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Ponzi, el eterno enemigo de los inversores

Los sistemas piramidales o de Ponzi pueden devorar los ahorros de la gente que no esté avisada.

Raquel Merino Jara
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Desde la banca albanesa y Doña Branca a Bernie Madoff, desde Fórum Filatélico y Afinsa a las ventas en cadena pasando por la deuda pública de países irresponsables, los sistemas piramidales o de Ponzi pueden devorar los ahorros de la gente que no esté avisada.

El nombre por el que también se conoce a los timos piramidales, el "esquema de Ponzi", poco se debe al deseo de honrar el nombre de algún avezado estudioso en el campo de la inversión por un hallazgo intelectual, como en tantas ocasiones sucede. Carlo Ponzi, emigrante italiano llegado a la ciudad de Boston (EEUU) alrededor de los años 20, alcanzó la fama por motivos mucho menos loables: poner en marcha una estafa de dimensiones mucho más marcadas que otras similares que le habían precedido.

Algo tenía que ver su modelo con las prácticas de dos sociedades, Fórum Filatélico y Afinsa, que tristemente se han hecho célebres en España, ya que el objeto de sus "inversiones" era de naturaleza postal. Para ser más exactos, se trataba de unos cupones que se incluían en las cartas que los emigrantes enviaban a sus familiares. Cuando las cartas llegaban al país de destino, los citados cupones podían ser empleados por los familiares del emigrado para adquirir los sellos con los que responderle.

La historia es en sí de lo más jugosa, digna de una película de David Mamet. El negocio que ideó descansaba en la rentabilidad latente originada en el spread (diferencial) existente entre el precio de los cupones en EEUU y fuera de estas fronteras. De ello se percató al comprar una revista en España, en cuyo envío le incluyeron un cupón de respuesta internacional que costaba en España el equivalente a un centavo de dólar. En cambio, en EEUU, su precio era de 6. La rentabilidad esperada era más que interesante.

Al ser los cupones más económicos en Europa por la depreciación monetaria que habían sufrido sus monedas tras la I Guerra Mundial, emplearía el capital que captara de sus inversores en adquirir cupones, los vendería en EEUU a un precio superior y, gracias a ese arbitraje, obtendría la rentabilidad esperada de un 400% (descontando costes). Tal era su estimación.

Cuando se puso manos a la obra y se dispuso, con el primer dinero captado de familia y allegados, a traerse los cupones de Italia, averiguó que la burocracia acababa por comerse cualquier atisbo de ganancia en la operación. Pero siguió adelante. Su capacidad de persuasión y de atraer a inversores fue tal que ni siquiera necesitó recurrir a realizar esta difícil operación. Tan sólo le bastó con explicarles la fuente del redondo negocio y pudo captar importantes sumas. Así, optó finalmente por crear sus propios cupones a través de su Securities Exchange Company, prometiendo revalorizaciones del 100% en tres meses.

Y lo mejor de todo es que durante un cierto tiempo fue capaz de ofrecer esos márgenes aunque al final no hubiera una inversión real detrás. Imagínense la locura colectiva a partir de ese instante. Dinero fácil, dinero "gratis": hipoteque su casa, endéudese cuanto pueda, venda a su abuela si es necesario, pero hágase con liquidez e invierta en los cupones de Ponzi.

Eso es exactamente lo que sucedió. Entonces, ¿qué hacía Ponzi con el dinero que percibía? Tal fue el aluvión de dinero que aterrizó entre sus manos que la promesa del 50% en 45 días (mes y medio) la pudo cumplir durante un tiempo sin mayores problemas, lo que se debió a que para pagar a los primeros partícipes echaba mano del continuo y creciente flujo de fondos que provenía de la masa enfervorecida de clientes que no cesaba de llamar a sus puertas.

Con ese nuevo dinero, le era posible atender a los pagos de intereses de los primeros inversores, y así sucesivamente. Todos contentos: el inversor coloca su dinero en un activo que era humo, pero poco le importaba; los tipos de interés -o revalorización- eran astronómicos y Ponzi pasó a ganar dinero a espuertas.

En febrero de 1920, contaba con la considerable suma para la época de 5.000 $; en marzo, el capital invertido se fue hasta los 30.000 y, en mayo, contaba con una inversión de 420.000. En julio de ese mismo año tenía millones. Eso sí que es una carrera meteórica.

