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¿Estuvo realmente EEUU al borde de la quiebra?

Si no se hubiera elevado el techo de deuda, Obama se habría visto obligado a recortar el gasto. El impago se ha descartado en todo momento.

Si no se hubiera elevado el techo de deuda, Obama se habría visto obligado a recortar el gasto. El impago se ha descartado en todo momento.

"Apocalipsis", "colapso", "bomba nuclear"... Estos son tan sólo algunos de los calificativos que se vienen escuchando insistentemente a lo largo de las últimas semanas ante la posibilidad de que EEUU no elevara su techo de deuda pública, cayendo así de forma irremediable en la temida suspensión de pagos. Es decir, si demócratas y republicanos no alcanzaban un acuerdo este miércoles para incrementar el endeudamiento del Gobierno federal, el país más rico del planeta, la primera potencia mundial, quebraría, desatando con ello el caos. El acuerdo se alcanzó in extremis.

Sin embargo, este terrible diagnóstico contrasta sobremanera con la pasmosa calma que han vivido los mercados mundiales durante este período de enorme tensión política y grandilocuentes declaraciones anunciando el fin de los días. ¿Cómo es posible que los inversores y el siempre huidizo y temeroso capital permanecieran casi impávidos ante la quiebra inminente de EEUU? La razón es sencilla: el mercado descartó en todo momento el tenebroso default estadounidense y las veladas amenazas de Washington de impagar a sus acreedores.

Alarmismo político

Evidentemente, la quiebra de EEUU causaría un impacto colosal a la economía mundial, superando con creces la histórica debacle financiera surgida a raíz de la caída del banco estadounidense Lehman Brothers. Basta observar el siguiente gráfico para percatarse del brutal alcance que tendría este temido default: casi 17 billones de dólares. Ésta es la deuda pública total que acumula el Gobierno de EEUU, equivalente a poco más del 100% de su PIB, unas 12 veces el tamaño de la economía española.

En la larga lista de acreedores de EEUU, destaca sobremanera la exposición de China y Japón, con 2,4 billones de deuda norteamericana, pero también los 2,1 billones que acumula en su balance la propia Reserva Federal de EEUU (FED), así como el amplio abanico de inversores privados norteamericanos, desde bancos y fondos de inversión hasta compañías de seguros, fondos de pensiones y, por supuesto, particulares. No en vano, cabe destacar que los bonos norteamericanos, al igual que los alemanes en Europa, son el activo refugio por excelencia en tiempos de incertidumbre como los actuales debido, precisamente, a su escasísimo, casi nulo, nivel de riesgo.

En resumen, la quiebra de EEUU, tal y como comúnmente ha de ser entendido un impago soberano (quita y/o espera), provocaría un efecto en cadena de proporciones y profundidad desconocidas. Pero el temor que han vendido políticos y medios de comunicación estas últimas semanas no casa en absoluto con la tímida reacción de los mercados. Las bolsas internacionales no han entrado en estado de pánico como, en teoría, cabría esperar. De hecho, los principales índices norteamericanos avanzan hacia máximos históricos y la rentabilidad de la deuda estadounidense, si bien ha repuntado en el corto plazo, sigue muy cerca de mínimos históricos.

Uno de los principales indicadores para medir la percepción de los inversores son los credit default swaps (CDS), un seguro para proteger la compra de deuda de un posible impago. Durante estos días de tensión, los CDS soberanos de EEUU a un año avanzaron hasta los 60 puntos básicos, lo cual significa que un inversor ha de pagar apenas 60.000 dólares extra para garantizar 10 millones de deuda. ¿Mucho o poco? La respuesta es casi nada. Dicho nivel implica que el mercado apenas ha otorgado a EEUU un riesgo real de quiebra inferior al 3%, una probabilidad, simplemente, despreciable.

Además, esta nula reacción contrasta con el brutal impacto internacional que sí ha causado, por ejemplo, la quiebra real de Grecia o el simple riesgo de default de países mucho más pequeños, como España o Italia, tras el estallido de la crisis del euro en 2010. Tanto es así, que las grandes agencias de calificación han mantenido intacta la elevada nota crediticia del Gobierno federal, descartando por completo el impago, y tan sólo han amenazado con una posible revisión a la baja en caso de que no se alcanzara un acuerdo sobre el techo de deuda.

Dicho de otro modo, si EEUU realmente hubiera estado al borde del abismo, el mercado mundial habría experimentado una gran tensión, con fuertes caídas bursátiles, centradas sobre todo en el sector financiero, y repuntes sustanciales de la prima de riesgo en numerosos países. Nada de esto ha pasado, evidenciando así que el tan cacareado default estadounidense se encuadraba más en el alarmismo político y mediático que en el mundo real.

Y es que, el mercado tenía, como mínimo, tres razones muy sólidas para descartar la quiebra de EEUU: la historia, los números y el riesgo político.

1. Siempre se ha elevado el techo de deuda

El primer motivo de confianza responde a la propia historia del techo de deuda. Desde que existe este mecanismo, instaurado a principios del siglo XX, siempre se ha elevado el límite de endeudamiento -la última vez, en 2011-. Y en esta ocasión, tal y como se preveía, no ha sido diferente. Demócratas y republicanos han esperado hasta el último minuto para elevar, una vez más, el umbral, aunque sólo temporalmente, hasta el próximo febrero, autorizando así un mayor endeudamiento al Gobierno para seguir financiando sus gastos.

