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Reflexiones de un economista del siglo XIX para una economía del siglo XXI

Su ley más conocida, la Ley de Say, supuso una de las aseveraciones más brillantes de la historia económica, pero sus reflexiones van mucho más allá.

Pablo J. Vázquez / Ferrer Invest
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No todo va a ser Bolsa. Déjenme que les hable hoy de un economista excepcional: Jean-Baptiste Say (1767-1832). Un economista cuya ley más conocida, la Ley de Say, supuso una de las aseveraciones más simples y brillantes de la historia económica. Destaco, a continuación, algunas de las frases más celebres del autor francés, acompañadas de una reflexión personal al respecto.

La Economía como Ciencia

La estadística quizá gratifique la curiosidad, pero jamás podrá producir avances si no indica el origen y las consecuencias de los hechos que se reúnen.

Para llegar a la verdad sólo importa el conocimiento completo de unos pocos hechos esenciales. Todo otro conocimiento empírico, como la erudición o un almanaque, no pasa de ser una mera compilación de la que nada resulta.

J. B. Say fue el primer economista que abordó con rigor el debate sobre la metodología adecuada para el estudio de la Economía. Se adelantó más de un siglo a Ludwig von Mises, enfatizando que no debemos quedarnos en la superficie de una batería de datos estadísticos, sino que debemos atender a aquellos hechos de carácter universal, tan enraizados en la naturaleza humana, que reciban la aprobación de todos. Si estos principios son verdaderos, todo razonamiento lógico posterior también lo será. En palabras del propio Say: "Deducciones rigurosas a partir de innegables hechos generales".

¿Y qué tenemos hoy en día? Pues números y más números. Una obsesión por el dato, una pasión por el agregado: que si inflación, que si PIB, que si horas de trabajo, que si capital... Presumimos de una batería estadística sin parangón, pero fueron muy pocos -con la Escuela Austriaca al frente- los que alertaron de un crash financiero como el que vivimos.

El Valor de las Cosas

Una medida invariable del valor es pura quimera.

Frente a los bienes de consumo, la demanda de factores de producción no se origina en el disfrute inmediato sino más bien en el valor del producto que ellos son capaces de generar, que en sí mismo se origina en la utilidad de dicho producto o satisfacción que es capaz de aportar.

Say supo ver que el valor no se encuentra en los objetos que valoramos sino en la mente de quien los valora. Un enfoque radicalmente distinto al de su coetáneo Ricardo, quien defendía que el valor de las cosas está ligado al coste de producirlas -al igual que el propio Marx años más tarde-.

Siguiendo la concepción subjetiva del valor, también entendió que el valor de los factores de producción dependía del valor del producto que esos factores generaban, y no de su coste. Esto es, la cadena de valor discurre de las valoraciones del consumidor hacia los precios de los bienes de consumo, y de ahí factores de producción, y no a la inversa. (M. Rothbard, en su Historia del Pensamiento Económico).

Y, precisamente, la concepción contraria a la de Say fue la que le sirvió a Marx para defender la explotación del trabajador. Marx defendía que el valor sólo es el producto de las horas de trabajo, de lo se deduce que todo beneficio por la cosa vendida debe ir a parar a manos del trabajador. De lo contrario, el trabajador sufre una flagrante "explotación". Y vaya si se le ha dado cuerda a Marx...

El Empresario

Son los productores los únicos jueces competentes de la transformación, exportación e importación de las diversas materias y mercancías; y todo gobierno que interfiera, todo sistema pensado para influir en la producción, sólo puedo hacer daño.

Poco puedo añadir yo a esta gran verdad... ¿Hablamos de la Unión Soviética?

La Ley de Say

Un producto terminado ofrece, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos por todo el monto de su valor. En efecto, cuando un productor termina un producto, su mayor deseo es venderlo, para que el valor de dicho producto no permanezca improductivo en sus manos. Pero no está menos apresurado por deshacerse del dinero que le provee su venta, para que el valor del dinero tampoco quede improductivo.

Ahora bien, no podemos deshacernos del dinero más que motivados por el deseo de comprar un producto cualquiera. Vemos entonces que el simple hecho de la formación de un producto abre, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos.

Mientras tanto, los Krugman y compañía rogándole a San Estímulo del Consumo nuevas dosis de esa droga, altamente aditiva, llamada Quantitative Easing (QE). Vuelvo a parafrasear a Rothbard: "Estimular al consumidor ha sido desde hace tiempo el programa preferido de los intervencionistas".

Y la cosa es bien simple: primero producción, luego demanda. Si no, ¿con qué íbamos a demandar? ¿Tal vez con el famoso Plan E de Zapatero? ¿O con el helicóptero que le prestó Friedman a Bernanke? Repito: si no tiene nada que ofrecer, ¿acaso puede pedir algo a cambio?

La Teoría del Dinero

Si existe en la sociedad alguna mercancía en particular generalmente solicitada, no sólo por su utilidad inherente sino también por la buena disposición con la que se recibe a cambio de artículos de consumo necesarios... Ésa es, precisamente, la mercancía por la que el cuchillero tratará de trocar sus cuchillos; ya que ha aprendido por experiencia que su posesión le reportará sin dificultad, merced a un segundo acto de cambio, el pan o cualquier artículo que pueda desear.

Es una excelente definición de dinero, en la que el economista francés pone el acento en el concepto de liquidez del bien elegido como dinero: "[...] su posesión le reportará sin dificultad, merced a un segundo acto de cambio, el pan o cualquier artículo que pueda desear".

Hay que dejar que el oro y la plata den con su propio nivel mutuo en aquellas transacciones en que la gente considere oportuno emplearlos.

Aquí se respira libertad: "Hay que dejar que...". Ay, si Alan Greenspan -que ya siempre será recordado como Mr. Bubble, por la política de tipos bajos que alentó la burbuja inmobiliaria- hubiera releído al autor francés.

Los bancos de emisión libre es algo mucho mejor que un banco central monopolista, ya que la competencia obliga a cada uno de ellos a ganarse el favor del público rivalizando en servicios y solidez.

Todo un alegato a favor de la reserva fraccionaria del 100%. El corolario que se deduce de la cuarta frase es claro: ¡Qué cierren el BCE y la FED!

El Estado y los Impuestos

No puedo pensar que quienes pagan impuestos no sabrían qué hacer con su dinero si el recaudador no acudiese en su ayuda. El mejor plan para las finanzas públicas es gastar lo menos posible; y el mejor impuesto es siempre el más liviano. Los mejores impuestos o, mejor, los menos malos...

Y nosotros, con el IVA en el 21%, pagándole al Estado el 30% de nuestras rentas del trabajo para el tramo comprendido entre los 17.707 y 33.007 euros -y por ahí pasamos casi todos-, el 40% para el siguiente tramo, las plusvalías a corto tributando al tipo marginal del IRPF, dándole la bienvenida al hijo pródigo del impuesto sobre el patrimonio... En fin, un bofetón en toda regla al economista francés.

Y hasta aquí el artículo... Reflexiones de un economista de principios del siglo XIX para una economía del siglo XXI. Cuánto tiempo perdido.

Pablo J. Vázquez es Doctor en Economía y especialista en Value Investing. Si estás interesado en la Bolsa y el Value Investing, puedes consultar todos los artículos del autor en su blog Value Street. Puedes suscribirte aquí para no perderte futuros artículos. También puedes seguirle en Twitter.

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