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¿Manipular las cuentas para emular a la izquierda?

Los keynesianos todos que pululan en la izquierda deberían estar aplaudiendo con las orejas que el Ejecutivo de Rajoy pudiese haber tenido la maquiavélica idea de tergiversar las cuentas del Reino para hacerse el haraquiri ante parte de sus votantes

Juan Ramón Rallo
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Uno no acaba de entender el clamor de la izquierda patria a propósito de esa presunta manipulación de las cifras oficiales de déficit público. Y no lo entiende, no porque sea imposible que un Gobierno –cualquier Gobierno– mienta groseramente en sus cuentas (ahí está el caso griego) o, más comúnmente, las maquille en unas décimas (adelantado algunos de los gastos de 2012 y retrasando el reconocimiento de ingresos de 2011) ante la completa inopia de Bruselas, sino porque merced a esa desviación del objetivo de déficit público –a buen seguro, mucho más real que ficticia–, el Ejecutivo de Mariano Rajoy ha justificado dos de las reivindicaciones estrella de esa misma izquierda: la subida de impuestos a los ricos (léase, a las clases medias) y la renegociación con Bruselas de los objetivos de déficit de 2012 y 2013.

Si acaso, los keynesianos todos que pululan en la izquierda deberían estar aplaudiendo con las orejas que el Ejecutivo de Rajoy pudiese haber tenido la maquiavélica idea de tergiversar las cuentas del Reino para hacerse el haraquiri ante parte significativa de sus votantes. Pues recordemos que fue el excesivo déficit de 2011 el que llevó al PP a sobrepasar por la izquierda al Partido Comunista de España, colocando los tipos impositivos sobre el IRPF en los niveles más altos de Europa y validando el discurso rubalcabiano de que debíamos solicitar una moratoria del déficit a Bruselas.

Así, quienes deberían enfadarse no son los socialistas, que al cabo han recibido cuanto buscaban –impuestos más altos y déficit durante más tiempo–, gracias a esa presunta argucia contable, sino los liberales. Lo que debería indignarnos no es que algunos filtren el rumor de que se ha podido inflar en falso el déficit real de 2011, sino que el Gobierno del PP tuviese la cortedad de miras de creer que un déficit alto justificaba tanto el sangrado fiscal como una austeridad parsimoniosa en lugar de un muy enérgico y valiente recorte del gasto. A la postre, lo peor que podía traernos una manipulación de las cuentas –si es que la ha habido, pues ya digo que todos los analistas preveíamos un déficit por encima del 7,5% del PIB– era que el Partido Popular comprara el programa electoral de la izquierda en materia presupuestaria. Lo que muchos no podíamos anticipar es que la izquierda coincidiera con nosotros en certificar que, en efecto, lo peor que podía sucedernos es que, por a o por b, terminaran prevaleciendo sus políticas económicas.

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