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José García Domínguez

Contra los milagros

Ahora se confía en que los obispos laicos de otro Palmar de Troya, unos santones hipersubvecionados que se hacen llamar “interlocutores sociales”, resuelvan el desempleo echando unas firmas en un papelito.

Tras esa engañosa pátina suya de descreída modernidad, España continúa siendo el mismo país milagrero de siempre; el que todo lo encomienda a la Divina Providencia o, en la variante secularizada de idéntica devoción, a los prodigios sobrenaturales que pudiese obrar ésta o aquella norma legal publicada en el BOE. Antes se sacaba de romería al santo patrón de la villa en pía rogativa por la lluvia. Y ahora se confía en que los obispos laicos de otro Palmar de Troya, unos santones hipersubvecionados que se hacen llamar "interlocutores sociales", resuelvan el desempleo echando unas firmas en un papelito. Aquí, es sabido, las cosas se arreglan promulgando leyes y firmando papelitos. Repárese, si no, en la conmovedora fe del carbonero que unos y otros han depositado en la reforma del mercado de trabajo.

Pues la solución, como de costumbre, parece antojarse muy obvia. Poco menos que coser y cantar. Así, de creer a los expertos, el gran problema radicaría en la mucha "rigidez" de la contratación laboral en España. Flexibilícense al máximo esas encorsetadas normas y asunto resuelto, cavilan los expertos. Como se ve, todo bien simple, fácil y sencillísimo. Lástima que no sea verdad. Y es que en economía –y tampoco en la vida – no hay nada parecido al ungüento amarillo. Los expertos ya no se acuerdan pero, durante gran parte de la década de los sesenta, la tasa de paro norteamericana dobló a la europea. Y a nadie en su sano juicio se le ocurrió achacarlo a la excesiva rigidez del mercado de trabajo yanqui.

Sucedía, simplemente, que la productividad de Europa dio en crecer por entonces mucho más deprisa que la de USA. Justo al revés de lo que habría de ocurrir a partir de los años noventa. Nunca hubo más misterio que ése. Y, aquí y ahora, acontece tres cuartos de lo mismo. Ni el ladrillo, ni el corporativismo, ni los convenios, ni las normas de contratación: la productividad, su ínfima, raquítica pequeñez, es lo que explica el escandaloso diferencial del desempleo español. Mientras esa variable crítica no crezca, ya pueden ir cambiando decretos, contratos y reglamentos: no se creará ni un solo empleo neto. Mas dejemos a los expertos con sus rosarios, no vaya a ser que despierten.

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