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La mentira como arma política

El liberalismo no aspira a tomar el poder por el poder: al contrario, el liberalismo aspira a devolver el poder a la sociedad, a los individuos.

Juan Ramón Rallo
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Jonathan Gruber, profesor de Economía en el MIT y principal arquitecto del Obamacare, ha terminado reconociendo lo que muchos sospechaban: la formalidad democrática esconde una tiranía tecnocrática que no duda en socavar las libertades individuales en el altar de la ingeniería social. Atiendan si no a sus recientes declaraciones:

La ley [el Obamacare] se escribió de una manera enrevesada para evitar que la CBO denominara tributario al mandato individual. Si la CBO hubiese calificado al mandato de impuesto, la ley habría muerto. Así que la escribimos de tal forma que lo evitáramos (…) La falta de transparencia es una gran ventaja política. Y el Obamacare es algo que tenía que ser aprobado, y esa falta de transparencia fue crítica para que la ley resultara aprobada debido a –llámalo como quieras– la estupidez del votante americano.

Quedémonos, sin embargo, con la frase central de su perorata: "La falta de transparencia es una gran ventaja política". Es decir, la mentira –o la ocultación de la verdad– es una esencial arma política. Los españoles somos bien conscientes de ello: Mariano Rajoy llegó al poder con la promesa de que bajaría los impuestos para así poder convertirse en el presidente del Gobierno que más los ha subido en toda nuestra historia. Ahora mismo, Podemos está dulcificando y diluyendo su discurso con exactamente el mismo propósito: no porque se hayan transformado súbitamente en ponderados centristas que apenas aspiren a barrer los escombros del régimen del 78, sino porque aspiran a tomar el cielo por asalto. Y su cielo es el poder absoluto.

A la postre, el poder, entendido como dominación política, se basa en última instancia en el dócil sometimiento de los ciudadanos. Ya lo proclamó Étienne de La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, o el propio David Hume al cuando afirmó:

Como la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no pueden apoyarse más que en la opinión. La opinión es, por tanto, el único fundamento del Gobierno.

La clave para alcanzar y retener el poder es controlar la opinión pública, a saber, la clave del poder es la propaganda. No hay más. Por eso Münzenberg y Goebbels fueron piezas clave en la construcción de la hegemonía política de sus respectivos totalitarismos y por eso las campañas electorales, los debates parlamentarios o las tertulias televisivas devienen meros espectáculos circenses vacíos de contenido cuya única misión es embaucar al votante para ulteriormente defraudarlo y tiranizarlo.

Esa es la perversa e inexorable lógica de un modelo de relaciones sociales basado en la coacción, en la dominación de unas voluntades sobre otras: la necesidad de un continuado embuste estratégico para imponer a los demás la propia agenda política recortando sus libertades. Sólo la generación de un masivo Síndrome de Estocolmo que legitime el ilegítimo uso unilateral de la violencia permite que los siervos justifiquen su servidumbre y no se rebelen contra su carcelero.

En este sentido, la tarea del liberalismo resulta doblemente complicada: no sólo se trata de persuadir a la gente, sino de persuadirla sin mentiras y sin ocultarle la verdad. El liberalismo no aspira a tomar el poder por el poder: al contrario, el liberalismo aspira a devolver el poder a la sociedad, a los individuos. Por eso al liberalismo no le vale un apoyo popular ciego o inconsciente: si la gente aupara al poder a un partido liberal sin que, al tiempo, esa misma gente deseara mayoritariamente romper con las cadenas estatales, el fracaso sería estrepitoso: no se puede obligar a la gente a ser libre y a vivir fuera de la cárcel estatal cuando mora confortablemente en ella.

A diferencia de los partidos políticos al uso, el liberalismo ni puede ni pretende transformar la sociedad de arriba abajo, sino cambiarla de abajo arriba: no mediante la maquiavélica mentira sino mediante la sincera persuasión de los ciudadanos. Por eso la batalla de las ideas liberal es lenta y plagada de fracasos, mientras que la reconstrucción de la hegemonía estatal es persistentemente adaptativa: unos luchan contra el statu quo con un discurso impopular mientras que los otros consolidan el statu quo valiéndose en cada momento de las mentiras que resulten más digeribles.

Como en tantos otros asuntos, resulta difícil explicarlo mejor que Ludwig von Mises:

La aportación más profunda y fundamental del pensamiento liberal es que son las ideas las que constituyen la base de todo el edificio de la cooperación humana y que ningún orden social puede ser verdaderamente duradero cuando toma como base ideas falsas y erróneas. Nada puede sustituir a una ideología que promueve el valor de la vida humana defendiendo la cooperación social: en especial, las mentiras –llamémosles tacticismo, diplomacia o compromiso– no pueden sustituir a esa ideología. Si los hombres no están dispuestos a hacer voluntariamente lo que deben hacer para mantener la sociedad y el bien común, nadie podrá recolocarlos en el buen camino mediante las más variadas estratagemas y artificios. Si se equivocan y extravían, uno debe esforzarse por convencerlos y sacarlos del error. Pero si se empeñan en persistir en el error, entonces nada puede evitar la catástrofe. Todos los trucos y las mentiras de los políticos demagogos serán acaso útiles para promover la causa de aquellos que, de buena o mala fe, pugnan por destruir la sociedad. Pero la causa del progreso social, la causa del desarrollo e intensificación de los lazos sociales, no puede ser defendida mediante mentiras y demagogias. Ningún poder terrenal, ninguna astuta estratagema y ninguna conveniente mentira triunfarán a la hora de lograr que la humanidad acepte unas ideas a las que no reconoce validez y que incluso desprecia abiertamente.

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