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Amando de Miguel

El mito del reparto

Asombra que el Gobierno no mencione nunca la más expedita salida del laberinto de la inflación: la mejora de la productividad.

Asombra que el Gobierno no mencione nunca la más expedita salida del laberinto de la inflación: la mejora de la productividad.
Pedro Sánchez | Europa Press

La solución inveterada para resolver "la cuestión social" (las desigualdades extremas, las crisis de subsistencias, las hambrunas) ha sido el reparto. En eso consistía la desasistida "reforma agraria", antes de la guerra civil de 1936. La gracia estaba en el comentario del paisano gallego: "Con la vaquiña que tengo y con la que me toque en el reparto, ya, medraremos".

El punto de partida del equivalente de lo que hoy designamos como PIB (Producto Interior Bruto) era una magnitud que apenas se expandía en términos per cápita. Por tanto, tradicionalmente, el reparto (que incluía la beneficencia y la limosna) era la única solución que parecía viable para mitigar las lacerantes desigualdades. Luego, tampoco se llevaba a efecto. Se trataba de una fórmula inútil, más simbólica que otra cosa. Al menos, servía para acallar la mala conciencia de las clases pudientes.

Lo curioso es que, ante la actual inflación desmesurada, al Gobierno español no se le ocurre otra salida que la nueva versión estadística del reparto. Así, se anuncian todas las posibles formas de descuentos, bonificaciones, subvenciones, y ayudas para "los más vulnerables". El monto de tales transferencias se pretende extraer de la masa de los impuestos a los "ricos" o a las "grandes fortunas". Es el equivalente hodierno de la expropiación a los latifundistas de antaño. En la práctica, grava al grueso de los contribuyentes, aunque, solo sea porque la inflación hace elevar el monto de la presión fiscal. (Que conste que las millonarias subvenciones alcanzan, también, a las empresas extranjeras fabricantes de automóviles).

Es evidente que los sistemas de reparto no funcionan. En el mejor de los casos, se trata, solo, de un consuelo, una especie de cataplasma para aliviar, momentáneamente, una dolencia colectiva.

La decisión de todas las variantes del reparto se basa en la "teoría del juego de suma cero". Es decir, uno solo mejora a costa de lo que otro pierda. Pero en la práctica de la economía tal premisa no suele cumplirse más que en situaciones liminares; por ejemplo, en la lotería. Lo normal y deseable es que las partes interesadas puedan ganar algo. Esto se logra, por ejemplo, aumentando la productividad de las organizaciones públicas y privadas.

Asombra que, en la presente situación de la economía española, el Gobierno no mencione nunca la más expedita salida del laberinto de la inflación: la mejora de la productividad. Habría que empezar por la del sector público, francamente baja. En su lugar, el Gobierno se aferra a las socaliñas de nuevos impuestos y las ayudas a "los más vulnerables". Pero esto es pan para hoy y hambre para mañana.

El actual juego del reparto funciona, realmente, como un ardid propagandístico. Las "ayudas" se reciben como concesiones graciosas del Gobierno; siempre en nombre del Estado. Son, así, una forma taimada de solicitar el voto ante unas eventuales elecciones. Es como decir "dame pan y llámame tonto".

Lo que importa es que las actuales fórmulas de reparto suponen una ingente elevación del gasto público. Es decir, la nación se endeuda todavía más. Es como apagar un incendio con gasolina. Todo sea para que los mandamases se atornillen en el poder. Acabáramos, es de lo que se trata.

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