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¿Nos tienen manía las agencias?

El sistema de agencias debe reformarse, pero no nos tienen manía. Las malas notas se deben a que lo estamos haciendo mal.

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Las malas noticias siempre se comunican en viernes. En España se institucionalizaron los Consejos de Ministros en viernes porque de ahí solo salen malas noticias o medidas populistas. También las agencias de rating se manifiestan cuando empieza el fin de semana. Así dejan dos días para bajar los humos antes de que se abran de nuevo los mercados. El viernes pasado, en el último reparto de notas crediticias de S&P, hubo suspenso generalizado a la zona euro. España fue de los alumnos que, en lugar de bajar un escalón, cayó dos, quedando a uno de la temida calificación de "bono especulativo", y a cuatro de "bono basura". Como era de esperar, muchas voces de todo el espectro mediático se han lanzado con la conocida cantinela del "nos tienen manía". En lugar de pararse a reflexionar, arremeten contra quien evalúa, maldicen la perversa tiranía de las agencias, para evitar una crítica de nuestra propia política económica.

Es cierto que los incentivos de las agencias están distorsionados. Cuando los reguladores las transformaron en un oligopolio cerrado a la competencia, y se las forzó a cobrar, no a los inversores, sino a los emisores, se introdujo un sesgo en sus evaluaciones crediticias. Pero no a la baja, sino al alza. Además, los incentivos las empujan a no rebajar calificaciones hasta que no sea demasiado evidente el deterioro crediticio del emisor, provocando también una tendencia a llegar tarde con los suspensos. Por tanto, culpar de la rebaja recién sufrida a ese sesgo es una pobre excusa. Nos podemos quejar de muchas cosas respecto a las agencias de rating. Pero cuando el alumno llega a casa cargado de suspensos alegando manía del profesor, flaco favor nos haríamos si centráramos toda nuestra atención en la ecuanimidad de quien pone la nota, y renunciáramos a preguntarnos si el alumno va por el camino correcto.

Las prioridades tras la rebaja de la deuda pública española hasta el borde mismo de la calificación de "bono especulativo" deberían estar claras. Lo primero es pensar si la política económica que nos ha conducido hasta aquí es la correcta. Resulta sorprendente la difusión que ha tenido la opinión de que la austeridad es la que nos ha traído de nuevo a la recesión. ¿Qué austeridad? Que yo sepa, después de tener dos años con déficits del 11% y del 9%, en el 2011, pretendido año de austeridad en el que teníamos que cerrar con un déficit de menos del 6%, al final va a ser del 8%. Estas cifras no son las de un país austero, sino un monumento al despilfarro. En realidad no deja de ser un nuevo intento de los keynesianos de convencernos de que la riqueza se crea tirando del gasto público sin contemplaciones, en lugar de hacer el esfuerzo de cuadrar las cuentas. El nuevo mantra es esa extraña paradoja por la que de la crisis se sale aplicando a la vez austeridad y "políticas de estímulo". O sea, ahorrando y gastando a un tiempo. Como si se pudiera sorber y soplar a la vez. Olvidan que ya hemos podido comprobar, y de forma muy dolorosa, que la cómoda estrategia de gastar dinero público no sólo no nos sacará jamás de la crisis, sino que además descapitaliza y endeuda masivamente la economía.

Lo que hay que hacer principalmente son dos cosas. La primera es reducir el Estado a un tamaño sostenible, y eso se puede hacer perfectamente sin tocar partidas sociales. Hay que devolver el dinero del Estado a los ciudadanos, no al revés. Lo necesitan, ahora más que nunca, para amortizar deudas, liquidar inversiones fallidas y asumir las pérdidas generadas durante la burbuja. Y la segunda es reformar el marco económico para hacerlo más flexible y libre, más favorable al ahorro, a la inversión privada a largo plazo y a la contratación. Las primeras medidas del nuevo gobierno de Rajoy violan sistemáticamente estas directrices. Se quita dinero a los ciudadanos para seguir manteniendo el despilfarro del Estado. Y encima se penaliza el ahorro, verdadero motor de una economía sana.

Sí, las agencias de rating no funcionan como debieran. Habría que hacer una reforma que liberalizara los servicios de calificación y permitiera a las agencias competir en un mercado libre. Las calificaciones las pagaría el que va a invertir, de manera que se aseguraría de contratar a la que le vaya a dar una calificación más certera. No las pagaría el emisor, que procuraría obtener la máxima calificación posible. La propia dinámica del mercado seleccionaría las agencias más fiables, y crearía sus propios índices crediticios con los que decidir qué provisiones hacer para cada inversión. Pero la reforma de las agencias debe ser una prioridad secundaria después de recibir las notas crediticias. Lo fundamental es ver si lo estamos haciendo bien. Y no, España, así como Europa, sigue sin acertar con la política económica. El sistema de agencias debe reformarse, pero no nos tienen manía. Las malas notas se deben a que lo estamos haciendo mal.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

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