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La tasa Rubalcaba

Ha de ser el Tercer Estado, también conocido por clase media, quien cargue sobre sus espaldas con el peso todo del erario.

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Desnudo de la charlatanería solidaria tan marca de la casa, el Impuesto del Patrimonio, ese muerto viviente llamado a perseguir a "los poderosos" al modo de los zombis de las películas de George A. Romero, quedará en mero gesto hacia la galería –del 15-M y aledaños–, apenas un simulacro escénico perfectamente inane a efectos recaudatorios. Algo en verdad muy coherente con la más genuina doctrina impositiva zapateril. ¿Qué decir, por lo demás, de un tributo que deja exenta una participación accionarial de miles de millones de euros en cualquier empresa del Ibex 35 y que, al tiempo, grava la tenencia de un par de pisitos en la milla de oro de Tomelloso, pongamos por caso?

Una dualidad moral, ésa que rige en la tasa Rubalcaba, que, por cierto, se ajusta a la esquizoide asimetría redistributiva del actual IRPF. De ahí que la izquierda con mando en plaza diese en castigar el trabajo, esa maldición bíblica, con una escala susceptible de reptar hasta el cuarenta y tres por ciento de los ingresos. Frente a ello, las plusvalías del capital resultarían premiadas con un tipo máximo del veintiuno. Aunque, en puridad, los ricos-ricos, a imagen y semejanza de la nobleza de sangre cuando el Antiguo Régimen, restan exentos de contribuir merced a la graciosa bula de las Sicav, las deliciosas casitas de muñecas fiscales que en su día les regalara el PSOE de la vieja guardia, esto es, el del airado prescriptor Rubalcaba.

Desde aquel lejano entonces, cumplen de sobras con soltarle una propina –del uno por ciento, por más señas– a la Hacienda Pública. Por su parte, las manos muertas, rentistas y asimilados, tributan al mentado veintiuno. Así las cosas, ha de ser el Tercer Estado, también conocido por clase media, quien cargue sobre sus espaldas con el peso todo del erario. Truculento brindis al sol, poco más que nada va a reportar el difunto redivivo. No se olvide al respecto que se trata de un impuesto cedido a las comunidades autónomas, o sea, al Partido Popular y a CiU. Ergo, bastaría una sola palabra de Génova, solo una, para reconducirlo de facto a la tumba, vía modificaciones en cuotas, tipos y reglamento. ¿Caerá el viernes esa breva o acaso sería demasiado pedir?

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