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Francisco Cabrillo

James Mill y Jeremy Bentham: una extraña pareja

James Mill compartía, en teoría, las preocupaciones de Malthus sobre el crecimiento excesivo de la población. Pero me temo que no trató nunca de llevar estas teorías a la práctica, ya que el bueno de James le hizo a su señora nueva hijos

Francisco Cabrillo
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Poca duda cabe de que Bentham ejerció una gran influencia en el desarrollo de la escuela inglesa de economía política; influencia que, en buena medida, ha llegado hasta nuestros días. Pero Bentham, además de un tipo pintoresco, era un pensador muy desorganizado, y, buena parte de su obra no habría salido a la luz sin dos discípulos que ordenaron, sistematizaron y publicaron muchos de sus escritos. Uno de ellos fue el ginebrino Etienne Dumont, a quien se debe que muchas de las obras jurídicas de Bentham se publicaran primero en su versión francesa. El segundo, James Mill, economista notable, que hizo mucho para que tanto las ideas utilitaristas como los trabajos de David Ricardo tuvieran en Inglaterra la gran difusión que en su día alcanzaron.

James Mill, nacido en Escocia el año 1773, es conocido, sobre todo por haber sido el padre de una de las grandes figuras intelectuales del siglo XIX, John Stuart Mill… y por la peculiar educación que dio a su hijo, ya comentada en otro artículo de esta serie. Pero fue un economista y un historiador destacado que hizo aportaciones tan importantes al pensamiento económico como la popularización de la ley de Say, que establece que en una economía de libre mercado no puede producirse un exceso de oferta agregada sobre demanda agregada; o el desarrollo de lo que se conoce como teoría ricardiana de los costes comparativos, de acuerdo con la cual, lo relevante en el comercio internacional no es que los costes de producción sean en un país mayores o menores que en otro en términos absolutos; lo que permite concluir que la estrategia eficiente es siempre especializarse en la producción de aquellos bienes que sean relativamente más baratos en cada nación. Y fue autor de una extensa Historia de la India Británica que no sólo tuvo un gran éxito tan pronto como se publicó en Inglaterra, sino que, además, garantizó su futuro económico al abrirle el camino a puestos de responsabilidad –y buena remuneración– en la Compañía de las Indias Orientales.
 
Y este último aspecto fue muy importante en su vida. Durante muchos años James Mill había tenido serios problemas económicos. Nuestro personaje compartía, en teoría, las preocupaciones de Malthus sobre el crecimiento excesivo de la población. Pero me temo que no trató nunca de llevar estas teorías a la práctica, ya que el bueno de James le hizo a su señora nueve hijos, uno detrás de otro. Y sacar a delante a nueve hijos cuesta mucho dinero.
 
Bentham, que era hombre adinerado, acudió en su ayuda. Desde 1809 la familia Mill pasaba temporadas en la casa de campo de Bentham y en 1814 éste adquirió una casa que alquiló a la familia Mill a la mitad de precio de una renta de mercado. Estaba situada muy cerca de su propio domicilio, lo que permitía una relación estrecha entre ambos. Pero, a partir del mismo año 1814, esta relación se enfrió de forma sustancial. La causa de ello no está clara del todo. Pero se menciona un hecho que es lo suficientemente estúpido como para haber sido realmente el motivo de la crisis entre ambos. Parece que un día Bentham decidió ir a dar un paseo, como hacía habitualmente, y quiso que lo acompañara Mill. Pero éste - ¡mala suerte! – había quedado en montar a caballo con Joseph Hume. Este Hume era un personaje muy conocido en la política de la Inglaterra de la época. Diputado radical, combatió por democratizar la vida del país, apoyando medidas como la emancipación de los católicos o la reforma electoral. Pero Bentham se sintió profundamente ofendido por el comportamiento de los jinetes. Por muy radicales y reformistas que éstos fueran – debió pensar – él era el maestro y la persona importante. Y si el maestro pasea, los discípulos no montan a caballo.
 
La nueva situación produjo gran preocupación a Mill, que pensó que, tras lo ocurrido, no podía seguir aceptando el auxilio económico de Bentham. Pero esto le creaba un problema económico nada despreciable. Por ello algunos amigos radicales se movilizaron para ayudarlo. Y parece que otro político relevante de la época –  Francis Place – empezó a prestarle dinero. Afortunadamente Dios aprieta pero no ahoga… ni siquiera a los pensadores radicales; y el puesto en la compañía de las Indias Orientales en 1819 arregló definitivamente sus problemas monetarios.
 
La relación directa entre Bentham y Mill no fue, por tanto, demasiado larga. Ambos eran unos tipos más bien raros; y debieron formar una pareja particular. Pero a su amistad y colaboración debemos mucho los economistas.

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