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Rodríguez Braun: "La desigualdad es un señuelo para aumentar la coacción y subir impuestos"

El economista y pensador presenta La cultura de la libertad y habla en animada entrevista de LD de esta nueva obra.

El economista y pensador presenta La cultura de la libertad y habla en animada entrevista de LD de esta nueva obra.
Carlos Rodríguez Braun, en un acto con LD. | David Alonso Rincón
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Carlos Rodríguez Braun (Buenos Aires, 1948) tiene nuevo libro. En La cultura de la libertad (LID Editorial, 2024), el celebrado intelectual liberal ofrece una colección de reflexiones con la que pretende explorar en qué medida el liberalismo trasciende lo meramente económico y afecta a todo tipo de circunstancias cotidianas. "Una visión liberal de 360 grados", en palabras del propio autor.

¿Qué encontrará el lector en este volumen?

La cultura de la libertad es un nuevo volumen de Diez ensayos liberales, una serie que empecé hace años y que ahora alcanza su tercera entrega. En este libro he querido poner el énfasis en aspectos que no son estrictamente económicos, por mucho que la economía esté presente, de una u otra manera, en todo el libro. Lo que planteo es una visión general del liberalismo y su encaje en nuestras vidas. Toca, por ejemplo, cuestiones como la relación entre la religión y la economía de mercado.

Este es un tema que siempre le ha interesado mucho.

Sí, efectivamente, esa curiosidad por la cuestión de la religión y el liberalismo viene de lejos. Me he encontrado muchos liberales hostiles a la religión y a muchos religiosos hostiles al liberalismo. Lo que yo me propuse en su momento fue explorar si esto tenía algún sentido. En términos históricos, creo que tenemos muchos ejemplos de malentendidos y desencuentros que terminaron debilitando a la religión y al liberalismo al tiempo que fortalecieron al Estado. Por ejemplo, cuando en siglos pasados los liberales vieron con buenos ojos la toma de tierras eclesiásticas o los límites a la educación confesional, quizá no entendieron que lo que buscaba el Estado no era otra cosa que tomar el control de esos bienes y de esos espacios. Más recientemente, cuando los religiosos no vieron con buenos ojos el capitalismo, procuré explorar los elementos de compatibilidad y encaje entre ambos mundos, que de hecho fueron planteados en algunos textos muy importantes de Juan Pablo II o Benedicto XVI.

Hay liberales que se oponen a ese entendimiento y otros que lo buscan activamente.

El propio Hayek reconoció la importancia de la religión a la hora de proteger la libertad de la gente. Es lo que podríamos definir como una fortaleza privada, una institución que media y se interpone entre el individuo y el poder, como hacen también la familia, la propiedad privada o las tradiciones… Por lo tanto, tiene un valor muy relevante y por eso creo que debemos hablar más de los puntos de encuentro entre la religión y el liberalismo.

La cultura de la libertad también habla de los toros, que han vivido una auténtica persecución política pero parecen tener cada vez más público, en un sorprendente renacer.

Absolutamente, con los toros sucede algo parecido como con la religión. Uno puede ser defensor de la religión sin ser religioso, como uno puede ser defensor de los toros sin ser taurino. ¡Ocurre lo mismo con tantas otras cosas! Uno puede defender a los cazadores sin ser cazadores, etcétera. Al final, los toros son una tradición que tiene un significado, un arraigo y una aceptación entre millones de personas y el Estado no puede interferir en eso solamente porque haya quienes se oponen. Los toros son, pues, otra de esas fortalezas privadas que nos alejan del Estado y nos dan una vida propia donde la política no interfiere. Y el intento de ir contra los toros es un intento deliberado del poder mediante el cual se revela una voluntad abierta de organizar la sociedad de arriba abajo, según los prejuicios o el capricho de los gobernantes de turno y de espaldas a lo que piensa, desea y elige la gente.

Otro tema del que ha escrito cada vez más es el de la "ilusión fiscal" y su fascinación por un teórico italiano que había caído en el olvido pero que cada vez está más reivindicado por autores como Vd.

