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No, ser millonario no compra elecciones

Eso sí: los ricos de izquierdas tienen mucho más peso en la esfera pública, caso de Warren Buffett o Bill Gates.

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Eso sí: los ricos de izquierdas tienen mucho más peso en la esfera pública, caso de Warren Buffett o Bill Gates.
Bill Gates, junto a Pedro Sánchez | EFE

Mucha gente afirma que los ciudadanos más ricos de Estados Unidos establecen la agenda política del país. Partiendo de esa base, el país norteamericano se presenta a menudo como un claro ejemplo de cómo, bajo sistemas económicos capitalistas, los más acaudalados no solo dominan la economía, sino también la política. Para muchos, el hecho de que Donald Trump, un multimillonario, se convirtiera en presidente parecería confirmar esta tesis. Pero si miramos más de cerca, encontramos por ejemplo que la elección de Trump demuestra todo lo contrario.

Benjamin I. Page y Martin Gilens, que sin duda sostienen que la política está controlada por los ricos, admiten en su libro "Democracy in America?" que "la mayoría de los grandes donantes, así como la mayoría de los pensadores y élites del Partido Republicano, apoyaron a otros candidatos". También afirman que "las posiciones expresadas por Trump fueron directamente contrarias a las opiniones de los estadounidenses más ricos".

De hecho, si los ricos realmente controlaran la política estadounidense, Trump nunca habría ganado las elecciones de 2017: lo habría hecho Hillary Clinton. Page y Gilens explican que "el candidato con más financiación no siempre gana, como muestra el caso de Clinton". Junto con sus grupos aliados, su campaña captó más de 1.200 millones de dólares, según la Comisión Federal para las Elecciones. Por comparación, Trump y sus aliados recaudaron alrededor de 600 millones de dólares. Además, según Edwards y Bourne, "ningún CEO de las empresas incluidas en la Lista Fortune 100 figura como donante de la campaña electoral de Trump en septiembre de 2016. Su victoria no se debe a la influencia de los ricos, sino más bien a la oposición de las bases populares a las élites costeras ricas de Nueva York o California".

Y, de igual manera, si el dinero es suficiente para comprar el poder político, Joe Biden no sería presidente, porque la candidatura demócrata habría sido encabezada sin duda por Michael Bloomberg. Cuando anunció que se presentaba a las primarias, el que fuera alcalde de Nueva York era el octavo hombre más rico del mundo, con un patrimonio valorado en 61.900 millones de dólares, según la revista Forbes. Probablemente nunca antes en la historia hubo un candidato que haya gastado tanto dinero de su propio bolsillo en tan poco tiempo en una campaña electoral: alrededor de 1.000 millones de dólares en poco más de tres meses, según los informes de la Comisión Federal para las Elecciones. Sin embargo, no tuvo éxito y, de hecho, su intento fue un rotundo fracaso.

Bloomberg no es de ninguna manera el único candidato que pudo observar cómo la riqueza no "compra" la nominación presidencial, ni siquiera en las primarias. El republicano Steve Forbes gastó 69 millones de dólares de su fortuna en las campañas de 1996 y 2000, pero no tuvo éxito. En 2020, el multimillonario administrador de hedge funds, Tom Steyer, gastó 200 millones de su propio dinero y no logró ni un solo delegado. En las primarias republicanas de 2008, el millonario Mitt Romney gastó más del doble que John McCain, pero resultó perdedor. Y, cuando el multimillonario David Koch se presentó como candidato por el Partido Libertario, allá por 1980, consiguió solamente el 1% de los votos.

En la historia de las elecciones estadounidenses, algunos candidatos demócratas han sido apoyados principalmente por grandes donantes y otros, como Bernie Sanders, han dependido mucho más de donantes más pequeños. En las primarias de 2016, el 60% de los ingresos que captó provinieron de personas que dieron menos de 200 dólares. Lo mismo ocurrió con algunos candidatos republicanos. Barry Goldwater y Patrick Buchanan, por ejemplo, movilizaron a un importante número de pequeños donantes, mientras que aspirantes en primarias como Jeb Bush fueron apoyados principalmente por grandes donantes. Su caso es otro ejemplo de una sonora derrota, en su caso frente a Trump y otros candidatos menos financiados que llegaron más lejos.

En su libro "Unequal Democracy", Larry M. Bartels critica la desigualdad y la influencia de los ricos en Estados Unidos. Tras evaluar las 16 elecciones presidenciales estadounidenses celebradas de 1952 a 2012, concluyó que "los candidatos republicanos gastaron más que sus oponentes demócratas en 13 de esas 16 elecciones". Pero solo en dos elecciones (a saber, la de Richard Nixon en 1968 y la de George W. Bush en 2000) se pudo observar que "los candidatos republicanos ganaron elecciones muy ajustadas que, quizá con menos dinero en juego, podrían haber acabado en manos de sus oponentes demócratas".

