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Mucho dinero y poca cabeza

¿Se puede realmente entregar dinero a quien ha demostrado su incapacidad para administrarlo correctamente?

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Blaise Pascal contemplaba al hombre como el ser más débil de la naturaleza, como una caña que no precisa de grandes huracanes para ser vapuleada y agitada sin piedad, pero que, al mismo tiempo, es el más grande de todos los creados, porque, en cuanto que pensante, se sabe mortal. A buen seguro que no se había dado una vuelta por este suelo patrio, observando el zoo de los humanos que lo habitamos.

Y, todavía, una buena parte de los que simplemente lo habitan, superando las dificultades de cada día, se librarían bien del juicio que pudiera formar el filósofo francés, pero qué decir de los que nos gobiernan, qué decir de los que ostentan cargos ejecutivos, qué decir de los que se engríen y regocijan en la necedad en la que ahogan sus mentes. Atribuir a estos la acción de pensar no pasa de ser una concesión complaciente con la especie. Que todos estemos dotados de la facultad de pensar es algo que tenemos sin merecimiento alguno; de ahí a que realmente pongamos en actividad dicha facultad media un abismo. Afirmaba Henry Ford que "pensar es el trabajo más difícil que existe. Quizá esa sea la razón por la que haya tan pocas personas que lo practiquen".

Yo me pregunto: ¿sabe el Gobierno, sabe el Banco de España y sabe la CNMV lo que quieren hacer con las cajas problemáticas? ¿Es algún problema que desaparezca una caja quebrada? Me asusta y me preocupan los términos indulgentes con los que se describe a estas entidades financieras. No estamos como se ha dicho ante una situación de falta de liquidez a la que hay que ayudar, sino ante un verdadero problema de insolvencia, consecuencia de una caótica gestión, las más de las veces, contraviniendo normas de obligado cumplimiento establecidas por el regulador.

El pueblo, del que soy uno de sus miembros, contempla atónito que, de un lado, todo lo que se les ocurre a las autoridades que nos gobiernan es poner más y más dinero en salvamento de quien quizá no está dispuesto a hacer nada para salvarse. Pero, de otro, los que deberían estar de rodillas esperando y reconociendo la magnanimidad de ese pueblo dispuesto a sacrificarse hasta la extenuación, se revisten de arrogancia poniendo condiciones que no son otras que su condición personal de privilegio en la fórmula final que se aplique.

Y, digo yo, en vez de asignar cantidades ingentes de dinero a estos fines, ¿no sería más conveniente asignar algunas cabezas, dispuestas a pensar y a gestionar bien, para la solución del problema? No olvidemos, que los ufanos que ponen condiciones para recibir el dinero, son los que con su gestión llevaron a las entidades a la insolvencia.

¿Se puede realmente entregar dinero a quien ha demostrado su incapacidad para administrarlo correctamente? ¿Qué hace suponer que con el dinero fresco que les llegue lo harán mejor? ¿No será su frescura mayor que la del dinero recién llegado?

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