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Manuel Llamas

Así te empobrece el Gobierno

El Estado genera empobrecimiento a base de regulaciones e impuestos.

El Estado genera empobrecimiento a base de regulaciones e impuestos.

La riqueza o pobreza de un determinado país –y de sus habitantes– no depende de su ubicación, de su clima o de sus recursos naturales, sino de la existencia o no de un marco regulatorio favorable a la generación, atracción y acumulación de capital. De ahí, precisamente, la brutal distancia que media entre Corea del Norte y Corea del Sur, o el declive económico que padece Argentina desde hace décadas, pese a su abundancia de alimentos y materias primas.

La riqueza no es algo dado, cuyo reparto puedan disponer los políticos a voluntad, sino que, muy al contrario, es fruto de la innata creatividad humana y, más concretamente, de la iniciativa empresarial. La clave es que dicha creatividad sólo puede desarrollarse en un contexto muy determinado, caracterizado por el respeto escrupuloso a la vida, a la propiedad privada y al cumplimiento de los contratos, principios básicos que posibilitan el libre intercambio de conocimientos, bienes y servicios entre los individuos. Es decir, en el libre mercado.

Por desgracia, ese parásito llamado Estado suele imponer numerosas trabas a la libertad económica y, por tanto, a la creación de riqueza. En el caso concreto de España, destacan tres ámbitos –pero hay muchos más– en los que la lesiva intervención pública se traduce, pura y llanamente, en pobreza: empresa, mercado laboral y renta.

Por extraño que pueda resultar a priori, los españoles son igual de competitivos que los alemanes y los franceses. El problema es una mera cuestión de tamaño. España cuenta con algunas multinacionales líderes en su sector, pero carece de una clase media empresarial. En 2007 apenas existían 3.000 empresas con más de 250 trabajadores, sobre un total de 2,7 millones, mientras que en Alemania había 9.000 sobre un total de 1,8 millones. España es uno de los países avanzados con un mayor peso de las microempresas o empresas con menos de 10 asalariados, con casi el 93% del total, muy por encima de la media de la OCDE (cerca del 80%). El tamaño importa, y mucho, a la hora de lograr una mayor productividad, de ahí las diferencias que presenta España en comparación con otras economías desarrolladas. ¿Es que acaso la mayoría de los empresarios españoles son unos vagos y se niegan a crecer? No. Este particular techo deriva de la regulación estatal. Las políticas de apoyo a las pymes frenan el desarrollo y crecimiento de las empresas.

En materia laboral sucede algo parecido. La intensa dualidad que presenta el mercado de trabajo no es fruto de la libertad económica, sino de la intervención pública. El Gobierno español condena a millones de trabajadores a encadenar contratos temporales, con la inestabilidad y desventajas que ello supone, al tiempo que ofrece una sobreprotección arbitraria y contraproducente a los indefinidos.

Por último, si bien no menos importante, la elevadísima tributación que soportan las rentas del trabajo y del capital limita enormemente la capacidad de ahorro de la inmensa mayoría de los asalariados y, por tanto, su posibilidad de acumular un patrimonio capaz de procurarles una auténtica independencia financiera. Hacienda se embolsa, vía IRPF y cotizaciones sociales, 780 euros mensuales de cada uno de los trabajadores que conforman la clase media, más de 9.000 euros al año, un importe más que suficiente para generar un colchón de casi un millón de euros a lo largo de la vida laboral.

Existen muchos otros ejemplos de cómo el Estado genera empobrecimiento a base de regulaciones e impuestos, pero estos tres casos revelan con claridad el impacto directo del intervencionismo sobre la generación de riqueza en España, sobre todo, dada la actual situación económica. El Gobierno desincentiva el crecimiento de las empresas, con todo lo que ello supone en lo relacionado con la productividad (más salarios), la competitividad económica (más crecimiento) y la generación de empleo (menos paro); además, condena a la inestabilidad y precariedad laboral a millones de trabajadores temporales; y, por si fuera poco, imposibilita la acumulación de riqueza a la inmensa mayoría de los asalariados.

Así te empobrece el Gobierno.

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