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Juan Velarde

Un aviso para Iberoamérica

Es de esperar que el próximo 20-N, con un cambio radical en su política económica, muestre nuestro país a Iberoamérica desde las ventajas de los equilibrios macroeconómicos a las del mercado libre.

Es de esperar que el próximo 20-N, con un cambio radical en su política económica, muestre nuestro país a Iberoamérica desde las ventajas de los equilibrios macroeconómicos a las del mercado libre.

La XXI Cumbre Iberoamericana que acaba de concluir en Ascensión nos muestra un panorama de la región ciertamente preocupante. Por una parte, unos presidentes se negaron a ayudar. Cuando se observa su relación, incluso con uno que sí asistió, –el presidente de Bolivia–, comprobamos que en sus políticas productivas se esfuma por momentos la economía de mercado liberal. Naturalmente que la consecuencia va a ser –para muchos ya lo es– ciertamente nefasta. Pero a este bloque debe unirse otro en el que los niveles de corrupción son notables. Solo se salvan Chile y Uruguay. En esas condiciones, es muy difícil imaginar desarrollo económico alguno. Multitud de trabajos empíricos nos lo demuestran sin cesar. En el caso de Brasil, debe añadirse un conato de especulación inmobiliaria, como parte notable de su economía. Si existe algún tipo de parón económico en Estados Unidos, México va a sufrir consecuencias muy severas. Pero simultáneamente, comienza a observarse que China no es un gigante inmune a tropiezos y capaz de seguir creciendo de modo incesante. Eso es lo que va a poder alterar todo el conjunto de países, de Chile a Colombia, costeros del Pacífico y que derivaban beneficios importantes de las exportaciones a crecientes mercados asiáticos, y en particular a los de China. Centroamérica ofrece, en su conjunto, un panorama muy preocupante. Y además, la región iberoamericana en su conjunto, es la que tiene una distribución de los ingresos más desigual de todas las del mundo, lo cual crea tensiones populistas que, en vez de favorecer los progresos productivos, los empeoran. Agréguese la debilidad de su sistema tributario, unido a una serie de gastos esenciales para el desarrollo, como es la educación o la puesta en acción de infraestructuras imprescindibles.

Y en ese conjunto, España invierte con fuerza en la región, y es lógico, pero ha de cuidar mucho la defensa de aquellas empresas que producen productos tarifados o bien las extractivas, o desde luego las financieras, porque se las considera, por supuesto erróneamente, como depredadoras del ámbito nacional en el que actúan. Y nada digamos si la crisis del euro golpea a inversores españoles en Europa. Las reacciones en Iberoamérica se sentirán por fuerza.

A lo largo de los últimos ocho años, España no fue precisamente el modelo adecuado para que los países hermanos comprendieran por dónde debían marchar. Es de esperar que el próximo 20-N, con un cambio radical en su política económica, muestre nuestro país a Iberoamérica desde las ventajas de los equilibrios macroeconómicos a las del mercado libre. La anfictionía hispánica a un lado y otro del Atlántico, –incluyendo la mejora de Portugal– merece este esfuerzo y esta alteración de multitud de equivocadas decisiones que a todos, en un sentido u otro, dañan.

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