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Cardano: un suicida coherente

Sin embargo Cardano creía realmente en lo que hacía. Y si se había ocupado del horóscopo de tantos hombres ilustres, ¿por qué no hacérselo a él mismo? Y, sin dudarlo, dio el que sería el paso decisivo de su vida.

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Girolamo Cardano fue un hombre del Renacimiento en el sentido pleno del término. Se dedicó a actividades tan diversas como la medicina, la filosofía, la matemática, la astronomía y la astrología y escribió mucho sobre todas ellas. Cardano nació en Pavía el año 1501. Hijo ilegítimo de un abogado, supo ascender en la escala social y, tras estudiar medicina, se convirtió en un profesional de gran prestigio.

Su aportación a la economía vino por el lado de las matemáticas y de la teoría de las probabilidades. Cardano escribió en la década de 1560 –aunque sólo fue publicado un siglo más tarde– un libro titulado Liber de Ludo Aleae (Libro de los Juegos de Azar), que muchos especialistas consideran el origen de la teoría que integra la estadística, el cálculo de probabilidades y el análisis de los mercados financieros.

Como muchos humanistas de su época, Cardano creía firmemente en la astrología y estaba convencido de que la posición de los astros en el momento del nacimiento de una persona determina lo que será su vida. Aunque hoy pueda parecernos algo extraño, muchas de las mejores mentes de la historia han considerado la astrología como una auténtica ciencia. Tanto en Grecia como en la Roma clásica, se intentaba predecir acontecimientos de todo tipo analizando los astros. A través de manuscritos medievales estos conocimientos llegaron a la Italia renacentista. Y a finales del siglo XV Bevilacqua y Aldo Manuzio imprimieron en Venecia el Matheseos, de Julio Firmico Materno, el libro más importante de la astrología del mundo clásico, escrito en el siglo IV después de Cristo. Pero pronto entrarían con fuerza estas ideas también en el mundo germánico; y –lo que resulta aún más curioso– pasaron a desempeñar un papel importante en la cultura de la reforma protestante. Melanchton, por ejemplo, consideraba la astrología como una materia clave en la formación universitaria luterana. Y la edición más difundida del Matheseos fue la que publicó Hervagium en Basilea el año 1551. Este interés ayuda a entender, además, que se publicaran en la Alemania de la época diversas ediciones de las obras de Cardano.

A la astrología muchos humanistas le presuponían en la época un nivel científico similar al de las matemáticas o la astronomía. Y así Nicolaus Pruckner podía afirmar –sin el menor asomo de duda– que las críticas dirigidas a los astrólogos no tenían su origen en los defectos de esta disciplina, sino en el hecho de que muchos supuestos astrólogos eran incompetentes por no saber astronomía.

Trabajador concienzudo, Cardano estudió la influencia de los astros en las biografías de un gran número de personajes ilustres, tanto de la historia antigua como de su propio tiempo. Hizo así horóscopos de Cicerón o Petrarca. Pero también de Erasmo, de Lutero, de Durero y de los dos grandes reyes de la época: el emperador Carlos V y Francisco I de Francia. Lo malo fue que, llevado por su pasión astrológica, quiso ir demasiado lejos, ya que se le ocurrió que podía muy bien aplicar sus métodos de trabajo al estudio de la vida de Jesucristo. Y esto le ocasionó bastantes problemas. En la Italia del siglo XVI se podía hacer el horóscopo de un escritor, o incluso de un monarca, y tratar de explicar sus éxitos o sus fracaso por la influencia que en ellos ejerciera la posición de los astros. Pero hacer lo mismo con Jesucristo era claramente excesivo. El resultado fue que Cardano acabó dando con sus huesos en la cárcel. Detenido y encerrado en Bolonia el año 1554 no permaneció en prisión demasiado tiempo. Pero no cabe duda de que una experiencia tan poco grata le enseñó que debía moderar su fe en la astrología; o, al menos, ser más discreto a la hora de hacer públicos sus descubrimientos.

Sin embargo Cardano creía realmente en lo que hacía. Y si se había ocupado del horóscopo de tantos hombres ilustres, ¿por qué no hacérselo a él mismo? Y, sin dudarlo, dio el que sería el paso decisivo de su vida. Porque al estudiar la influencia de los astros calculó con precisión la fecha de su muerte. Esto le planteaba un dilema serio. Podría haber acertado en su predicción. No habría problema entonces. Moriría con dignidad y con su prestigio como científico reforzado. Pero ¿qué sucedería si se había equivocado? ¿No sería terrible que fueran transcurriendo las horas del día fatídico y, a medida que se acercaran las doce de la noche, resultara cada vez más claro que se había equivocado, y que era, por tanto, un astrólogo mediocre? ¿Qué ocurriría con su obra? Nadie haría ya caso tampoco a sus estudios sobre medicina o aritmética. Perdería su prestigio. Haría el ridículo. No. Mejor la muerte (y nunca mejor utilizada esta frase).

Cardano era un hombre serio y orgulloso. Si había fijado el día de su muerte, en sus manos estaba acertar. Así que, llegado el momento, se suicidó. Era el día 21 de septiembre del año 1576. Había muerto el hombre, pero había triunfado el científico.

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