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El pensamiento único protesta contra la discriminación, pero a la vez reclama que el Estado discrimine cada vez más, y pasa por encima del incómodo hecho de que ello no resuelve claramente injusticias y desigualdades.

Carlos Rodríguez Braun
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El periodista Rafael Méndez, de El País, protestó: "Un peaje discrimina a los más pobres".

Una característica del pensamiento único es su cultivo de la falacia del Nirvana, es decir, que todo puede mejorar mediante el intervencionismo. Otra característica es su propensión a afirmar a la vez una cosa y su contraria.

La frase de don Rafael refleja bien la primera faceta: no se puede discriminar a los pobres, y como un peaje no inquiere sobre las circunstancias concretas de los pagadores, se convierte en discriminador. Pero nótese que esto último sólo es válido desde la fantasía socialista de que es posible un mundo sin discriminación alguna. En el mundo real la desigualdad es omnipresente. Estamos rodeados de desigualdades que, conforme a la falacia del Nirvana, algunos creen que son "discriminaciones" y que por tanto exigen la acción de la política y la legislación. No se concibe la posibilidad de que haya libertad para que los ciudadanos puedan mejorar su propia condición con su esfuerzo. Uno de los argumentos de la libertad es, precisamente, que no haya discriminación y que todos seamos iguales ante la ley. Esa es la igualdad del mercado. Y la de los peajes.

El pensamiento único protesta contra la discriminación, pero a la vez reclama que el Estado discrimine cada vez más, y pasa por encima del incómodo hecho de que ello no resuelve claramente injusticias y desigualdades. Por ejemplo, si las carreteras no son financiadas mediante peajes que pagan también los pobres que circulan por ellas, entonces son financiadas mediante impuestos que pagan también los pobres que no circulan por ellas.

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