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Los mercados tumban a uno de los suyos

Nadie se llame a engaño; la crisis de deuda soberana no es una liza entre izquierdas y derechas para dominar el mundo, sino una cuestión mucho más vulgar y crematística: ver quién es capaz de pagar sus débitos.

Juan Ramón Rallo
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"Los mercados" han tumbado a otro Gobierno, en este caso al italiano. Visto está que el imperialismo capitalista avanza imparable y que ya se ha cobrado la cabeza de otro líder democrático, adalid de los derechos sociales, del progresismo y... ah no, que este disco no toca ahora, que quien ha caído ha sido un Gobierno presuntamente de "derechas" que además estaba regentado por el capitalista más rico de Italia. Será que Saturno está devorado a sus hijos o, tal vez, que Saturno jamás existió salvo en los delirios de algunos indignados que gozan de darse cabezazos contra la realidad

El caso es que no han sido los mercados quienes han tocado y hundido al Cavaliere, sino su propia torpeza para mantener en orden el corral. Nadie se llame a engaño; la crisis de deuda soberana no es una liza entre izquierdas y derechas para dominar el mundo, sino una cuestión mucho más vulgar y crematística: ver quién es capaz de pagar sus débitos. Y sucede que, seas de izquierdas, de derechas, de Villarriba o de Villabajo, cuando llevas 30 años sin cuadrar las cuentas con superávit, tus acreedores comienzan a asustarse, máxime si tu deuda alcanza el 120% de la riqueza que generas cada ejercicio o, lo que es peor, el 275% de todos los ingresos que rapiñas sobre esa producción. Como es razonable, cuando un acreedor se pone nervioso, comienza a reclamarte algunas garantías de que tienes intención de terminar pagándole y, si no lo haces de una manera suficientemente convincente, lo habitual será que sólo acepte prestarte a tipos de interés cada vez más altos.

El 'mal' italiano es justo el mal griego, el mal portugués o el mal español: la falta de credibilidad de un Estado (y de una sociedad) para con sus acreedores. Berlusconi tenía un plan, sí, juró y volvió a jurar que en dos años reduciría gastos o incrementaría ingresos por monto de 60.000 millones de euros, cifra que incluso le habría permitido amasar un superávit con el que empezar a amortizar sus deudas. Pero el plan no convenció a quien tenía que hacerlo, en esencia porque quienes debían aplicarlo parecían más interesados en que escampara transitoriamente el temporal para seguir corriéndose sus juergas los fines de semana que en sacar al país del agujero negro de la insolvencia.

Y si no eres capaz de tranquilizar a aquellos que tienen que continuar prestándote un capital que necesitas para hacer frente a un gasto excesivo que te niegas a reducir y a unos cienmilmillonarios vencimientos de deuda que comprometiste para mucho antes de cuando ibas a estar en disposición de devolver, muy mal asunto. Quien vive de prestado queda a disposición del ahorrador... al menos mientras no se opte por dejar de endeudarse y pasar a vivir de acuerdo a tus posibilidades.

Así pues, adiós Berlusconi y bienvenido Monti, un apparatchik eurocrático que ya veremos si es capaz de convencer de que él, a diferencia de Berlusconi, sí tiene intención de pagar aunque para ello deba someter a una severa liposucción a su querida Administración Pública. En cualquier caso, sepa Monti que Italia está consumiendo los últimos cartuchos de su crédito: si se revela incapaz o indispuesto a amortizar su deuda con holgura, esto es, a no ser un Berlusconi bis, se les acabó el juego. Si los cambios se revelan como meros recambios, resultará que, como en Grecia, igual darán unos que otros: lo podrido será el conjunto de una clase política sin resolución para cumplir con los compromisos adquiridos.

Y lo mismo vale para Rajoy: que los mercados esperen su advenimiento no significa que con éste las aguas vayan a volver a su cauce. Tiémblele el pulso y decepcióneles, que la desbandada de nuestra deuda no se hará esperar. Diferénciese, pues, de Papandreu, Zapatero y Berlusconi: austeridad pública y liberalización privada. Justo lo que ninguno de los tres, militaran en el partido que militaran, quiso o pudo ofrecer. En otro caso, terminará transitando por su mismo camino.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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