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Juan Ramón Rallo

¿Y qué más da un 1%?

El impuesto sobre el patrimonio erosiona el capital productivo de una economía. No consiste en redistribuir los peces, sino en trocear esa caña de pescar con la vana esperanza de enriquecernos.

Juan Ramón Rallo
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Menudo revuelo están armando los neoliberales a cuenta de un exiguo impuesto del 1% sobre el patrimonio de los más ricos. Que paguen, que paguen, que hay que arrimar el hombro para no se sabe muy bien qué. Además, total, ¿qué es un 1%? ¿Acaso nos hemos vuelto locos? ¿Tanto revuelo por un mero 1% que ni siquiera recaudará 1.000 millones de euros, menos del 1,5% de todo nuestro déficit anual?

Pues sí, tanto revuelo por eso. Pagar un 1% sobre el valor de una propiedad no es lo mismo que pagar un 1% de la renta que genera esa propiedad. Es muy sencillo: como media, los activos de una economía tienden a ofrecer una rentabilidad del 5%. Si un activo tiene un valor de mercado de 1.000 euros y obtiene un 5% de rendimiento anual, generará 50 euros. Si pagara un impuesto del 1% sobre la renta de 50 euros, debería abonar 0,5 euros, pero si paga uno del 1% sobre el patrimonio de 1.000 euros deberá desembolsar 10 euros, lo que equivale al 20% de la renta que ha obtenido ese año.

Pero los efectos son todavía peores en el largo plazo. Dado que el impuesto sobre el patrimonio se cobra todos los años, el expolio se acumula a un ritmo vertiginoso. Para que nos hagamos una idea: un ahorrador con 1.000 euros que obtenga una rentabilidad del 5% anual y que se limite a reinvertir ese dinero al 5% durante 50 años, tendrá un patrimonio final de 11.500 euros (habrá multiplicado sus ahorros iniciales por 11,5); si, en cambio, ha tenido que pagar un impuesto sobre su patrimonio del 1% anual, sus ahorros serán tan sólo de 7.100 euros. Es decir, al cabo de cinco décadas, un impuesto del patrimonio del 1% anual expropia el 40% de nuestro capital.

O, por si lo queremos expresar en términos de renta, en caso de que Hacienda nos eximiera de pagar durante 50 años el impuesto de patrimonio a cambio de que al final de ese período le desembolsáramos todo el dinero que deberíamos haber abonado año tras año, tendríamos que pagar en ese momento un impuesto equivalente al 800% de la renta que generáramos ese año. ¿Que 50 años son muchos? ¿Que no me vaya tan lejos? No se preocupe: a cinco años, equivaldría al 100% de la renta, a 10 a casi el 200% y a 25 al 450%.

¿Le parecen tipos razonables? A mí no. Más que nada porque el impuesto sobre el patrimonio erosiona el capital productivo de una economía. No consiste en redistribuir los peces que hemos logrado atrapar con una caña de pescar, sino en trocear esa caña de pescar con la vana esperanza de enriquecernos comiéndonos la gallina de los huevos de oro. Como si en este país, ahíto de ahorro para recapitalizar a nuestras empresas (incluida la banca) y para reconvertir nuestro aparato productivo, el capital no estuviera ya suficientemente castigado como para penalizarlo todavía más.

Por ejemplo, imaginemos una empresa con valor de mercado de 100 millones de euros, que sea propiedad de un individuo y que obtenga unos beneficios de 5 millones de euros. Sobre esos beneficios abonará 1,5 millones en concepto de impuesto de sociedades (30%) y, posteriormente, al repartir los 3,5 millones restantes en dividendos, su accionista único pagará un 21%, de modo que recibirá unos 2,75 millones. Pero, para más inri, ese accionista tendrá que abonar un 1% sobre los 100 millones que vale la empresa en concepto de impuesto sobre el patrimonio; es decir, al final, de los 5 millones que ha ganado su empresa, él sólo recibirá 1,75: un gravamen del 65%.

¿Es ésta la mejor manera de favorecer la recuperación, de potenciar la acumulación de capital nacional y extranjero, el crecimiento, la creación de empleo y el incremento de los salarios? No creo. Y todo este disparate por apenas 1.000 millones de euros: la mitad de lo que en 2011 les dimos a los dictadores del Tercer Mundo o justo lo que nos gastamos en promover la rehabilitación de viviendas. Políticas que, como es universalmente sabido, contribuyen enormemente a salir de la crisis.

El pauperizador tributo sólo tiene un aspecto positivo: si la primera medida que toma el PP no es su inmediata derogación, podremos estar seguros de que tampoco los populares sabrán o querrán sacarnos de la crisis. Resignados, no será necesario que esperemos varios meses para enteramos de que la famosa "agenda oculta" está, en realidad, completamente en blanco. 

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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