Así es, te refieres a Amilcare Puviani, de cuya obra hablo en distintos pasajes del libro. Este académico italiano puso encima de la mesa la cuestión de la "ilusión fiscal", es decir, la medida en que el Estado hace todo lo posible por ocultar su coste real e inflar el valor de los servicios que presta. Es algo que hoy seguimos viendo en la propaganda de Hacienda y del resto de ministerios, de modo que Puviani no iba desencaminado.

Conocí a Puviani a través de James Buchanan, que de hecho decía que las ideas de la Escuela de Elección Colectiva (Public Choice) se debían al legado de pensadores como el italiano. Sus obras se llegaron a traducir al español. Era un hombre talentoso, basta con leer cómo escribía para entender por qué fascinó a Buchanan. Su gran aportación radica en poner el énfasis en el análisis del Estado real, como verdaderamente es y como verdaderamente actúa, más allá de las fantasías y de los cuentos que nos transmiten los gobernantes. El Estado hace todo lo posible para que el ciudadano infravalore su coste y tenga una opinión casi romántica de la acción pública - y contra eso se levantaban autores como Puviani, a los que hoy merece la pena conocer.

También habla de cómo la desigualdad se ha convertido en un tema político y social de primer orden, a menudo de espaldas a la evidencia económica.

Es fascinante comprobar cómo, en cosa de unas pocas décadas, la desigualdad ha pasado a ser un asunto que define la conversación pública desde la raíz, cuando antaño se trataba de un mero parámetro de comparación sin apenas incidencia práctica en los debates generales. Si nos fijamos en el lenguaje que emplean los políticos y que van asumiendo los medios y muchos ciudadanos, la desigualdad se habría convertido en algo supuestamente muy malo, condenable siempre y en todo caso.

Hemos asumido esa forma preocupada de hablar de la desigualdad sin más.

Claro, de hecho se habla de desigualdad como sinónimo de pobreza. ¡Y no es así! Puede haber ricos muy desiguales y pobres muy iguales. Lo importante, en cualquier caso, es que la igualdad o desigualdad es simplemente un hecho neutral, una realidad de las sociedades que se ha dado siempre y con distintas intensidades bajo todo tipo de modelos políticos, económicos, etcétera. ¿Cuál es el problema? La combinación de la desigualdad con la envidia…

Veamos, si mi vecina es cada vez más rica que yo, como efectivamente me sucede (ríe), y si la desigualdad aumenta en mi bloque… ¿a mí que me importa? (Ríe de nuevo) Si no hay envidia, es un hecho que debería generarme indiferencia. Pero con la envidia de por medio, la cosa cambia. Y la envidia es ese combustible imprescindible para el socialismo.

Por economistas como Vd. sabemos, además, que la desigualdad no sube… ¡De hecho, baja!

Precisamente toda la conversación sobre la desigualdad que empezó a darse en los años 90 tenía que ver con el estado del mundo tras el comunismo. Cayó el Muro de Berlín y los socialistas nos dijeron que ahora ya nada impediría una divergencia brutal entre el Occidente capitalista y el resto de países, que se verían oprimidos y explotados. Pero la desigualdad en el mundo no subió, de hecho se redujo. No sé si recuerdas a un famoso economista, Xavier Sala i Martín. Hoy en día se le asocia más con el independentismo o con el FC Barcelona. Pues bien, en su momento cobró mucha fama por escribir acerca de la convergencia económica y demostrar la medida en que la desigualdad se iba reduciendo a nivel global.

Al caer ese relato, se inventaron otro. Autores como Thomas Piketty nos dijeron que ahora el problema no era la desigualdad mundial, sino la desigualdad "dentro de los países". Nos presentaban largos libros en los que se pretendía acreditar esta cuestión, pero no tardaron en aparecer informes que cuestionaban aquellas tesis. ¿Ha aumentado la desigualdad "dentro de los países"? En España sí, pero el aumento se ha debido en un 90% al paro. En otros países parecería que sí en base al análisis bruto de Piketty, pero una vez se depuran sus errores u omisiones la realidad parece ser bien diferente. Entonces, al final del día, ¿qué es la desigualdad? Un señuelo para justificar una mayor coacción del Estado. Si te lees todos esos libros de 500 páginas que ha escrito Piketty, encuentras que al final la conclusión es esa: ¡subirnos los impuestos! Y eso mismo hacen los políticos que hablan de desigualdad: nos sermonean para justificar más impuestos.

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