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EDITORIAL

Poca confianza en los políticos españoles e italianos

En España no hemos tenido ningún plan serio. La única decisión que se ha tomado ha sido la de acortar, pero no mucho, la agonía de Zapatero.

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La causa de esta crisis es política y, mal que nos pese, la salida debe serlo también. No en el sentido tradicional, sin embargo. Como nos vendieron que la situación era culpa del capitalismo salvaje y la especulación, parecía que la solución consistía en regular más y aumentar más el peso del Estado sobre la economía. ¿Recuerda alguien el Plan E? Pero como siempre advertimos desde estas páginas, aquellas medidas sólo podían suponer, como mucho, un alivio momentáneo, tras el cual estaríamos peor que antes por el empeoramiento del estado de las cuentas públicas.

Los Gobiernos se han gastado lo que no tenían, pidiéndolo prestado a los malvados mercados, y los inversores no acaban de ver que muchos de ellos estén dispuestos a tomar las medidas necesarias para dejar de pedir dinero y empezar a devolverlo. Así, la deuda de países como España e Italia ha pasado de ser una inversión segura y poco rentable a entrar en el mismo tipo de consideraciones que se aplica a la bolsa u otro tipo de activos. Sólo la seguridad en que los Estados han aprendido la lección y están dispuestos a gastar menos puede devolver la confianza y rebajar el precio que hay que pagar por los intereses de la deuda.

Así lo ha entendido Berlusconi, que habiendo aprobado medidas de austeridad y liberalización de bastante mayor calado que las españolas ha visto cómo fuera de sus fronteras pocos se han fiado de sus promesas. De modo que ha suspendido las vacaciones parlamentarias y acelerado la implementación de los recortes, porque cuando nadie se fía de tu palabra lo único que puedes ofrecer son hechos contantes y sonantes. Puede que no le funcione, pero ha demostrado que le preocupa la situación de su país y está dispuesto a coger el toro por los cuernos y tomar las medidas necesarias para resolver la crisis en la que está inmerso.

En España no hemos tenido ningún plan serio. La única decisión que se ha tomado ha sido la de acortar, pero no mucho, la agonía de Zapatero. Cuando un presidente convoca las elecciones han de pasar 52 días hasta que se celebren; demasiados sin duda para la situación en la que estamos, especialmente cuando hay que sumar el tiempo que seguirá luego el Gobierno en funciones. Pero con esta convocatoria adelantada aún hay que esperar más del doble de ese tiempo, a todas luces excesivo cuando Zapatero ha demostrado ser incapaz de tomar ninguna medida mientras tanto, como reclama la propia Unión Europea.

Con Zapatero amortizado y sabiendo que España perderá unos meses preciosos, cobra especial importancia. Sin embargo, Rajoy parece temer –y no sin buenas razones– que reconocer el duro ajuste al que deberá ser sometido el gasto público le pasaría factura en las urnas, de modo que se limita a adoptar una pose solemne propia de un presidente ya electo mientras dice generalidades que no lo comprometan demasiado. Es difícil no reconocer que en una España que ha votado dos veces a Zapatero los temores del PP tienen cierta justificación, pero su falta de compromiso público por las reformas empieza a ser visto con cierta prevención por los mismos a quienes debería infundir confianza.

España e Italia lo están pasando mal. Sin embargo, la reacción de unos y otros está siendo bien distinta. Si usted fuera inversor y tuviera que decidir de quienes se fía más para prestarles dinero, no parece muy difícil elegir. Desgraciadamente.


 

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