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De euroescépticos y xenófobos

Hollande goza del entusiasta apoyo, adornado de peligrosas expresiones antieuropeas y anti-germanas, del socialismo político y mediático hispano. Estos eurófobos proponen renegar del tratado, promovido por ellos mismos, de estabilidad y gobernanza.

GEES
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Es una pena que la crisis haya convertido a los países europeos en vulnerables al despertar de la demagogia populista xenófoba y eurófoba. Aún más lo es la farsa de contraponer austeridad y crecimiento, como si incrementar el gasto público, que por lo demás es imposible, garantizara otra cosa que la ruina.

Por un lado está la caída del gobierno holandés por el rechazo a reducir su déficit del 4,6% al 3% expresado por el diputado extremista Wilders. Por el otro, está el candidato socialista francés a las presidenciales, en estrecha alianza de hecho con el precedente, pues ambos defienden posiciones políticas que tendrían el mismo fin: la disolución del euro. 

Hollande goza del entusiasta apoyo, adornado de peligrosas expresiones antieuropeas y anti-germanas, del socialismo político y mediático hispano. Estos eurófobos, guiados por un rechazo visceral, proponen no hacer ni caso a un cambio constitucional reciente, promovido por ellos mismos, y renegar del tratado, llamado de estabilidad y gobernanza, firmado por España en marzo. Con ese tipo de actitud uno podría ser disculpado por pensar que es normal que no se fíen de nosotros. Menos mal que fuera no leen nuestros diarios.

El prudentísimo socialista francés sugiere moderar la austeridad con crecimiento. Qué bueno. Esto es lo que concretamente significa. Añadir 60.000 funcionarios a la administración francesa, aumentar el salario mínimo a 1.700 €, subir el tipo marginal máximo de la renta al 75% y reponer en 60 años el derecho a pensión elevado por Sarkozy a 62. Moderado sin duda, pero sólo en comparación con la propuesta de Mélenchon de imponer al 100% las rentas superiores a 360.000 €, versión europea del exprópiese de Chávez. 

Es esta marea general de eurofobia contra las racionales políticas europeas de control del gasto, condición necesaria para el crecimiento, la que tiene legítimamente preocupados a analistas e inversores. Sin embargo, no todo está perdido porque los euroescépticos y xenófobos, por muy peligrosos y preocupantes que sean, no las tienen todas consigo. Por ejemplo, no es nada seguro que la pírrica ventaja de Hollande en la primera vuelta del domingo pasado se traslade a una victoria definitiva dentro de semana y media. Sería así bastante raro que un país que es, con los votos del otro día en la mano, sociológicamente conservador, acabara votando a un socialista, aunque sea eurófobo, de presidente. Más extraño sería aún que las elecciones holandesas, previstas para finales de junio, aunque retrasen el ajuste, reflejasen una mayoría que no fuese ahorradora. Los holandeses saben que se juegan la triple A, son un pueblo muy financiero y propietario de acciones en bolsa. Es decir, los liberales todavía podrían gobernar más holgadamente incluso echando a los xenófobos del parlamento. Qué delicia.

Gracias a Dios, no parece que las fuerzas xenófobas, eurófobas, populistas, demagógicas y, en general, francamente malas, feas, diabólicas y casposillas vayan a prevalecer. Pero en cualquier caso, de momento, están dando el espectáculo.

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