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Nunca descifraremos la Gran Recesión mientras continúe esa pesquisa obsesiva en busca de los villanos. Porque quienes en verdad han fallado no han sido las personas, sino las ideas.

José García Domínguez
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Ya lo dejó dicho Pla en su día, siempre resulta mucho más fácil juzgar que comprender. Acaso de ahí el macartismo sobrevenido que se ha instalado en la opinión pública, y no únicamente en la española. Esa histriónica caza de brujas en la que legiones de demagogos de surtido pelaje pugnan por dar con el chivo expiatorio que cargue con la culpa de la crisis. Atolondrado juicio sumarísimo donde, como en botica, hay de todo. Así, excluido el burdo recurso –y por eso mismo el más eficaz– de señalar con el índice a los políticos, la lista de sospechosos habituales se antoja exhaustiva. Abarca a los banqueros, poseídos todos ellos, es sabido, por la avaricia.

Pasando por las agencias yanquis de calificación, por lo común inmersas, también es sabido, en alguna artera conspiración "anglosajona". Continuando por las turbias maquinaciones monetarias tan caras a los bancos centrales (¡Ah, el siniestro Bernanke!). Y acabando, en fin, por los reguladores y la torpe mano que los guía, esto es, los gobiernos. Sucede, sin embargo, que los financieros no hicieron nada más que obedecer la consigna canónica en boga. Al igual, por cierto, que nuestros muy denostados garrulos del cemento y sus yates de ensueño, tan célebres, ¡ay!, hace apenas un suspiro. Recuérdese, incurrir en grandes riesgos, cuantos más mejor, no solo era un proceder socialmente meritorio, sino indicio cierto de suprema sabiduría empresarial.

Al cabo, cuantos cebaron la burbuja actuaron tal como se esperaba de ellos: maximizando el beneficio con arreglo a unos modelos de gestión de la incertidumbre que, en realidad, nadie había acabado de entender. Y como ellos, todos los demás. "La era del auge y de la posterior crisis ha pasado para siempre", llegaría a sentenciar el aún primer ministro británico Gordon Brown con fatuo, gratuito, insensato, ciego optimismo. Nunca descifraremos la Gran Recesión mientras continúe esa pesquisa obsesiva en busca de los villanos. Porque quienes en verdad han fallado no han sido las personas, sino las ideas. Mucho más que a una quiebra financiera, acabamos de asistir a una bancarrota intelectual. El derrumbe del paradigma sobre el que se asentaba la economía occidental desde que el llamado Consenso de Washington sustituyó al viejo orden de Bretton Woods. Grande Pla.

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