De hecho, el actual umbral de deuda se superó, en realidad, el pasado mayo, solo que, desde entonces, el Tesoro de EEUU ha podido seguir endeudándose gracias a una serie de mecanismos extraordinarios cuya vigencia expiraba justamente ahora. De ahí, precisamente, que el Tesoro lanzara su particular alarma, advirtiendo a los políticos que se quedaría sin liquidez esta misma semana.

2. Priorizar el gasto para pagar la deuda

Pero es que, incluso en el caso extremo y poco probable de que republicanos y demócratas no alcanzaran un acuerdo, EEUU tampoco corría riesgo alguno de default. En esa hipotética situación, el Estado no podría, en teoría, aumentar su deuda, lo cual significa, ni más ni menos, que tendría que apañarse con sus actuales recursos. Y como, hoy por hoy, Washington gasta más de lo que ingresa por vía fiscal (déficit público), Obama se vería obligado a priorizar la partida de gastos para seguir cumpliendo en tiempo y forma con sus acreedores. Es decir, tendría que reducir e incluso retrasar el pago de algunas facturas (prestaciones, subvenciones, sueldos públicos, etc.) para abonar puntualmente el capital y los intereses a los tenedores de deuda pública estadounidense.

Llegado el caso, republicanos y demócratas se enzarzarían en farragosas y complejas discusiones sobre qué y cuánto recortar del resto de partidas para honrar a sus acreedores, elevando con ello, evidentemente, el riesgo soberano de quiebra, con el consiguiente aumento de la rentabilidad de sus bonos y la más que probable degradación crediticia por parte de las agencias de rating. Sin embargo, aún así, ello no significa que EEUU se vería abocado al default de forma inevitable. Llegado a ese extremo, Washington empezaría a priorizar gastos para evitar la quiebra, tal y como ha reconocido la propia Administración Obama, las agencias de calificación, y destacados economistas e inversores, en línea con la percepción de escaso riesgo reflejado por el mercado.

Oficina Presupuestaria del Congreso de EEUU:

Si el límite de la deuda no se incrementa antes de que se agoten las medidas extraordinarias, el Tesoro no estará autorizado a emitir deuda pública adicional […] Esto podría dar lugar a retrasos en los pagos de las actividades del gobierno y, quizás, a un incumplimiento de las obligaciones de la deuda federal […]

Pero se trata de un "quizás" muy improbable, tal y como indicó el economista Greg Mankiw, presidente del Consejo de Economía durante la segunda presidencia de Bush, y ahora director del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard:

Mi sensación es que si el Tesoro prioriza el servicio de la deuda frente a otros gastos, el mercado de bonos no debería temer ningún default de la deuda pública.

Lawrence H. White, profesor de Economía en la George Mason University:

Llegar al techo de deuda no implica el impago de EEUU, ya que el Tesoro tiene ingresos más que suficientes [recaudación fiscal] para hacer frente al pagos de los intereses de la deuda.

Veronique de Rugy, analista del prestigioso Mercatus Center:

Si el techo de la deuda no se incrementa, el Tesoro puede dar prioridad a los intereses y el pago de la deuda para evitar un incumplimiento.

No son analistas aislados. La opinión de Moody's al respecto -Fitch piensa lo mismo-:

Creemos que el Gobierno continuará abonando el pago de intereses y principal de su deuda incluso en el caso de que el límite de la deuda no se eleve, dejando intacta su calidad crediticia. El límite de deuda restringe el gasto público a la cantidad de ingresos recaudados por vía fiscal, no prohíbe que el Gobierno incumpla el servicio de su deuda.

Por poner un ejemplo, Washington disponía de recursos fiscales para afrontar el 65% de sus gastos durante el próximo mes, de modo que se vería obligado a recortar y retrasar ciertos pagos para afrontar los vencimientos de deuda, tal y como señalan algunos detallados análisis. En la actualidad, el Gobierno Federal cuenta con unos ingresos mensuales de 250.000 millones de dólares, mientras que el pago de intereses asciende a 222.750 millones al año, lo que equivale al 6,23% del gasto público total.

3. ¿Default? Un suicidio económico y político

La priorización de gastos era, precisamente, el gran objetivo a evitar por parte del Gobierno. El secretario del Tesoro, Jack Lew, reconocía recientemente ante el Senado que priorizar el pago de la deuda pública frente a otras partidas presupuestarias sería un ejercicio muy desagradable para Washington.

Aún así, llegado el caso, la mayoría de analistas e inversores daba por hecho que sería la opción menos mala, ya que la quiebra de EEUU tendría consecuencias catastróficas sobre la propia economía norteamericana y mundial, con el consiguiente suicidio político que ello acarrearía al propio Obama, por ser éste, en última instancia, el responsable de declarar la suspensión de pagos en caso de negarse a priorizar el gasto público.

En definitiva, EEUU no ha sufrido estas últimas semanas un riesgo real de impago, ya que no elevar el techo de deuda no implicaría su quiebra sino, muy posiblemente, un drástico recorte presupuestario para ajustar el gasto a los ingresos realmente disponibles al no poder solicitar más crédito a los mercados (deuda).

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