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Rubén Osuna

El crecimiento enfermo

En efecto, la Contabilidad Nacional Trimestral muestra un déficit del sector exterior del 6% del PIB para el primer semestre de 2005. Para dar una idea de lo que eso supone basta con decir que desde los años 60 nunca se había sobrepasado el 4% de déficit.

Todos los indicadores económicos muestran señales de alarma, a pesar del crecimiento económico. Uno de ellos, quizás el más significativo, del que oímos mucho últimamente, es el déficit exterior, también conocido como saldo de la balanza por cuenta corriente.
 
El sector exterior siempre ha sido una restricción al crecimiento económico en nuestro país, que ha tenido que afrontar en varias ocasiones devaluaciones de la peseta e incrementos de los tipos de interés. Sin embargo, viene observándose un agravamiento del déficit exterior sin precedentes históricos cercanos, en un momento en que ya no tenemos control sobre el tipo de cambio de nuestra moneda o sobre los tipos de interés.
 
En efecto, la Contabilidad Nacional Trimestral muestra un déficit del sector exterior del 6% del PIB para el primer semestre de 2005. Para dar una idea de lo que eso supone basta con decir que desde los años 60 nunca se había sobrepasado el 4% de déficit.
 
En 1997 empezaron a reducirse los tipos de interés, con el consiguiente entusiasmo bursátil e inmobiliario. En ese momento el sector exterior tenía un superávit del 1% del PIB, lo que supone 7 puntos porcentuales de diferencia con respecto a la situación actual. Ese deterioro, fortísimo, no ha sido constante, pues se ha producido una aceleración reciente del mismo. En 2003 el déficit era de “sólo” un 3,1% del PIB, y en 2004 un 3,6%, unas cifras altas pero históricamente no tan alarmantes.
 
Dentro del 6% de déficit en la primera mitad de 2005, la sub balanza comercial presenta un déficit del 7% del PIB mientras que la turística, que solía compensar ese desequilibrio, presenta un superávit de sólo el 3% del PIB. Todas las sub balanzas se han deteriorado, algunas agrandando sus déficits y otras reduciendo sus superávits.
 
El ahorro del sector privado ha caído 4 puntos en términos de PIB, lo que contrasta con un aumento de la inversión del 7% en términos de PIB. De ese aumento de 7 puntos, 5,4 puntos porcentuales se destinan a la compra de inmuebles y sólo un 0,1% a bienes de equipo, lo que acabará teniendo un efecto desastroso sobre la productividad a largo plazo. Pero hay más. La inversión en vivienda, estimulada por unos tipos de interés reales negativos, ha disparado los precios, creando lo que los economistas conocen como un fuerte “efecto riqueza”, es decir, los poseedores de propiedad inmobiliaria cuyos precios se disparan piensan que su riqueza, su patrimonio, crece también, lo que tiene un efecto positivo sobre el consumo. Esto explica la fuerte demanda interna que estimula las importaciones y desincentiva las exportaciones, agravando el déficit comercial.
 
Las deudas hipotecarias son una cantidad que figura en contrato, y cuyo monto total sólo cabe esperar que suban en un futuro, con los tipos de interés. En cambio, el valor de una vivienda depende del precio que realmente alcance una vez puesta en el mercado, que puede ser muy inferior a lo esperado en el momento de su compra.
 
Los desequilibrios tienen que financiarse de alguna forma. Afortunadamente los déficits fiscales no son grandes (aunque podrían acabar siéndolo). Las necesidades de financiación se están cubriendo desde hace un año casi exclusivamente mediante inversión en cartera, muy volátil. La inversión directa neta es actualmente negativa en nuestro país.
 
En condiciones normales un crecimiento enfermo como ese acabaría corrigiéndose mediante un ajuste en el tipo de cambio y en los tipos de interés. Pero desde la creación del Banco Central Europeo el tipo de cambio interno es fijo, y sobre la relación euro-dólar poco podemos decidir. Tampoco los tipos de interés son un mecanismo de ajuste a nuestro alcance, que de todas formas, de aplicarse, provocaría una fuerte recesión por su efecto sobre la construcción y el consumo (vía efecto riqueza).
 
En última instancia, por una vía o por otra, una situación equilibrada pasa por una mejora en la productividad. Es bien sabido que una crisis eleva la productividad, pero la crisis no acaba de presentarse porque los resortes que la provocarían no están bajo nuestro control. Cuando éstos, por los motivos que sean, se activen, la crisis se producirá, quizás de forma más violenta y duradera de lo que habría sido necesario si el ajuste no se hubiera demorado tanto.
 
Ahora pensemos en las consecuencias de una crisis económica en nuestro país, dadas las características de nuestro mercado de trabajo y la elevadísima población inmigrante, parte de la cual reside legalmente pero carece de los mecanismos de protección familiar que ayudan a superar los períodos de desempleo de uno o varios de sus miembros (con otras rentas y patrimonio acumulado). Pensemos también en el efecto sobre el sector bancario de una crisis inmobiliaria provocada por un aumento de los tipos de interés. Podemos unir a todo ello las consecuencias irreversibles que sobre la economía acabará teniendo el deterioro político e institucional del país.
 
No es para estar tranquilos, a pesar de lo que otras variables económicas, como el empleo y el crecimiento, parecen indicar.

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