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Cadena de disparates

Después de mantener el Impuesto sobre el Patrimonio y de colocar los gravámenes sobre el capital al 27%, sólo nos faltaba ahora la Tasa Tobin. Toda una proeza propia de preclaras mentes socialistas.

Juan Ramón Rallo
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Sea el más puro vacío ideológico hermanado con el pensamiento único de la izquierda, el vasallaje al eje francoalemán o el electoralismo populista más rancio y antipatriota, lo cierto es que Rajoy no ha dejado de encadenar disparate tras disparate. Primero fue su salvaje, innecesaria y nociva subida de impuestos; luego su átono compromiso a recortar el gasto público; más tarde, la dilación del plazo en el que las autonomías deben devolverle al Estado central un dinero que éste no tiene y que aquellas no pueden seguir despilfarrando; y, ahora, su apoyo cerrado a esa boutade de extrema izquierda llamada Tasa Tobin –o impuesto sobre las transacciones financieras– confirman que ese hombre tranquilo y previsible que se nos vendió en campaña ha terminado por convertirse en un hiperactivo e impredecible intervencionista de tomo y lomo. Vamos, en lo que a política económica se refiere, un Zapatero-bis obsesionado con subir impuestos para financiar el sobredimensionado modelo de Estado gestado durante la época de la burbuja.

Ahora se quieren gravar las transacciones internacionales para que los bancos, los causantes de la crisis se nos dice, contribuyan a adoquinar el camino a la recuperación. Cómo un tributo que fue ideado para estabilizar los tipos de cambio entre divisas ha terminado por convertirse en un pecho más, en una herramienta más para saciar la voracidad del Estado, merecería alguna explicación más que un apretón de manos entre políticos dirigido a confirmar el expolio. Al cabo, el propio James Tobin se horrorizaba en sus últimos días del distorsionado uso que el movimiento antiglobalización –ahora antropomorfizado en los Consejos de Ministros de media Europa, incluida España– estaba realizando de su propuesta con tal de crear una megaburocracia internacional a costa de los ciudadanos que, oh ultraje, optaran por ahorrar e invertir su dinero en algún producto financiero. Hoy, para nuestra desgracia, esa megaburocracia internacional ya ha sido erigida y consolidada: se llama Unión Europea, con sus respectivos Estados nacionales y regionales, a cada cual más manirroto. Lo que le falta para subsistir son ingresos tributarios suficientes, y el acoso a los ahorradores parece ser la opción preferida por muchos de nuestros kamikazes mandatarios.

Y sí, digo bien: acosar a los ahorradores, que no a los bancos. Rajoy podrá jurarnos que falta cerrar ciertos flecos para evitar que éstos repercutan el nuevo tributo a sus clientes, pero, como con sus promesas electorales, estamos ante mera palabrería hueca. De hecho, ésta es todavía peor que las anteriores: Rajoy podía prometer, y cumplir, que no subiría impuestos; pero Rajoy no puede cumplir de ninguna manera su propósito de que los bancos no trasladen ese sobrecoste sobre sus clientes ahorradores. ¿O acaso va a controlar el importe de todas y cada una de las comisiones que los bancos, como intermediarios financieros, cargan sobre sus clientes? Hoy en día existen llamativas diferencias en las comisiones de corretaje, de custodia de valores o de cobro de dividendos entre unas entidades y otras, ¿les impedirá mover una iota cualquiera de ellas?

Claramente no, porque el objetivo real de la Tasa Tobin –dirigida en su origen, repito, a desincentivar el trading activo en divisas– no es que la paguen los intermediarios, sino los usuarios finales, que son quienes lanzan o no las órdenes de comprar y vender (que es lo que se trata de desincentivar). Pero, además, en el contexto actual es del todo impensable que la vaya a sufragar nuestro descapitalizado sistema bancario europeo: ¿o es que se proyecta inyectar miles de millones a la banca europea para luego imponerles un tributo? ¿No sería más sencillo que, de entrada, redujesen el importe de los planes de recapitalización pública?

Lo sería pero, como digo, nadie se cree seriamente que la Tasa Tobin la vayan a pagar los bancos. Es más, los ahorradores europeos la sufrirán de una manera aún más dañina que el pago directo del impuesto: la Tasa Tobin mermará la liquidez de los mercados. Cuando quieran desprenderse de un bono, de una acción o de cualquier otro producto financiero  encontrarán muchas menos contrapartes, de modo que, si la venta les corre mucha prisa, deberán liquidar a precios desfavorables. Todo lo cual, claro, hará que estos mercados se vuelvan más arriesgados y disminuirá el ahorro a largo plazo que afluya a los mismos.

Justo lo que necesitábamos en Europa: convertir a nuestros mercados en tóxicos para el ahorra nacional y extranjero. Después de mantener el Impuesto sobre el Patrimonio y de colocar los gravámenes sobre el capital al 27%, sólo nos faltaba ahora la Tasa Tobin. Toda una proeza propia de preclaras mentes socialistas. Luego pondrán el grito en el cielo cuando el capital salga a espuertas de España y Europa rumbo al Reino Unido o Estados Unidos: "los especuladores, los especuladores", clamarán. No, su propia torpeza y vileza a la hora de rematar a la gallina de los huevos de oro.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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