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José García Domínguez

Siete llaves al sepulcro del Cid

España no dispone de otra opción que rogar el urgente, perentorio, inmediato auxilio del Mecanismo Europeo de Estabilidad. Y aún estaría por ver que eso fuera suficiente sin la entrada directa del capital foráneo en nuestros bancos.

"Nos vemos obligados a hacer constar que el nivel de riesgo acumulado en el sistema financiero español como consecuencia de la anómala situación del mercado inmobiliario es muy superior al que se desprende de los discursos del gobernador". Tal que así empezaba cierta carta que, huelga decir, terminó en la papelera de Pedro Solbes el mismo día de su acuse de recibo, el 26 de mayo de 2006. Muy olvidada misiva cuyo primer abajofirmante resultó ser un Juan Manuel Quintero, a la sazón presidente de la Asociación de Inspectores del Banco de España. Ya entonces, pues, hace seis largos años, nadie con un poco de vergüenza torera podía alegar falta de información veraz.

No obstante, el Gobierno pensó que era mucho más necesario y urgente ampliar los bordillos de las aceras que el capital de las cajas de ahorros. Consecuente, al poco dotó con trece mil millones los dos planes "E". Los mismos trece mil millones que a estas horas no tiene el FROB a fin de intentar hacerle el boca a boca a una única entidad agonizante. Después, es sabido, vendrían los paños calientes de las fusiones frías y la magia potagia de las provisiones, medicina sin dolor que todos los males habría de curar. Cualquier cosa, menos admitir la verdad. Y en ésas andamos. Ah, las siete llaves al sepulcro del Cid que nunca fueron suficientes para enterrar de una vez el estéril orgullo de este viejo país de hidalgos.

Y es que España no dispone de otra opción que rogar el urgente, perentorio, inmediato auxilio del Mecanismo Europeo de Estabilidad. Y aún estaría por ver que eso fuera suficiente sin la entrada directa del capital foráneo en nuestros bancos; esto es, sin transferir la propiedad efectiva a Bruselas. Cualquier otra consideración, implica seguir dejando que la situación se pudra. ¿O acaso alguien con un par de dedos de frente prevé que el dictamen de los auditores externos concluirá con un sonriente nihil obstat a los balances que se les presenten? Todo el tiempo que nos podíamos permitir perder, lo hemos perdido. Y no hay más. Demorar unos pocos meses –quizá ni eso– lo inevitable, apenas ayudaría a empeorar todavía las cosas. ¿Por qué no sellar cuanto antes ese maldito sepulcro?

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