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Agapito Maestre

Redistribución de la riqueza

Sánchez mantiene que está empeñado en la redistribución de la riqueza, así que échense la mano al bolsillo y escondan la cartera.

Sánchez mantiene que está empeñado en la redistribución de la riqueza, así que échense la mano al bolsillo y escondan la cartera.
Pedro Sánchez, Nadia Calviño y Yolanda Díaz. | Congreso

La demagogia gubernamental no tiene límites. Cuando Sánchez mantiene que está empeñado en la redistribución de la riqueza, échense la mano al bolsillo y escondan su cartera. Los Gobiernos socialistas-comunistas no saben gestionar, pero sí mantenerse en el poder a través de todo tipo de tretas, enjuagues y perversidades para asegurarse el apoyo de los más desfavorecidos. Los demagogos no paran jamás mientes en sus contradicciones y mentiras; al contrario, aunque caigan en evidentes círculos viciosos en sus peroratas, ellos extraen extraordinarios réditos: apoyan retóricamente a los más desfavorecidos para seguir esclavizándolos con el palo y la zanahoria. Bajo el pretexto de que ayudan a los que están más abajo en la pirámide social, no pretenden otra cosa que hacerlos cautivos de sus embelecos.

Entre esas tretas para comprar votos por unos euros, que pronto se devaluarán por efecto de la propia medida, la última, el anuncio de la subida del salario mínimo interprofesional, 36 euros más que la cantidad actual, solo puede contemplarse como una medida, entre otras muchas, para afianzarse en la poltrona. Y, de paso, tratar de influir en el resultado de las elecciones en Castilla y León, porque sin duda alguna el anuncio será bien recibido por los asalariados de esa región. La jugada es vieja y muy conocida. Se llama electoralismo.

Si al Gobierno le interesase, en verdad, la redistribución de la riqueza, escucharía lo que dicen los expertos en economía y gestión laboral. Son ciento los informes en España, algunos de ellos recogidos en los estudios de prospectivas y proyecciones del Banco de España, que nos ponen en guardia sobre los efectos negativos de esa subida en la empleabilidad, la desfiguración y cambio de la jornada laboral y el aumento de todo tipo de fraudes. Claro que la subida del SMI repercutirá en las cotizaciones del resto de trabajadores, porque encarece los costes laborales para el empresario en un momento en que no se ve con claridad la recuperación económica. La cosa está negra y la inflación es ya casi estructural; en fin, la subida del SMI afecta a todas las empresas, que no saben cómo afrontar la incertidumbre derivada de la nueva normativa laboral, fiscal, de pensiones y las dudas sobre el acceso a los fondos europeos.

Y, sin embargo, la coalición socialista-comunista insiste en su artimaña hasta el punto de caer en la estulticia, porque es menester ser muy torpe para decir, como ha hecho una señora del Gobierno sin pestañear y sin que se le caiga la cara de vergüenza, que la subida del salario mínimo interprofesional y la inflación no están relacionados. Si esto no es activismo barato y demagogia de bajísima estofa, entonces que venga Dios y lo arregle.

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