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Una recesión de balance

El señor Draghi sigue con la suya. ¿Que hasta ahora no ha tenido el efecto anunciado? No importa.

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El señor Draghi sigue con la suya. ¿Que hasta ahora no ha tenido el efecto anunciado? No importa. No olvidemos que la pretensión de las compras masivas de deuda –en esta superaremos posiblemente el billón de euros– es que sirvan para relanzar la economía mediante crédito al sector privado; cosa que no ha ocurrido, o al menos no ha ocurrido en España.

Manejar las ciencias sociales como si de ciencias exactas se tratara es olvidarse de que detrás de cada decisión económica hay un sujeto, una persona, que actúa según sus preferencias, según sus objetivos, desde unos presupuestos que le sirven de base y un esquema de incentivos y desincentivos.

Éstos, unas veces pertenecen a la naturaleza de las cosas, sin que nadie las haya predeterminado, mientras que en otras –como en este caso– son los poderes públicos los que tratan de influir sobre las conductas de los sujetos, con instrumentos que favorezcan unas conductas o dificulten otras. Ni cada sociedad se comporta siempre igual a través del tiempo, ni en un momento determinado dos comunidades diferentes responden de igual forma a los hechos a los que deben hacer frente.

La crisis de 2007 tiene unas características que, sin ser idénticas, nos hacen recordar la de 1990 en Japón –de la que aún no han conseguido salir– y, aunque con mayores diferencias, la de 1929-30 en los Estados Unidos y Europa. Éstas y la de 2007 son recesiones que comprometen el sector financiero, y esta última además en un mundo global, en el que los efectos se transmiten de este a oeste y de norte a sur con velocidad inimaginable décadas atrás.

Las características fundamentales en las tres recesiones mencionadas pueden resumirse, con todos los riesgos, así: se han producido después de un largo período de crecimiento económico; aparecen precedidas de una burbuja –inmobiliaria o financiera– que eleva los precios de los activos sin justificación real; en todas ellas los agentes económicos se han endeudado de forma extraordinaria; así mismo, estos agentes han garantizado sus deudas con unos activos que han disminuido notablemente sus precios, por lo que, de hecho, son insolventes.

El golpe de la crisis ha llamado a la racionalidad perdida, y en las situaciones de mayor endeudamiento ha reducido el consumo para reducir la deuda contraída. Así ha sido en familias y en empresas, también en las financieras. En esa situación, cuando mayoritariamente se está tratando de reducir la deuda, ¿qué efectos se espera de la oferta de créditos –caso de que así fuera– gracias a una mayor oferta monetaria del BCE, cuando lo que pretenden los agentes es reducir la que tienen contraída?

Sin pesimismos, a corto plazo –y ojalá fuera muy corto–, podemos esperar un crecimiento del endeudamiento público, sin reacción equivalente de la economía productiva del sector privado. Cuando la economía quiere desapalancarse, la oferta de crédito carece de incentivo.

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