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José García Domínguez

Grecia, la hora de la verdad

Los griegos no tienen nada que perder. Ya no. Consecuentes, de aquí a tres días votarán a Syriza. Y entonces se descubrirá que la Comisión iba de farol. El farol más caro de la Historia, si esto terminase acabando mal. La catarsis.

José García Domínguez
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Sostiene Aristóteles que el miedo redime al espectador de la tragedia al ver encarnarse en otros sus más íntimas miserias. Catarsis dio en llamar a lo que algunos siglos después Freud rebautizaría como proyección. Véase la histeria de los mercados ante el tinglado de la modernísima farsa cuyo último acto se escenificará el domingo en Atenas. Mientras redacto estas líneas apresuradas, sobre Europa vuelve a sobrevolar otro instante Lehman Brothers. El interbancario, simplemente, se he desvanecido en el aire. Y los tratantes de bonos han huido a trompicones del templo de la deuda. Igual de la española que de la francesa o la belga. Acaso Italia sea la excepción.

A estas horas, ni hay comprador para esas bulas pontificias de Merkel que dan acceso al cielo de la seguridad fiduciaria. Quince días más así, solo quince, y el euro reventará. Es la estrategia de la tensión. Draghi, cual Nerón contemplando las llamas de Roma mientras acaricia su arpa, se abstiene de intervenir. Hay que atemorizar a los griegos, convencerlos de que Bruselas está dispuesta a llegar hasta el final. Pero los griegos no tienen nada que perder. Ya no. Consecuentes, de aquí a tres días votarán a Syriza. Y entonces se descubrirá que la Comisión iba de farol. El farol más caro de la Historia, si esto terminase acabando mal. La catarsis. Apenas dentro de setenta y dos horas, Europa tendrá que dejar de una vez de jugar al gato y al ratón consigo misma.

Llegado el momento de la verdad, ha de elegir entre Pol Pot y el proceso constituyente de una genuina federación posnacional. O el "cuanto peor, mejor", la disparatada querencia maoísta de los integristas del mercado que fantasean con volver al siglo XIX, previa destrucción del orden imperante vía quiebras en cadena. O la vertebración bancaria y fiscal del continente. No hay muchas más salidas, si es que alguna hay. Tozuda como ella sola, la realidad siempre acaba imponiéndose. Viene en los anales: jamás la estabilidad y los fundamentos últimos de una moneda han podido asentarse sobre algo que no fuese un Estado y la comunidad política y moral que subyace tras él. Igual que Castilla hizo España, Alemania está llamada a hacer Europa. O eso o el caos.

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