos reside en dejarse llevar por el espíritu romántico. Y es que en cuanto se cede a la tentación voluntarista resulta en extremo fácil obviar la evidencia histórica de que ninguna dictadura ha sido abolida jamás por la presión popular. Eso no ha ocurrido, insisto, nunca. Y Cuba, por desgracia, no va a suponer la primera excepción a una norma ya multisecular. El pueblo unido, desengañémonos, siempre acaba vencido. Excluida la intervención armada de terceros, las dictaduras solo caen cuando una facción de la élite gobernante deja de creer en la viabilidad del propio régimen y, en consecuencia, cambia de bando. Sin ir más lejos, es lo que pasó aquí mismo, en España, tras la muerte del general. E igual sucedió en todos los países del antiguo bloque soviético, empezando por la propia URSS. Una evaluación racional del posible devenir político de la isla requiere, pues, meterse dentro de las cabezas de los nuevos dirigentes, esos nacidos en la década de los sesenta que ahora controlan el Partido Comunista, para ver qué ocurre ahí dentro

Y lo más probable es que lo que haya ahí dentro sea una postal de Vietnam, la reproducción mimética del modelo de capitalismo de Estado chino en un pequeño país marginal de su órbita. Una fórmula que allí les ha permitido perpetuar el control estatal autoritario por parte del partido único atemperado con cierto grado de progreso económico. Seguramente, lo que tenía –y tiene– Raúl Castro en la cabeza era eso. Y mientras crean en eso, no habrá fisuras dentro del Partido Comunista. Por lo demás, el modelo no es malo, pero presenta un problema, y acaso insoslayable, para los comunistas cubanos, a saber: China no ha dependido nunca del turismo extranjero de modo crítico; Cuba, en cambio, sí. Pero es que China tampoco ha necesitado nunca importar del extranjero –y pagar en divisas– el 70% de los alimentos de primera necesidad que consume la población. Cuba, también en cambio, sí lo necesita. De ahí lo muy improbable de que llegue a poder clonarse el ejemplo asiático en el Caribe. Malo para el régimen, pero tampoco bueno para los cubanos. Frente al optimismo de la voluntad, el pesimismo de la razón.

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