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EDITORIAL

La inflación también es culpa de la irresponsabilidad del BCE

Las medidas de normalización monetaria para controlar los precios tendrán un fuerte impacto en el crecimiento. Pero no hay más remedio que adoptarlas.

En aquel momento era necesario, pero nunca fue suficiente. Están a punto de cumplirse diez años del momento más recordado de la última crisis de deuda soberana. En el verano de 2012, Mario Draghi, ahora primer ministro italiano pero entonces presidente del Banco Central Europeo (BCE), pronunció las palabras por las que se le recordará: "Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme: será suficiente".

Fue un ejercicio de genialidad retórica y política. Sin anunciar ninguna medida, sin comprometerse a nada en concreto, sin poner encima de la mesa una sola propuesta... el italiano logró su objetivo a corto plazo. En Libre Mercado no somos especialmente amigos de la política de laxitud monetaria que han llevado a cabo los bancos centrales en la última década. Pero incluso así, creemos que Draghi acertó aquel lejano 26 de julio de 2012 en Londres. Lo que necesitaba la Eurozona en aquel momento era certidumbre y eso fue lo que transmitió.

El problema fue lo que vino después. Durante los siguientes años, Draghi repitió una y otra vez, en cada una de sus comparecencias, que los Gobiernos no debían desperdiciar lo que había sido una ayuda, no una excusa. Que no cabía retrasar las reformas estructurales. Que las políticas extraordinarias del BCE debían verse como una forma de asistencia para que esas reformas fueran más fáciles, no como un pretexto para retrasarlas sine die. Está claro que en este segundo objetivo no logró su propósito.

Con su sucesora, Christine Lagarde, las cosas fueron todavía peor. La francesa ha demostrado una enorme falta de iniciativa. La sensación es que los Gobiernos tomaban poco en serio a Draghi, pero directamente ignoran a Lagarde.

El cóctel era explosivo. Es verdad que durante una década pudieron actuar como si aquello estuviera bajo control. Se prestaba todo lo prestable, su mantenían los tipos a cero o en negativo, se anunciaban disparatados planes de gasto sin apenas compromisos por parte de los estados... y parecía que no pasaba nada. Hasta que pasó. Ahora las culpas de una inflación desbocada se las llevará el Covid, la ruptura de las cadenas de suministro o la Guerra en Ucrania. Pero sería engañarse. Hemos puesto todo de nuestra parte para meternos en un buen lío: política monetaria descontrolada, ausencia de reformas e irresponsabilidad fiscal. Lo anormal es lo que ocurría en 2018, no lo que estamos viendo ahora.

La subida de tipos que este jueves anunció Lagarde se antoja la primera de muchas: reducir la inflación a niveles tolerables será muy complicado. Además, la falta de margen fiscal de muchos países y la escasa flexibilidad y dinamismo en las economías europeas apuntan a que esas medidas de normalización monetaria tendrán un fuerte impacto en el crecimiento. Pero no hay más remedio que hacerlo: de hecho, los países más ricos lo exigirán si el BCE no cumple con su principal objetivo, que no olvidemos que sigue siendo el control de la inflación.

La mayor parte de la Eurozona lleva décadas con un crecimiento raquítico y no podemos ser especialmente optimistas para la próxima década. Desgraciadamente, España está en una de las peores posiciones de partida, con una deuda cercana al 120% del PIB y un déficit estructural del 4% del PIB (aunque recordemos que el déficit real registrado en 2021 fue del 6,9%). ¿Volveremos a ver una crisis de deuda como la de 2010-2012? ¿Superaría esa prueba la Eurozona? ¿Quién será la nueva Grecia? ¿Hasta cuándo aguantarán los contribuyentes alemanes u holandeses compartiendo moneda con portugueses, italianos o españoles? ¿Hasta dónde escalarán unas primas de riesgo que vuelven a niveles de la última crisis? ¿Será la inflación la que finalmente discipline a unos Gobiernos tan irresponsables?

Warren Buffett describe ese momento en los mercados en el que se termina la euforia y comienzan las correcciones de precios, que no son más que una vuelta a la realidad, con una frase muy descriptiva: "Cuando baja la marea es cuando descubres quién estaba nadando desnudo". A muchos países de la Eurozona les pasará en los próximos meses: se verán con las vergüenzas al aire y buscando dónde resguardarse. El Gobierno español ni siquiera sabe dónde ha dejado el bañador.

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