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Populismo de derechas

Es muy pronto para acusarles de populismo y de hacer demagogia, pero, por el momento, eso es exactamente lo que han hecho. Y no hay elecciones a la vista, salvo las andaluzas.

Emilio Campmany
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Los griegos, que en política ya lo habían inventado todo hace veinticinco siglos, temían a la demagogia más que a la hidra de Lerna. En nuestra joven democracia ha habido mucha demagogia, pero hasta ahora casi la había monopolizado la izquierda. Durante la legislatura anterior, es verdad que la oposición del PP apoyó las más populistas e insensatas medidas de Zapatero, que dispararon el déficit, y se opusieron a las que, tímidamente, intentaron contenerlo. Pero eso fue cuando estaban en la oposición, cuando era en parte disculpable.

Ahora que están en el Gobierno, se supone que se han puesto serios y se disponen a hacer lo que hay que hacer. Así se nos presentan y así nos los presentan. La subida de impuestos, al parecer, era inevitable, y hasta las madres sabían que eso era lo que tendría que hacer cualquier Gobierno serio que llegara tras las elecciones. Es más, es esa subida de impuestos, tan impopular y tan flagrantemente opuesta al discurso electoral del PP, lo que demuestra la seriedad del nuevo Gobierno y su alejamiento de toda demagogia populista. A mí, sin embargo, no me lo parece. La subida se nos ha presentado como una ayuda que el Gobierno pide a quienes más tienen para ayudar a los que tienen menos. Ni la está pidiendo, ni tiene por objetivo a los que más tienen ni es para los que tienen menos. Y encima no sirve para salir de la crisis. Si eso no es populismo, que venga Dios y lo vea.

En el Consejo de Ministros de este jueves, el Gobierno se manifiesta indignado por lo que han ganado directivos de entidades financieras que han tenido que ser socorridas. Olvida que la mayoría de ellas son cajas de ahorro controladas por comunidades autónomas, algunas gobernadas por el PP (véase la Caja del Mediterráneo). Y en vez de tomar medidas concretas lo que hace es pedir explicaciones al gobernador del Banco de España. O sea, que de momento, salvo indignarse, no piensan hacer nada.

Prometen un plan de lucha contra el fraude fiscal donde no hay ninguna medida concreta, más allá de prohibir las transacciones en metálico a partir de una determinada suma que no concretan. Si no hay medidas y sólo prometen luchar contra el fraude fiscal, ¿qué quiere ello decir, que antes no se hacía? Y lo de prohibir las transacciones en metálico es falaz por inútil: si hay factura, se expiden tantas como sean necesarias por la cifra máxima permitida, y si no la hay, que es lo más frecuente en la economía sumergida, ¿qué más da que se supere o no el máximo permitido? Del adelgazamiento del Estado, de la supresión de empresas y entes públicos y de controlar los despilfarros autonómicos, nada que no sean vagas promesas.

Es muy pronto para acusarles de populismo y de hacer demagogia, pero, por el momento, eso es exactamente lo que han hecho. Y no hay elecciones a la vista, salvo las andaluzas. 

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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