Por su parte, Bradley A. Smith, ex presidente de la Comisión Federal para las Elecciones, firmó un artículo de opinión en 2016 bajo el título "El poder del dinero en política está sobrevalorado". Publicado por el New York Times, su texto concluye que, "si bien el dinero es fundamental para informar al público y ofrecer todos los puntos de vista una audiencia, no puede hacer que los votantes acepten y asuman todo los puntos de vista que escuchan. Jeb Bush no es el único candidato bien financiado que abandonó la carrera presidencial derrotado. La influencia del "dinero en la política" está enormemente exagerada".

En su libro "Afluencia e influencia", Martin Gilens sostiene que los votantes más ricos influyeron en la política en Estados Unidos más que los votantes de grupos de menores ingresos. En su caso, examinó 1.923 preguntas tomadas de distintas encuestas de opinión con datos que van de 1964 a 2006. Gilens evaluó las opiniones políticas de los hogares de ingresos bajos, medios y altos y luego comparó sus respuestas con las políticas gubernamentales de los años posteriores a las elecciones. Así, encontró que las opiniones de los grupos de ingresos bajos y, en algunos casos, de las rentas medias tienen menos posibilidades de ser implementadas por el gobierno que los postulados que enarbolan las personas de más renta. Sin embargo, cabe señalar que, si bien esto parece ser más o menos claro en cuestiones como la religión o la política exterior, no se aplica a las políticas sociales. Esto se debe en gran parte a que "los estadounidenses pobres y de ingresos medios tienen aliados poderosos que tienden a compartir sus preferencias sobre estos temas", caso la Asociación Estadounidense de Personas Jubiladas (AARP), que se ha convertido de facto en uno de los grupos de presión más influyentes en Estados Unidos.

En términos de política económica, por el contrario, Gilens observó que las opiniones de los grupos de menores ingresos tienen menos posibilidades de hacerse realidad. Pero, ¿qué posturas son estas? Por ejemplo, subir el salario mínimo, aumentar el subsidio de paro, sobrerregular a las empresas… Es cuestionable que estas medidas puedan ayudar realmente a quienes menos ganan. De igual modo, los dos presidentes estadounidenses que han sido más amonestados en las últimas décadas por "representar los intereses de los ricos" y buscar la "desregulación sin medida" han sido Ronald Reagan y Donald Trump. Y sí, ambos han impulsado recortes impositivos sustanciales para los ricos y han desregulado en algunas áreas - pero esto ha ayudado a las personas de bajos ingresos más que muchas políticas sociales, de modo que ha sido bueno para quienes menos ganan, como muestran los datos de empleo e ingresos.

Si los ricos de los países occidentales son culpables de algo, no es de ser demasiado activos políticamente, sino de no ser lo suficientemente activos políticamente, al menos para defender el capitalismo. Mientras que las voces de ricos anti-capitalistas como George Soros y Tom Steyer resuenan con fuerza en la caja de resonancia de los medios, los partidarios del mercado rara vez se expresan en público. Page y Gilens hablan del "silencio público de la mayoría de los multimillonarios". Incluso David Koch, millonario conocido por aportar fondos a los think tanks de la derecha estadounidense de corte liberal-libertario, solo ha hablado públicamente una vez de la política fiscal del país. "Este silencio contrasta marcadamente con la voluntad de un pequeño e inusual grupo de multimillonarios, incluidos Michael Bloomberg, Warren Buffett y Bill Gates, que hablan continuamente sobre políticas varias (...). Los tres han defendido más gasto social, impuestos más altos o más regulación.

Esta observación es correcta y apunta al meollo del problema: la presión pública y el viento en contra de la opinión anti-capitalista es tan grande que incluso silencia a los multimillonarios, mientras que los ricos que abogan por impuestos más altos para los ricos y apoyan una mayor regulación estatal se sienten libres de hablar públicamente, aunque sean minoría en su grupo. Su mismo enfoque debería ser asumido por personas adineradas que estén convencidas de que el capitalismo es un sistema superior: deberían ser más audaces y desempeñar un papel mucho más activo en la configuración del debate público.

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Rainer Zitelmann es el autor de "El capitalismo no es el problema, es la solución" (Unión Editorial, 2021). Considerado uno de los liberales más influyentes de Alemania, es doctor en Sociología e Historia, empresario de éxito y columnista habitual en medios como City AM, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Le Point o Forbes.

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