Por esas mismas fechas, finales de julio de 1920, empezó a esparcirse el rumor de que el negocio de Ponzi olía a chamusquina y fue intervenido por el Gobierno, quien impidió nuevas aportaciones de capital al, llamémosle, fondo. Por agosto, los bancos donde depositaba los fondos declararon la bancarrota y Ponzi fue llevado por estafa a prisión, de la que salió abonando las pertinentes fianzas. Tras un intento de reflotar su estafa, Ponzi fue expulsado de EEUU.

Este esquema de Ponzi también es conocido con el sobrenombre de "timo piramidal" en el caso de ventas en cadena, pues se basa exactamente en el mismo fundamento. En el ordenamiento mercantil, esta práctica está proscrita. Así pues, expresamente nos dice que "se prohíbe proponer la obtención de adhesiones o inscripciones con la esperanza de obtener un beneficio económico relacionado con la progresión geométrica del número de personas reclutadas o inscritas".

Efectivamente, como su éxito radica en que se adhieran nuevos partícipes con un crecimiento exponencial con el fin de poder atender a los pagos de los primeros partícipes, el sistema, antes o después, revienta, como se ha visto con el caso de Ponzi. De ahí que se hable de una pirámide: la base de clientes debe crecer incesantemente. Eso es la clave de su éxito y de su fracaso... A toda esa avalancha de nuevos clientes se le ha prometido también una cuantiosa rentabilidad. ¿Se pueden incorporar nuevos primos sin fin?

Ejemplos más recientes los encontramos a principios de los años 90, cuando parte del sistema financiero albanés implosionó tras verse varios bancos envueltos en prácticas similares. Famoso fue también el caso de Doña Branca, la "banquera del pueblo" portuguesa que prometía rendimientos superiores al 100% anual, sobre la base de entregar como rendimiento a los antiguos depositantes los nuevos depósitos que iba captando en progresión geométrica.

El último y más sonado caso fue el del financiero Bernard Madoff, que todavía está fresco en nuestras memorias y que se ha llevado por delante los ahorros de multitud de inversores, muchos de los cuales presuntamente avezados.

Analogía con las burbujas

Seguro que a más de un lector, mientras leía el relato del corto pero intenso timo perpetrado por Ponzi, le habrá venido a la mente su analogía con las burbujas inmobiliarias o bursátiles. Evidentemente, no podemos hablar propiamente de timo piramidal cuando nos referimos a una burbuja, pues no está orquestada por una mente única, sino que es una reacción colectiva que se va fraguando con el tiempo y con el juego de incentivos.

Aun así, guarda elementos análogos: se acaban adquiriendo pisos de 50 metros cuadrados a precio de oro, que rara vez resuelven una necesidad personal durante mucho tiempo, con la esperanza de que si se pierde el trabajo (o se quiere adquirir una vivienda más grande), se podrá encontrar comprador del piso actual rápidamente y a precios crecientes, pues la demanda de viviendas seguirá creciendo en oleadas. No se compra humo (como sí se hacía con Ponzi y sus cupones), pero lo que se adquiere se hace a un precio muy sobrecargado. Si, como es habitual, el piso, encima, se adquiere tras haber solicitado un préstamo hipotecario que cubrirá una parte muy significativa del precio de la vivienda, el drama está servido.

El sistema de reparto de pensiones es otro caso sui generis con significativos elementos de Ponzi. Bien es verdad que el sistema es compulsivo y los nuevos cotizantes se van incorporando con regularidad al sistema según acceden al mercado de trabajo. Sin embargo, el segundo requisito para que el sistema sea viable (el creciente número de cotizantes en la base) no puede ser garantizado por el estado. De hecho, las caída en la tasa de natalidad por debajo incluso del nivel del 2,1 de reposición aboca a la inviabilidad del sistema, tal y como hoy está concebido, en poco más de una década, cuando las generaciones del baby boom comiencen a retirarse.

En resumen, Ponzi es un espectro que siempre tenemos que tener presente a la hora de invertir si no queremos encontrarnos con sorpresas desagradables. La materialización del rendimiento de nuestra inversión jamás deberá depender de nuevos reclutas, sino de la tesorería obtenida por vender en el mercado los bienes y servicios que nuestros factores productivos generan.

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