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Manuel Llamas

La crisis del euro no ha acabado

En el caso concreto de la Zona Euro, la deuda pública total supera ya el 92% del PIB (8,75 billones de euros), todo un récord histórico.

Manuel Llamas
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En el caso concreto de la Zona Euro, la deuda pública total supera ya el 92% del PIB (8,75 billones de euros), todo un récord histórico.

Los últimos indicadores avanzan que España saldrá de la recesión este trimestre y que la Zona Euro acaba de entrar nuevamente en terreno positivo, tras la recaída iniciada a mediados de 2011. Los políticos europeos, y especialmente los españoles, se agarran con fuerza a estos datos positivos para pregonar el fin de la crisis y el inicio de la recuperación. Sin embargo, si bien el sector privado nacional muestra claras señales de saneamiento, las finanzas públicas, tanto españolas como periféricas, no han dejado de deteriorarse, añadiendo así nuevos elementos de riesgo a la actual crisis del euro. No en vano, la estabilidad de la moneda única depende, en última instancia, de la solvencia de los Estados que conforman la Unión. De ahí, precisamente, la regla básica por la cual la deuda pública no debería superar el 60% del PIB y el déficit no sobrepasar el 3%.

El problema es que estos límites están a años luz de cumplirse, a pesar de los rescates soberanos, las quitas y los anunciados pero irreales planes de austeridad de los países más débiles de la Zona Euro. El lento desapalancamiento del sector privado está siendo contrarrestado por un aumento de la deuda pública que carece de precedentes en períodos de paz. Como resultado, la deuda total de las grandes potencias no ha dejado de crecer desde que estalló la crisis. El endeudamiento conjunto de familias, empresas y Gobiernos se ha disparado en 33 billones de dólares desde 2007, casi la mitad del PIB mundial, debido, principalmente, al brutal desequilibrio de las cuentas públicas en los países más ricos. Se ha inflado así una burbuja de deuda soberana cuyo estallido amenaza con nuevas quiebras estatales o elevada inflación, según advierte el Banco Internacional de Pagos, el banco central de los bancos centrales.

En el caso concreto de la Zona Euro, la deuda pública total supera ya el 92% del PIB (8,75 billones de euros), todo un récord histórico, tras aumentar en casi 400.000 millones en el último año. Y en el listado de Gobiernos más endeudados encontramos, no por casualidad, a los periféricos: Grecia (160,5%), Italia (130,3%), Portugal (127,2%), Irlanda (125,1%), Bélgica (104,5%), Francia (91,9%), España (88,2%) y Chipre (86,9%). En la actualidad, tan sólo cinco de los 17 países que conforman el euro cumplen los criterios del Tratado de Maastricht: Estonia (10%), Luxemburgo (22,4%), Eslovenia (54,5%), Finlandia (54,8%) y Eslovaquia (54,9%). De las grandes potencias europeas, Alemania es la única que está en disposición de reducir su deuda pública en los próximos años, a diferencia de Francia, Italia o España, siempre y cuando no sufra una crisis financiera y acuda al rescate público de su banca.

A la vista de estos datos, no es de extrañar que algunas firmas de inversión enfríen el incipiente optimismo que rezuman políticos y burócratas de todo pelaje y condición. Es el caso de Bridgewater, que en una de sus últimas notas advierte de que el euro se enfrenta a cinco grandes amenazas en los próximos meses: 1) las nuevas pruebas de estrés a las que serán sometidas las grandes entidades financieras europeas en la primera mitad del próximo año, que podrían deparar algunas desagradables sorpresas; 2) la elevada exposición de la banca periférica a deuda pública de escasa o nula calidad, cuya reestructuración no se descarta; 3) en concreto, la posible aplicación de quitas soberanas en Portugal, al estilo de Grecia, podría extender el miedo entre los inversores a que suceda algo similar en España e Italia, 4) la delicada situación económica y fiscal de Francia y 5) el hecho de que la atención internacional en torno al euro pueda exacerbar las tensiones financieras, tal y como sucedió el pasado verano.

Por último, a todo ello habría que sumar la siempre incierta variable política. Las cruciales elecciones de Alemania del próximo otoño, el mantenimiento o no de la estabilidad gubernamental en Grecia, Italia y Portugal o el riesgo de que una izquierda aún más radicalizada alcance el poder en España en 2015, tirando por la borda los tímidos avances registrados, son factores a tener muy en cuenta antes de echar las campanas al vuelo irresponsablemente y dar por finalizada una crisis, la del euro, de cuya resolución dependerá en buena medida el futuro de la Unión.

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