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Warren Graham

Miopía Optimista

La crisis genera un catalizador necesario para la regeneración social y económica. Creo que las crisis ofrecen, desde los lados humano, empresarial y social de la sociedad, mucho más valor y perspectiva que los periodos de complacencia y exceso.

Decía recientemente Warren Buffet que "nada anestesia más la razón del ser humano que ganar grandes cantidades de dinero sin esfuerzo". Y eso es lo que ha venido pasando en la última década donde, gracias a una política monetaria expansiva global, a unos impulsos exógenos derivados o de la convergencia europea o de los petrodólares y a un aumento del comercio internacional por China y la India, han hecho posible que perdamos la razón.

Ahora podríamos añadir, "Nada asusta la razón inversora más que el pánico y el miedo a fracasar". El ser humano no puede escapar de los sesgos cognitivos que distorsionan su capacidad para reconocer la realidad y responder ante ella. Los individuos sufrimos de miedo y avaricia, miedo de perder lo que tenemos y avaricia de ganar más.

Nuestra mente hace que seamos nosotros mismos los principales responsables de nuestros fracasos y que no podamos coherentemente digerir, fenomenológicamente hablando, las distintas situaciones a las que nos vemos expuestos.

Tendemos a extrapolar los datos recientes, despreciando aquellos ligeramente más distantes, y no siendo capaces de construir una perspectiva más amplia de cada situación. Este defecto cognitivo hace que, poco a poco, vayamos perdiendo memoria y, lentamente, vayamos construyendo desequilibrios periódicos.

Así, hace tan sólo unos meses pensábamos que tocábamos el paraíso, que todo lo que podía ir bien iría a mejor y que los que mandaban mensajes de prudencia eran unos despistados sin visión del paradigma del Nuevo Progreso.

Sin embargo, aquellos lunáticos, insensatos que agoraban una coyuntura menos glamurosa, consiguieron evitar la autodestrucción, aunque no pudieron salir ilesos de despreciables calificativos.

En los buenos tiempos, los inversores eran incapaces de vislumbrar los riesgos a los que estaban expuestos. Estaban tan inmersos en un gas eufórico, que la vanidad y la soberbia les arrastraba a cometer nuevas y mayores imprudencias. A esta actitud se le ha llamado Miopía Fatalista. O carecían de capacidad óptica de enfoque de medio campo o su endiosamiento les hizo creerse sus supuestas capacidades superiores.

Si hace poco tiempo nos encontramos impregnados de una miopía fatalista, donde todo lo que no fuera extraordinariamente positivo se descartaba por impensable, ahora estamos inundados de una Miopía Optimista. Estamos justo en el otro extremo. Perdemos la capacidad de pensar, de analizar, de distinguir lo atractivo de lo sin sentido. El pesimismo que nos inunda es tal que el fin del mundo se siente cerca. Del paraíso al fin del mundo en menos de un año.

No soy capaz de saber el punto exacto de dónde ésta crisis se va a detener, pero si de saber que no hay males que duren mil años y que las cosas volverán a estar mejor, luego mucho mejor y luego volverán a empeorarse, repitiéndose el ciclo infinitas veces más.

Sin embargo, sí soy capaz de saber que ir contracorriente aporta al margen de mucha soledad, beneficios económicos. Sólo acordándome de aquellos lejanos conceptos de oferta y demanda, me viene a la mente la ventaja que supone –para poder hacer pingues beneficios– invertir cuando todos quieren vender y desinvertir cuando todo el mundo quiere comprar.

Otro de los problemas habituales de la sociedad es que ésta confunde economía y mercados financieros. Aunque se trata de conceptos parecidos y ciertamente vinculados, ambos llevan caminos distintos. Por ejemplo, las bolsas empezaron a corregir en verano de 2007, en un entorno económico tan positivo que desde el punto de vista doméstico e internacional no se recuerdan precedentes. No entendía por qué los mercados recortaban en un escenario idílico como el que se atravesaba.

Próximamente veremos las bolsas recuperarse en un entorno deprimente, con tasas de paro por las nubes y portadas de periódicos anunciando el fin del mundo; recesión, deflación, crisis, paro, etc. Y cuando esto haya ocurrido, los envidiosos y avariciosos se subirán al carro para comprar lo que pocos días atrás despreciaban.

Pero no todo es crisis. La propia existencia de crisis produce, entre otros, los siguientes efectos: genera renovación, mejora la asignación de recursos, refresca la autoconciencia, elimina errores, obliga a centrarse en lo verdaderamente importante, elimina lo superfluo, recupera los valores, hace que se imponga la ética, termina con los abusos, se conoce el lado oculto de las personas, etc. La crisis genera un catalizador necesario para la regeneración social y económica. Creo que las crisis ofrecen, desde los lados humano, empresarial y social de la sociedad, mucho más valor y perspectiva que los periodos de complacencia y exceso.

Nada es lo que parece, sino que depende del color del cristal con que se mira. Así pues, aquellos con capacidad para ver un poco más allá de sus pies y con perspectiva optimista, sabrán como rentabilizar la situación actual. Mientras, el resto continuará acumulando dioptrías optimistas.

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