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Los daños colaterales

En la actualidad, el exceso de endeudamiento que sostiene la burbuja inmobiliaria estrangula la financiación del resto de la economía, actuando como el perro del hortelano

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Si la mera especulación inmobiliaria, financiada sin limitación, se premiaba con la plusvalía inmediata, ¿qué motivo había para afrontar los costes y riesgos añadidos en otra clase de inversiones?

El efecto de ese predominio absoluto de la vivienda en propiedad y de su corolario final, la burbuja inmobiliaria, se plasma en una anómala distribución del crédito bancario, que al volcarse en la financiación de la inversión no productiva, termina por expulsar a la inversión productiva.
 
Así, transcurridos cuatro años de la congelación de la burbuja inmobiliaria, aproximadamente el 60 por ciento del crédito bancario continúa dedicado a la actividad inmobiliaria (construcción + promoción + servicios inmobiliarios + adquisición de inmuebles). Por el contrario, a la actividad de servicios no inmobiliarios se le aplica un 20 por ciento y a la actividad industrial un magro 8 por ciento. Mientras no se modifique esta distribución del crédito, el desarrollo de un competitivo y amplio tejido industrial y de servicios será misión imposible.
 
En la actualidad, el sobreendeudamiento que sustenta la burbuja inmobiliaria, estrangula la financiación del resto de la economía, actuando como el perro del hortelano: acapara la declinante capacidad de financiación disponible en una inversión improductiva y en progresiva desvalorización, taponando la inversión en competitividad.
 
El parón inmobiliario afecta de forma muy directa al consumo de aquellos bienes y servicios cuya financiación se sustenta en la garantía del valor de mercado de la vivienda en propiedad. De hecho el sobreendeudamiento exterior, para invertir en vivienda y para el consumo, no es más que una mera anticipación de nuestros futuros ingresos a gastos presentes.
 
La prevalencia a lo largo del tiempo de una inversión y un consumo internos sustentados en el endeudamiento externo, provoca un déficit exterior crónico que, al ver interrumpida su financiación, comporta caídas drásticas y duraderas de la inversión y del consumo interior. Así la economía española queda atrapada en la pinza del estrangulamiento de la actividad productiva y de la caída del consumo, lo que la arrastra a una prolongada recesión. Por ese motivo el desarrollo de una burbuja inmobiliaria en el caso español, -todos multipropietarios- revestía tanta gravedad.
 
Cuando en mayo de 2010, trascurridos casi tres años del cierre del grifo crediticio, saltan todas las alarmas internacionales ante una España al borde del colapso financiero, no se trata de histeria colectiva (EEUU, Europa, China…) sino de las graves consecuencias que para una renqueante economía mundial podría tener el que la bomba de relojería que escondía la economía española estallase sin control.
 
Desde entonces nos hemos limitado a coquetear con el abismo, del que ya hemos tomado conciencia, cosa que no ha ocurrido respecto de que clase de fuerza maligna nos empuja hacia él. Tras tantos años en los que el sector inmobiliario fue el bueno de la película, no acabamos de entender que, con el paso del tiempo, se haya convertido en el malvado que nos arrebata el futuro.

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